Ganar más allá del resultado

Por Thiago Agustín

Tras la victoria ante Serbia, el diario deportivo español Marca detalló en la crónica del partido: “El alma es una entidad inmaterial que, según se dice, pesa solo 21 gramos. A Argentina le bastaron para terminar con el gran favorito al título tras firmar una gran primera fase”. Días más tarde, tras eliminar a Francia y clasificarse así a la final del mundo, el diario Le Parisien escribía: “Si el tango se baila con dos, solo hubo un bailarín este viernes en el piso de la arena china. Y no fue Francia”.

A veces, para dimensionar los éxitos de los nuestros, es mejor escuchar las voces de afuera. Y más en Argentina, donde el fútbol acapara casi la totalidad de la programación de las señales deportivas.

La importancia de los procesos

Por más que no tengan la atención que merecerían de los medios “deportivos”, el basquet Argentino hace más de 20 años que da que hablar. El origen podría ser en 1984 cuando el periodista León Najnudel entendió que Argentina, que hasta ese momento en sus aspiraciones se limitaba a conquistar los campeonatos sudamericanos pero no oscilaba a mucho en los mundiales, debía contar con una estructura que le permitiera potenciar a sus jugadores y los equipos de diferentes provincias. Así nació la Liga Nacional de Básquetbol (LNB por sus siglas).

Najnudel falleció en 1998, antes de que la semilla que plantó empiece a dar sus frutos: la LNB se convirtió, justamente, en el semillero de formación de grandes jugadores con capacidades técnicas y humanas que les permitieron no sólo jugar en la tan preciada NBA, sino también nutrir a la Selección con títulos de relevancia excepcional, como una medalla dorada en un Juego Olímpico y romper con la hegemonía de Estados Unidos, que había ganado en 12 de las 14 ediciones (los otros dos países fueron Yugoslavia y la Unión Soviética, que ya no existen).

Los jugadores que lograron la dorada en Atenas y que habían salido de La Liga eran, entre otros, Carlos Delfino, Pepe Sanchez, Fabricio Oberto, Manu Ginóbili, Chapu Nocioni y Luis Scola, el único “sobreviviente” con 39 años y capitán del equipo.

Najnudel decía que los entrenadores para ser exitosos tienen que apegarse a un gran maestro porque “eso te levanta el techo y te apura la velocidad de mirar por los ojos de él durante algún tiempo”. La selección de básquet, en 20 años de crecimiento, sólo contó con 3 entradores: Ruben Magnano, Julio Lamas y Hernández. ¿Qué lo hace más particular aún? Que sin importar egos, el entrenador que dejaba el cargo, se convertía en el ayudante de su sucesor, como Hernández lo fue de Lamas en Londres 2012. Para lograr la mejor versión, no se consigue con palabras, se consigue con procesos y sólo lo logran los buenos docentes. Lo había dicho Hernández, hoy es el docente, el reflejo de chicos que miraron en sus colegios la semifinal ante Francia.

La unión hace la fuerza

En un país donde para ganar o ser popular en el ámbito deportivo lo único importante es “poner huevo”, el técnico Hernández (como sabio estratega) derribó con el mito, tras vencer a Francia sosteniendo que para ganar hay que seguir un plan más allá de los resultados. Y así les fue: “No disfrutamos porque ganamos, sino que ganamos porque disfrutamos”, sostuvo el pastor que congrega la comunión de un equipo sincronizado.

“Somos un grupo joven que está generando su propia historia. Lo colectivo esta por encima de cada individuo, la unión que tenemos se ve reflejado en los resultados” dijo el mejor base del mundo y que juega para Argentina, un tal Facundo Campazzo que la descosió con su actuación en partido complicado ante Rusia, donde logró 21 puntos para que la selección no pierda su equilibrio.

El cierre inesperado

La final mostró a una selección que no pudo ser eficaz y tampoco supo aprovechar los rebotes. España jugó “a lo Argentina” para planterse en los primeros minutos logrando un 2-14, que luego la albiceleste achicó a un punto al terminar el primer cuarto. Pero no titubeó el equipo europeo, que contó con la magnifica actuación de Ricky Rubio (elegido luego como mejor jugador del mundial), mantuvo su solidez defensiva, aprovechó sus rebotes y la diferencia se volvió irreversible a partir del tercer cuarto, cuando los ibéricos estuvieron arriba por 22 puntos.

La mirada desconsolada de Scola fueron la clara expresión de que ya no había vuelta atras, pero como ni en su “alma” competitiva ni en la del equipo está el bajar los brazos, el último cuarto reflejó un mejor rendimiento: 28-29. El resultado final fue un justo 75-95 a favor del equipo español.

Luis Scola, que en el último partido ante Nigeria se había convertido en el segundo máximo goleador de la historia de los mundiales (terminó con un promedio de 17.9 puntos por partido), fue premiado como mejor ala-pivot del certamen y formó parte del mejor quinteto. Además logró igualar el récord de 41 presencias mundialistas. Excluido en China estos últimos años, ahora hasta el Real Madrid (potencia a nivel europea del basquet) muestra interés por sus servicios; mientras que Oveja sueña con tenerlo en los JJ.OO del año próximo.

La fase de grupos accesible les sirvió para ganar confianza, que le permitió “agrandarse” en los partidos definitorios de la última fase, en dónde ya no eran favoritos, como frente a Serbia (victoria por 10 puntos) y Francia (victoria por 14 puntos). Ni el más optimista pensaba que un grupo que acumuló 2 meses de preparación previa entre Panamericanos y amistosos para llegar al mundial, llegaría a jugar el último partido del certamen.

“No se perdió la final, se ganó la plateada” sentenció el entrenador y después se besó la medalla. No es rendirle culto al perdedor (cuando de perdedores estos jugadores no tienen nada), se trata de tener en claro y no olvidarse de que el camino es largo y las pruebas son muchas, que se puede perder y se puede ganar e incluso es más lo que se pierde que lo que se gana, pero no perder el espíritu competitivo en un equipo consolidado, capaz, vistoso y que deslumbra a propios (“Nose como hiciste” le dijo Ginóbili a Hernández tras ganarle a Francia) y a ajenos.

¿Qué es ganar?

No se le movió un pelo (si le queda alguno) al Oveja Hernández para reconocer, tras el triunfo ante Francia, que este era el mejor equipo que dirigió en su vida. Faltaba nada más ni menos que jugar la tercera final en la historia del básquet Argentino, tras la disputada como locales en 1950 y Estados Unidos en 2002.

Pero este equipo no sólo ya había ganado antes, no con la eliminación de Brasil que le permitió clasificarse a Tokio 2020,  ni tampoco con la medalla dorada lograda en los Panamericanos de Lima. Este equipo ganó desde los valores que inculca, el respeto entre sus pares, desde el más experimentado al más joven. Va más allá de un resultado. No se trata de un título, sino que a partir del legado que construyo desde un poco antes del comienzo de siglo la camada de Generación Dorada, hoy se está dando forma a una nueva camada, con otros jugadores pero con los mismos valores y hambre de gloria. La generación eterna. E incluso con posibles similitudes: el grupo anterior perdió la final del mundial para luego colgarse la dorada en Atenas 2004.

Entonces, ¿Qué es ganar? No solamente se gana siendo campeón – definía otro gran entrenador, como Julio Velasco – sino que también se gana superándose y mejorando partido a partido. Este equipo se superó a sí mismo. No perdimos, ganamos la plateada. No perdimos, ganamos confianza para el que es el objetivo principal y gran anhelo de la selección de básquet: Volver a colgarse una medalla en Tokio 2020 tras 12 años.

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