¿A quién le conviene?

Por Daniel Rosetti

El resultado de las PASO fue una sorpresa a medias para todos, menos para el círculo cercano al presidente Macri. El desastroso estado del sector fabril y comercial hacía imposible pensar en el apoyo ciudadano a un proyecto de país que deja de lado a la mitad de la población. El aumento de los índices de pobreza e indigencia apuntaban en el mismo sentido. Cómo resultado inevitable de la degradación de las condiciones sociales, el escrutinio definitivo, le dio al candidato Alberto Fernández un 47,78% que, sin considerar los votos en blanco, como se contarán en las elecciones primarias, lo deja cerca del 50%, un resultado prácticamente irremontable. Si bien se esperaba una diferencia a favor del Frente de Todos, lo abultado marca la urgencia de abandonar el programa neoliberal de gobierno.

Las especulaciones en Casa Rosada eran que el porcentaje de diferencia sería muchísimo menor y, aunque a favor de la fórmula Fernández – Fernández, fácilmente reversible en la segunda vuelta electoral. Pero la diferencia dejó atónito al círculo cercano al presidente, que puso en evidencia su enojo con la ciudadanía durante la conferencia de prensa del lunes 12 de agosto. A la acusación al electorado, le sumaron la teoría conspirativa de la posibilidad del adelanto de la entrega del bastón presidencial. Una vez más intentaron ocultar la pésima gestión de gobierno en culpas ajenas. Ya no sería la herencia recibida, ahora es la irresponsabilidad del candidato con mayores posibilidades de ganar el octubre lo que pone a la Argentina en medio del infierno.

Mauricio Macri, lejos de tener las responsabilidades de un Jefe de Estado, trató de recomponer su imagen de candidato y tomó las peores medidas económicas ante un escenario de altísima volatilidad, que sus propias políticas generaron. De poco sirve acusar de provocar esta inestabilidad financiera a las declaraciones de Alberto Fernández, cuando todas las condiciones para favorecer la fuga de capitales especulativos fueron instrumentadas por su gestión. Ahora, con una cesación de pagos decretada por el propio sistema financiero, solo les queda especular con el fantasma de que el peronismo provoque un adelantamiento de la entrega del poder.

Eso hizo el miércoles 28 de agosto el nuevo ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, cuando antes de anunciar el “reperfilamiento” de los vencimientos deuda que le presentarán al Fondo Monetario Internacional (para que adelante dólares y así evitar que la corrida cambiaria sea aún peor), declaró que esas medidas eran porque hacía noventa y un años que ningún gobierno “no peronista” pudo terminar su mandato completo. Sabido es que, inútil es pedirle a la dirigencia del neoliberalismo rigor histórico. Básicamente porque quedarían expuestos como cómplices de las interrupciones institucionales, y menos resulta necesario recordar que en ese en la mayor parte de ese período fueron sus políticas las que se aplicaron y dejaron a la Argentina en la situación de vulnerabilidad que hoy padece.

Previo a esto, la diputada y nueva jefa de campaña de Juntos por el Cambio, Elisa Carrió, hizo una fuerte arenga a los funcionarios en la reunión de gabinete ampliado, donde afirmó que los iban a sacar muertos del gobierno. Abandonada en el olvido la promesa de “unir a los argentinos” de 2015, la violencia del mensaje cambiemita pone en evidencia la falta de un plan de gobierno ante un resultado electoral adverso, y deja una vez más en evidencia la falta de pericia del mejor “equipo en 50 años”. Si bien vinieron a hacer esto, minimizaron el poder de movilización y respeto institucional de la ciudadanía, que rechazó las políticas generales de la administración del estado y usó el mecanismo democrático institucional, las elecciones, para impulsar el cambio de gobierno. Acostumbrados a estar en el poder por la fuerza, la derecha no acepta la decisión de las y los ciudadanas.

La estrategia es la de ponerse en víctimas incomprendidas por una sociedad que no puede ver lo que ellos ven, y así, la entrega anticipada del gobierno los legitime para adelante. El recuerdo de las caídas de los gobiernos de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa, como si ambas pudieran compararse, los pone como víctimas y no victimarios de las políticas públicas que aplican.

Solo para tener en cuenta. El fracaso indiscutible de las políticas económicas de Alfonsín fueron la excusa para la entrada de la nueva avanzada neoliberal con el manual del Consenso de Washington y reciclados Chicagos Boy’s. La legitimidad totalmente perdida del primer presidente de la recuperación democrática fue el elemento legitimador de la avanzada de Domingo Cavallo y su plan económico. Pocos fueron los que lo acusaban de ser uno de los artífices de la debacle económica que se padecía, cuando fue él quien, como presidente del Banco Central con la dictadura militar, estatizó la deuda privada, de sus socios ayer y hoy socios de Cambiemos.

Por otra parte, la huida de gobierno de Fernando de la Rúa, con Cavallo como ministro de economía (vaya coincidencia), se debió al agotamiento del proceso desindustrializador de la infame década menemista. La poca reacción y el avance, aún más profundo, sobre los derechos de los trabajadores y los sectores populares hicieron insostenible a un gobierno que pretendía darle la espalda al pueblo. La lógica de echar culpas fuera de las propias políticas, que sin duda tenían esos resultados como objetivos, nace luego que el funcionamiento de la Argentina como país arrancara nuevamente con los gobiernos nacional populares.

Durante el primer mandato de Cristina Fernández, y luego de que las heridas abiertas en la sociedad por el neoliberalismo empezaran a cerrarse, algunos de los ex funcionarios del delaruismo salieron a la luz de los estudios de televisión a criticar las políticas que generaban empleo y reivindicar a las que les habían permitido amasar fortunas con la especulación financiera. Algo que se profundizó luego con lo que se dio a conocer mediáticamente como “La crisis del campo”. Los agronegocios usaron a los viejos propagandistas neoliberales como lenguaraces de sus intereses.

Basta con repasar algunos de los nombres del gabinete de Mauricio Macri para entender que la estrategia fue exitosa. El armador del megacanje, Federico Sturzenegger, fue premiado con la administración del Banco Central y, fiel a su naturaleza, produjo la estafa al estado de las LeBac. La ex ministra de trabajo, Patricia Bullrich, que escapó de la denuncia más evidente de manejos espurios en el congreso con el tratamiento de la ley de flexibilización laboral, fue recompensada por Macri con el ministerio de (In)Seguridad.

La pregunta válida es a quien le conviene, entonces, un adelantamiento de la entrega del mando del Estado. Ponerse nuevamente en el lugar de víctimas los habilitaría a regresar, luego que un gobierno popular arregle las cuentas públicas y las deudas sociales, y presentarse como los únicos que “pueden modernizar y dar el lugar que merece Argentina en el concierto de las naciones”. Una estrategia que funciona con el olvido selectivo que ejercen los medios de comunicación que responden a los intereses de los sectores concentrados de la economía, y se aprovechan de las nuevas demandas de los sectores que recuperan el trabajo y cierta seguridad económica y social.

Parte del armado los medios de comunicación concentrados critican fuertemente al gobierno de Macri por su impericia, pero ponen mucho cuidado en no criticar las políticas de fondo. La incompetencia, indiscutible del presidente se pone como el único defecto, cuando fue la aplicación con éxito de sus políticas las que nos dejó en esta situación.

El gradualismo del que se acusa al presidente esconde el deterioro del “costo salarial”, que fue a parar al bolsillo de los grandes empresarios y la destrucción de las Pequeñas y Mediana Empresas (PyMEs), que concentró aún más la producción en monopolios industriales. Las ganancias de los fondos de inversión no es consecuencia, sino causa de las decisiones en Balcarce 50. Los que hoy “panquequean” tienen mucho cuidado de no ir en contra de las políticas, y le piden al candidato Fernández responsabilidades que institucionalmente no le corresponden. El terreno ya se va preparando. Si no toma el poder, es responsable del deterioro económico, si lo hace, será acusado, más adelante, de desestabilizador y golpista.

Al gobierno macrista no le quedan ya aliados y la necesidad de que su mandato termine, hace que diciembre parezca un horizonte lejanísimo. Más aún si pensamos en los sectores pauperizados por sus políticas, dónde la vida de muchos y muchas ya no resisten los tiempos políticos. Nada más deseable que Macri entregue la banda presidencial cuando corresponde, pero ninguna de las últimas medidas lo pone como un estadista frente a una crisis, sino como un patrón caprichoso, más deseoso de castigar a la ciudadanía que a ayudarlos.

La crueldad de las políticas Cambiemitas llega al zenit. Esperan victimizarse para volver como victimarios en un futuro no muy lejano. Ojalá la resistencia de los sectores populares pueda respetar la necesidad de los tiempos institucionales, y Macri se vaya de la casa de gobierno como lo que realmente fue, uno de los peores presidentes de la historia argentina.

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