El “apolítico” es privilegiado

Por Florencia Gamón[i]

¿Cuántas veces hemos oído a una persona decir que no está interesada en la política o que “ningún político sirve porque son todos iguales”? Seguramente, varias.  Si bien no se puede afirmar que ningún político haya cometido errores, que no existan los actos de corrupción o que ninguno haya defraudado al país y a su gente -ni a este ni en ningún otro del mundo -, hay algo que sí se puede afirmar de manera fehaciente: quien dice no estar interesado/a en la política es un/a privilegiado/a.

El privilegio se define como una ventaja que disfruta alguien por la concesión de un superior o por su propia capacidad y circunstancia. Desde ese plano, las personas privilegiadas provienen de sectores económicamente acomodados, que nunca tuvieron una problemática derivada de la falta del dinero o, por lo menos, no de forma significativa.

Se podría decir que una persona privilegiada no lucha diariamente por satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia: tiene un hogar y una cama donde dormir, comida sobre la mesa, ropa y, sobre todo, un trabajo que le permite acceder a todos estos bienes necesarios.

No existe forma sutil de decirlo, es importante dejar de negarlo, de ocultarlo y de ignorarlo: el privilegio genera desinterés en algunas personas y eso es tóxico, dañino y triste. Por supuesto que no es culpa de estas personas haber nacido o poseer estos beneficios, y no necesariamente son “malas personas”. Pero ¿por qué importa que haya personas que no consideren necesario involucrarse en temas políticos?

La respuesta radica en la política, la misma que nos atraviesa a todas/os de manera directa, sin importar la clase socioeconómica a la que pertenezcamos. Porque el conjunto de políticas, normas, leyes que un gobierno aplica afecta a la población, lógicamente. Está en nuestras manos que estas legislaciones sean a nuestro favor, que beneficien a la mayor cantidad de personas posibles.

El hecho de que una persona no se interese en la política significa que no atraviesa problemáticas económicas, de derechos, de seguridad o de integridad de manera significativa, pero eso no quita el hecho de que sí existen miles de personas que las afronten y las sufran diariamente.

Es sumamente importante -a veces también difícil- salir de la comodidad que uno pueda percibir, a la que estamos tan acostumbrados y que damos por sentado, y preocuparse por el bienestar del otro que no posee los mismos derechos que uno. Derechos básicos de los que todas/os deberíamos gozar desde el nacimiento, derechos básicos como un trabajo digno, un hogar y una cama donde descansar cada noche, poder alimentarse adecuadamente todos los días, poder salir a la calle sin temor de lo que pueda ocurrirle, poder acceder a la salud.

No es necesario renunciar a los privilegios que uno posee para que otra persona pueda tenerlos también. El solo hecho de interiorizarse en la política no es una garantía instantánea de derechos; siempre será necesario dar un paso más y comprometerse de diferentes maneras. Pero el primer paso para preocuparse y ocuparse de otra persona empieza en reconocer que posee dificultades o inconvenientes que pueden ser completamente diferentes de los propios, pero que no por eso son menos válidos -además de buscar cambiar esa realidad a través de acciones concretas-.

Quizás todos/as conocemos a una persona que corresponda con estas características, no es cuestión de atosigarla o apuntar con el dedo, nadie es quien para juzgar las elecciones de otro. El camino a la deconstrucción es largo y extremadamente difícil. Sirve cuestionarse constantemente si lo que se hace o se dice normalmente es lo correcto y, dentro de este cambio individual, se encuentra en algún punto esa motivación para instruirse, para votar, para entender los problemas que atraviesan el otro, igual de legítimos que los propios.

Estas problemáticas y las personas que las afrontan existen. No basta tener comida en nuestras mesas si otro pasa hambre. Necesitamos generar una acción política, una bandera que, más allá de la empatía, no deja de ser política, como todo lo que hacemos en la cotidianeidad, por más que parezca no interesar ni importar.

[i] Licenciada en Comunicación – Periodista

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