El hundimiento y sus reacciones

Por Patricio Ese[i]

Tras los contundentes resultados de las PASO, el pueblo argentino se despertó de la pesadilla neoliberal. Su voto inapelable le puso fecha de vencimiento al proyecto político de Mauricio Macri que, lejos de los globos y el optimismo de antaño, empezó a vivir sus horas más oscuras.

A partir de la noche del 11 de agosto, el país ha entrado en un período de turbulencias económicas y políticas que solo se compara con los meses de la hiperinflación de 1989 y la hecatombe de la convertibilidad del 2001. Vuelve a palparse el naufragio económico de un gobierno no peronista cuyos obsecuentes aliados lo van abandonando lenta, pero decididamente.

Desbordado ante la catástrofe electoral, y después de mandarnos a dormir sin haberse publicado un solo número oficial, el presidente amenazó con renunciar esa noche en su búnker. Sus colaboradores guardaban angustioso silencio mientras María Eugenia Vidal se mordía la lengua y maldecía haber atado su destino político a una empresa condenada a la derrota. Sólo Miguel Ángel Pichetto contuvo al mandatario para exigirle que asuma (quizás por primera vez en todo su mandato) la responsabilidad de su investidura.

La reacción de los mercados

Horas más tarde, el lunes 12 por la mañana ambos candidatos aparecieron en una nefasta conferencia de prensa con el logo de Presidencia de la Nación a sus espaldas. De fondo, la megadevaluación del peso frente al dólar despertó el fantasma de una hiperinflación ante la disolución del poder político con un presidente que se enojaba con quienes no lo votaron, pedía autocritica a quienes ganaron la elección y subrayaba que no tenía forma de controlar la divisa norteamericana. Con la destrucción de un tercio del valor del peso, se dispararon el riesgo país, la tasa de interés y la inflación. A su vez, se hundieron los precios de las acciones argentinas en Nueva York y los títulos públicos.

Durante las semanas previas, los grandes medios de comunicación hegemónicos intentaron generar miedo por la hipotética reacción de los mercados ante un resultado desfavorable de Juntos por el Cambio. Se cuestionaba así la noción elemental de la democracia burguesa basada en la simple ecuación de que una persona es igual a un voto. El establishment y sus voceros querían condicionar el único momento en el cual toda la sociedad puede expresarse en igualdad pese a las limitaciones que estos procesos electivos tienen.

Esta democracia era cuestionada por otro elector sin rostro ni lugar específico, pero a la que estos medios atribuían un poder de veto indispensable. Si el pueblo hablaría el domingo 11, la ‘democracia’ del mercado basaba en que un dólar es igual a un voto se expediría el lunes 12 con la apertura de las cotizaciones de acciones, títulos públicos y monedas extranjeras.

Los mercados, quienes ya exprimieron nuestra economía todo lo que han podido, se manifestaron y también le bajaron el pulgar al oficialismo porque nunca conviene ser amigo del perdedor. Apareció la desconfianza ante un gobierno que hasta hace poco celebraban, mimaban y elogiaban. Si bien desde el 2018 habían cortado el chorro de crédito para bancar la fiesta cambiemita, el gobierno logró hasta hoy una sobrevida gracias a un potente pulmotor alimentado por el FMI.

Macri intentó aprovecharse este segundo elector especulando con el valor del dólar, permitiendo, como dejó trascender Martín Redrado, que el Banco Central no interviniera en controlar su cotización. La ceguera presidencial no advertía que los mercados veladamente pretendían y pretenden ponerle fecha de caducidad a su proyecto político, pero, a diferencia del pueblo, no se bancan esperar los tiempos institucionales. De paso, la desestabilización sale a la pesca de condicionar (aún más) al próximo gobierno.

Entonces, desde el exterior empezaron a soltarle la mano al primer mandatario. El New York Times admite que Macri inquieta mucho más que el posible retorno de Cristina. El País se permite tildar a la gestión del gobierno nacional como un estridente fracaso. Las frases como “crisis económica profunda”, “posible cesación de pagos”, “riesgo de default” aparecen publicadas en reconocidas revistas económicas del establishment global.

También los medios locales debieron recalcular. La acérrima cobertura que hicieron durante estos tres años y medio se quebró. La magnitud de la derrota no dejó margen para quienes se desvivían por congraciarse con el presidente y su gabinete. Tan terminal se percibió la situación del gobierno que periodistas y columnistas oficialistas suspendieron sus críticas a Cristina, Alberto, Máximo e incluso al chavismo y a todo lo que olía a kirchnerismo. Ahora muestran cauta distancia, aceptan que no investigaron tanto, ni la vieron venir. Hasta reconocen que la situación económica tenía graves problemas porque (oh, qué descubrimiento) no se podía hacer un ajuste a los bolsillos de los asalariados indefinidamente.

—Ustedes perdieron por 15 puntos. No yo— afirman que expresó el CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto, a sus colaboradores. El mayor enemigo público de Cristina incluso buscó una entrevista con Alberto Fernández. El candidato opositor, por querer mantener sólida la alianza estratégica con la ex presidenta, prefirió comunicarle a ella el acontecimiento con antelación antes de que éste se llevara a cabo.

Desconociendo los días en que elogiaban a Mauricio Macri y su aventura política, otros empresarios también han pedido reuniones con el candidato del Frente de Todos. Entre todos los lagartos que quieren lograr nuevos lugares bajo el calor del poder, sorprende encontrar a Marcos Galperín, el dueño de MercadoLibre, el ejemplo viviente del emprendedorismo macrista, y a Martín Migoya, el creador del grupo de WhatsApp “Nuestra voz”, el cerebro del chat de 260 empresarios unidos para defender al presidente derrotado.

La reacción del gobierno

Ante la disparada del dólar y sus brutales consecuencias en una economía en caída de todos sus indicadores, el gobierno intentó el miércoles 14 de agosto atenuar la situación con una serie de medidas insignificantes frente a la magnitud del descalabro desatado. Medidas que no siente como propias y criticaba desde el minuto cero. Ingenuamente, buscó hacer sonreír a las capas medias que le dieron la espalda sin advertir que son dádivas y limosnas de una gestión que perdió autoridad y legitimidad en el increíble lapso de cuatro días.

Entre las medidas, el congelamiento de los precios del combustible es la mayor muestra de la improvisación en la que se encuentra el presidente y sus funcionarios ante una situación que los excede intelectual y políticamente. Primero, se anunció su congelamiento. Luego, hicieron trascender que no habría se trataba de un congelamiento, sino de una reunión con las empresas del sector para acordar los precios de uno de los rubros más sensibles de la economía. Al advertir el mamarracho de dar marcha atrás en menos de 24 horas, decidieron imponer el congelamiento por decreto.

El resultado de estas idas y vueltas fue poner a las empresas petroleras, a los sindicatos del sector, y a los gobernadores de las provincias de Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Río Negro, en pie de guerra.

Igual camino siguió la eliminación del IVA para los alimentos. En vez de generar mecanismos que los sectores de menores ingresos tengan garantizado el acceso a los productos de primera necesidad a bajo costo, se decidió dejar de cobrar el IVA al último eslabón de la cadena productiva. Los mayores perjudicados son todos los gobiernos provinciales que verán reducidas sus finanzas públicas ante la baja en la recaudación que va a la coparticipación federal.

El consumidor, sin discriminar si tiene bajos o altos ingresos, puede no ver reflejada baja alguna porque dependerá de la buena voluntad de los supermercados en no aumentar los precios pese a la reducción impositiva. Finalmente, si la medida solo hace aumentar la ganancia empresaria, es lógico suponer que este rendimiento no irá a la producción, sino que los empresarios la volcarán a la especulación con un mercado cambiario convulsionado.

Después, el gobierno mostró y seguirá mostrando grandes cortinas de humo. La convocatoria al Consejo del Salario para actualizar el salario mínimo, vital y móvil se pateó indefinidamente. Asistimos a la fantochada del gabinete ampliado. Se armó una nueva (más de tantas otras) Mesa de Acción Política. Se vendió como signo de apertura la charla telefónica entre el presidente y Alberto. Hasta se fomentó una movilización de los sectores que aún apoyan al gobierno y así transmitir fortaleza para “esperar el milagro” de dar vuelta el resultado en octubre.

El día 17 se produjo la salida del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne. Que cambie algo, para que nada cambie. Se lo sondeó para el cargo al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, quien puso su renuncia a disposición del presidente por los resultados de las PASO, pero éste no quiso saber nada. Mientras Macri no encontraba un sucesor que aceptara enfrentar la crisis que ellos mismos habían generado, apareció la posibilidad de manotear a alguien entre los colaboradores de María Eugenia Vidal, canibalizando el gobierno del Hada Buena (y Derrotada).

El reemplazante, anunciado ese mismo fin de semana, es Hernán Lacunza, el ejecutor del ajuste en la provincia de Buenos Aires. El diario La Nación lo aludió en tapa como el ministro de Economía de Vidal. Ni siquiera tienen la cortesía de mencionarlo por su nombre completo. Quizás porque su nombre no fue el primero al que recurrió el equipo gubernamental para encontrar un sustituto al ministro saliente, el amigo incondicional de Cristine Lagarde.

La reacción del FMI

La delicada situación económica emerge para mostrarnos el último actor que se mantuvo en inquietante silencio desde las PASO. Por la infernal suma de dólares que ha prestado, el Fondo Monetario Internacional es el último jugador que aún no ha acusado recibo de los resultados del 11 de agosto prefiriendo postergar la llegada al país de una nueva comitiva. Desde ese día, tampoco se ha expedido por la megadevaluación ni por las medidas anunciadas.

Todas las metas que el gobierno se impuso están incumplidas. Los números están en rojo y las proyecciones son malas o muy malas. Con este panorama, la cesación de pagos vuelve a rondar el ambiente. Sin embargo, las decisiones del FMI son evidentemente más políticas que económicas. Y el poder de su ‘reacción’ se reflejará recién cuando decida conceder o no el último desembolso previsto para mitad de septiembre, de más de 5 mil millones de dólares. Más allá de incrementar más la deuda externa, ese monto es el caramelito que determinará la forma en que Macri vaya a transitar el tramo final de su presidencia.

Tanta importancia tiene esta decisión que los personeros del Fondo pretenden incorporar a Alberto Fernández al pacto tácito entre ellos y Macri. Los peligros de caer en este canto de sirenas son enormes. Para presionar al posible nuevo gobierno, recuerdan la vez que otras autoridades del mismo nefasto organismo se negaron a seguir financiando la convertibilidad de De la Rúa y Cavallo, preludio de la caída del gobierno, del default y el caos social. Dar el oxígeno de 5 mil millones vale comprometerse con la Reforma Laboral y Previsional. Siempre lo mismo.

Como previa a la elección general de octubre, septiembre será escenario de la última reacción que falta. Estamos tan sometidos como Nación que dependemos de cinco tipos de traje y corbata que estarán en Buenos Aires un par de días. Otra vez.

[i] Licenciado en Letras (UBA)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s