Contra el sentido común

Por Cristian Secul Giusti[1]

No es novedad decir que el discurso político-económico presente en los medios hegemónicos opera en contraposición de los gobiernos populares y obstruye las discusiones centrales contra los poderes reales de comunicación. Si bien este conflicto aún continúa y tiene momentos cambiantes, vale indagar también en la problemática de la deformación profesional de los/as periodistas y la inestabilidad argumental que despliegan en la retórica de la información.

Al respecto, el ejercicio del periodismo en espacios mediáticos hegemónicos o de amplificación informativa dominante carece de consistencia en materia de teoría política y económica. Más allá del impacto y la exacerbación del sentido común, sus exposiciones resultan endebles a la hora de fundamentar una posición e incluir una problematización sobre el tema en cuestión (aún con un/a entrevistado/a de referencia).

No caben dudas que los/las periodistas especialistas en política y economía tienen una gran agenda de contactos, están en el lugar indicado y son expertos en el lenguaje periodístico televisivo, radial, gráfico o digital. Sin embargo, si focalizamos en el armado de sus comentarios o reflexiones, el ingreso a una zona inestable y precaria es directa y sin escalas.

La intención no es demonizar ni generalizar, ni dar nombres particulares porque la reflexión va más allá de personajes puntuales. Lo importante es marcar una falencia real de formación en la figura del o de la periodista que aborda temáticas de política y economía en el universo mediático. Esta complejidad se relaciona con factores articulados en el devenir del trabajo diario y de ajetreo de la información (la famosa imposibilidad para ahondar en las noticias), y las estrategias de instalación de tópicos y discusiones que responden a intereses determinados.

Es posible que la fundación pretendidamente liberal del periodismo en la Argentina (y también del mundo occidental, vale decir), sea su falla de origen o su conflicto inicial y endogámico. En lo enunciativo, la retórica libertaria y emancipadora de la información cobra relevancia, pero en los hechos siempre queda a medio camino y, especialmente, no sale de su nicho de cotillón. La idea de pensar al periodismo como “el perro guardián de la democracia” permite que se lo aborde con una noción de épica y que no se vislumbre su constante coqueteo y ligazón con las corporaciones y las entrañas del poder real.

Por tanto, la falacia peligrosa de la objetividad en la comunicación y la noción de un periodismo apartado de las valoraciones personales es un contrasentido central. Si bien los hechos en bruto existen y los actos suceden, la verbalización (o semiotización, digamos) de lo que se observa siempre implica una noción subjetiva que condiciona y se entrelaza con las instancias personales e ideológicas (recordemos que nada puede estar por fuera de la ideología).

En sintonía, el discurso de libertad de prensa resulta fundamental, clave y necesario para el pleno ejercicio del trabajo. Del mismo modo, también esconde una estrategia sistemática de los medios de comunicación hegemónicos que tematiza sin escrúpulos ni chequeos y, sin ir más lejos, contribuye a la creación de figuras políticas que venden falsas sombras.

En esa línea, la idea de postularse como adalides de la verdad y de ser la voz de un pueblo “enojado, irritado” es un engaño que suele ser llevado como bandera, que potencia un redireccionamiento de debates y discusiones en el seno cotidiano, y retroalimentan una maquinaria de instalación de noticias que constituyen el verdadero muro mediático.

Politizar es la tarea

Estos aspectos subrayados a modo de enumeración, funcionan activamente en el periodismo actual y hegemónico. Y se suman a una lógica riesgosa de proliferación de sentidos comunes que hunde la experticia de la información y la noticia en una banalidad de coyuntura y de operación que no sale de su pantano. El estudio de los casos no es sencillo, y el aprendizaje de los tópicos de la materia político-económica tampoco es simple. No obstante, flaco favor le hace a la reflexión una exposición vehemente y poco exhaustiva.

En esa trama, los/las protagonistas de la información navegan sobre aguas seguras (la rutina periodística) y no se adentran en las áreas del conocimiento (la no rutina periodística) porque es una labor que suena más a peso que a fortaleza. Esa vaguedad es la que redunda en una constante y dubitativa presencia de contenido fuerte y de alto nivel argumentativo.

En este texto no se trata de buscar la perfección en lo imperfecto (sería un emprendimiento inerte), sino reconocer las propias falencias y buscar una mejora para evitar atrofiarse en una vorágine que solo procesa datos. La falla del origen y el despliegue está anunciado, la complejidad de los medios de comunicación hegemónicos está presente, los tiempos de noticias falsas, rápidas, constantes, y con poca lectura también están a la vista.

Sin embargo, es clave no caer en el entreguismo típico de tomar lo dado como status quo y avanzar sobre ello. Resulta necesario politizar, posicionarse y generar ruptura desde el espacio de la información. Por tanto, es preciso encontrar una mayor noción argumental y fracturar, aunque sea inicialmente, la pretendida reafirmación del sentido común y las fórmulas vacías tan persistentes en el periodismo.

[1] Doctor en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP)

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