Apunten a las ideas

Por Emiliano Delucchi [1]

El presidente habla en el MALBA, en el marco del foro de “Desarrollo y Democracia” auspiciado, entre otros, por el Grupo Clarín. Lo toma un plano corto, y por detrás suyo se ven las publicidades del HSBC, Air Europa y Pampa Energía. El encargado de entrevistarlo es el otrora oficialista Eduardo Van der Kooy. En territorio que cree seguro, Mauricio hace gala de ser una persona que siempre dice la verdad, e incluso sugiere, livianamente, que comete “sincericidios”. El editor estrella de Clarín lo interpela: “En algunos casos es preferible el silencio, ¿no?”. La escena finaliza con el público riendo como si estuviese en presencia de un sketch en el que Macri personifica a una especie de monigote.

Lo relatado es el último capítulo de un largo derrotero comenzado el día después a la estrepitosa caída del oficialismo en las PASO que, por su contundencia, colocó a Alberto Fernández en la posición de presidente sin lapicera. A partir de ese momento, empresarios, periodistas, opinólogos de diverso calibre y figuras públicas se lanzaron a los botes para abandonar lo más rápidamente y con muy poco decoro el barco de Cambiemos, que se hunde cual Titanic.

Si bien no se esperaba que las deserciones fuesen tantas y se concretaran tan rápidamente, esto ocurre en un contexto en el que la bronca hacia el presidente puertas adentro era muy grande, y terminó por estallar. Los quiebres en el bloque de poder M comenzaron en 2018, cuando la fuerte devaluación hizo crujir a la alianza entre los CEOS, la UCR y las familias patricias, que había saltado al control del estado en 2015

Aquí no hay quien viva

En el periodo 2015 – 2017, el sector empresarial fue testigo de cómo el gobierno pasaba de ser anti-obrero a convertirse en una de las administraciones más anti-empresa de la historia argentina. Para 2018, casi ningún sector de la economía era rentable, producto de las tasas de más de 60% (hoy 75%) que luego de quebrar a una buena cantidad de PYMES, comenzaron a cargarse a los grandes conglomerados empresariales, como La Campagnola, Molinos o Alpargatas.

El empresario de la construcción Alberto Constantini, que ya se había quejado cuando en 2018 dejó de ser billonario producto de la mala administración cambiemita, ahora sostuvo directamente que es preferible que Alberto Fernández gane en primera vuelta. En la misma sintonía Marcos Galperín, uno de los hombres de negocios más cercanos a Mauricio Macri y fundador de Mercado Libre, se reunió con Alberto pocos días después de conocerse el resultado electoral; Asimismo, el rey de la soja, Gustavo Grobocopatel, sostuvo que Macri lo había decepcionado y solicitó una reunión con el casi-presidente para “ponerse a disposición”. 

El enojo puede rastrearse en la frustración que le produjo a esta clase social el estrepitoso fracaso de su primer gobierno pura cepa en ganar las elecciones. Lo que se presentó como un liberalismo anti-obrero, pre peronista y anti-sindical, que convertiría a nuestra nación en una versión mejorada de Chile, terminó degradándose en una administración inviable en la que casi todos los sectores de la economía registran pérdidas. 

La impericia demostrada por “el mejor equipo de los últimos 50 años” no solo daño los patrimonios de los grandes empresarios nacionales, sino que también afectó su orgullo, al evidenciar la incapacidad de las élites para desempeñar la administración del estado, un rol que proclamaban como algo  natural.

El resentimiento contra la mesa chica cambiemita, compuesta por CEOS y Newman boys se materializó en continuos ataques al propio Macri, pero también a Marcos Peña y Duran Barba, quienes fueron responsabilizados por la derrota. Sin embargo, vale destacar que desde el momento en que se eligió a Miguel Pichetto como Vicepresidente, se evidenció que el sector Peña – Dura Barba había pedido la batalla puertas adentro. Desde ese plano, la ponderación del ex jefe de senadores del PJ significó colocar a la política por encima de la comunicación y el marketing.

Esto no quiere decir que de haberse mantenido puro, el PRO hubiese salido airoso de la contienda electoral, ya que ningún marketing puede tapar totalmente la crisis, pero si evidencia que la tesis que responsabiliza al aparato comunicacional de la derrota es más que cuestionable. Incluso puede sostenerse que la buena comunicación salvó al gobierno de una derrota aún mayor. La respuesta a este interrogante se verá en las elecciones de octubre, a las que el gobierno irá ya sin el apoyo de los principales medios de comunicación y en un contexto en el que las ideas del jefe de gabinete y el asesor estrella están totalmente desacreditadas.

Ante los yerros continuos (algunos increíbles, como la conferencia de prensa que Macri dio el lunes posterior a las PASO) cometidos por el gobierno luego del mazazo electoral, las filas del Frente de Todos se enfrentan a la enorme tentación de sumarse a los ataques hacia el presidente y sus principales funcionarios. Si bien esto último se presenta como el camino más fácil para consolidar el triunfo en octubre, también es la peor estrategia a largo plazo.

Desnudar la mentira

El regreso de un gobierno liberal, y su consolidación en las elecciones de medio término (2017) luego del desastre de 2001, dio por tierra con las teorías que señalaban que los pueblos tenían una memoria histórica sólida. Al igual que en ese entonces, los cañones apuntan hoy a la inutilidad del presidente Macri y su gabinete, cargando las responsabilidades del fracaso en cuestiones personales y no en un sistema que cada vez que se aplicó en nuestro país ha conducido al desastre.

Sin embargo, es necesario reivindicar que poco importa si los funcionarios son formados o ignorantes, pacientes o caprichosos e incluso corruptos u honestos. Mientras apliquen un programa anti industrial, de apertura a los capitales especulativos, que conlleva el vaciamiento de los sistemas educativos y de investigación, y promueven el des financiamiento de los sectores clave en el agregado de valor, nada puede salir bien, independientemente de nombres propios o extracciones sociales.

En ese sentido, al campo popular le resultó sumamente engorroso explicar estos asuntos tanto en 2015 como en 2017. Las numerosas advertencias, que incluyeron desde enormes textos hasta cuadros conceptuales y panfletos, resultaron incapaces de tumbar al aparato comunicacional de Cambiemos. Recién en 2019, con una devaluación de casi 300% en menos de 18 meses, la crisis empezó a ser ya no percibida, sino sufrida por las mayorías. Así y todo, el gobierno mantuvo un 32% de los sufragios, además de haber obligado a Cristina Fernández a replegarse hacia la vicepresidencia.

En las últimas elecciones Cambiemos no fue derrotado solo por la crisis. Además de conseguir la unidad que consiguiera romper el techo electoral del kirchnerismo duro incorporando al massismo y la liga de gobernadores,  la oposición supo lograr un mix poderoso entre el aparato territorial peronista, la militancia de base y los modos de comunicar propios del siglo XXI. 

De esta manera, la campaña de Axel Kicillof contó con encuentros cara a cara y proclamas en plazas de barrio, que supieron ensamblarse perfectamente con la venta de una imagen en la que se escondía la faceta militante y se potenciaba la de académico destacado, padre de familia que habita un departamento modesto, tiene un Volkswagen Surán, lleva a los chicos al colegio y se hace un tiempo para adoptar unos gatitos en Berazategui. En la misma sintonía se instaló a un Alberto Fernández docente, padre de un joven artista e inseparable de su perro Collie, quién hasta lo acompañó al programa de Viviana Canosa.

El Frente de Todos finalmente quiso, supo y pudo armar un bloque de propaganda aceitado, atendiendo a los problemas de las mayorías y dejando de lado sectarismos, lo que le permitió triunfar incluso en un terreno donde hasta 2017 cambiemos ostentaba una clara hegemonía: el comunicacional. No solo eso, sino que el abordaje de los conflictos fue de manera sencilla, apelando al día a día y no a rimbombantes elucubraciones sobre política y economía. Las explicaciones complejas, al igual que hiciera cambiemos en 2015, fueron relegadas hacia los ámbitos de la intelectualidad, la militancia y los referentes de opinión, pero casi no ocuparon espacio en el discurso masivo.

En el caso de que el próximo gobierno logre evitar el colapso económico, el aparato comunicacional, que ya tiene éxito comprobado, deberá centrarse en explicar de manera sencilla y lógica que los modelos económicos liberales conducen al desastre, más que en denostar a la figura política de Mauricio Macri o de cualquier otro. 

En ese sentido, resulta curioso que cualquier ciudadano de a pie sonría incrédulo ante la idea de que para solucionar los problemas del país deben expropiarse los medios de producción, pero se tome muy en serio los discursos que proponen la eliminación de los impuestos o la destrucción del banco central. 

El liberalismo ha conseguido que sus ideas, por más delirantes que sean, tengan cierto grado de penetración en el sentido común. Quebrar esa barrera será lo que impida que quienes tantas veces saquearon a la nación, tanto por ideología como por impericia, vuelvan a administrar el estado, tarea que, se ha demostrado, les queda muy grande.

 

[1] Licenciado en comunicación social (UNLaM)

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