Nacionalismo popular: Restauración y revolución

Por Cristian Taborda

Luego del golpe al gobierno de Isabel Perón, una vez concluida la dictadura militar, los partidos políticos acordaron adscribir a una democracia liberal basada en el libre mercado y capitalismo financiero especulativo reduciendo la política a la mera administración colonial junto a la entrega de recursos tanto naturales como estratégicos al extranjero. De allí surge una sucesiva alternancia entre gobiernos progresistas y neoliberales que no han logrado resolver los problemas de fondo, mucho menos devolver a todos los argentinos y a nuestra patria la dignidad y calidad de vida precedente a 1976, a pesar de los intentos y algunos logros conseguidos durante la década del 2000 hoy destruidos.

Las propuestas que ofrece la democracia liberal, progresismo o neoliberalismo, tanto por “izquierda” o por “derecha” no dejan de ser un apéndice del liberalismo por más disfraz de buenas intenciones que se le coloque. Un liberalismo que tras la caída del muro de Berlín se erige como la única ideología, instalando el pensamiento único de la globalización y el libre mercado. Priorizando al capital sobre el trabajo, la tecnología sobre el humano y al individuo sobre la comunidad.

Es paradójico uno de los orígenes del término “neoliberalismo”, utilizado por el austríaco economista liberal Ludwig Von Mises, para caracterizar con ese calificativo a los socialistas que aceptaban las condiciones de la democracia liberal, esto es, la socialdemocracia europea. Mises establece la diferencia entre un viejo liberalismo, clásico, del laissez faire y el nuevo liberalismo. Es decir, el neoliberalismo paradójicamente se inicia con los socialistas reformistas, en el origen del neoliberalismo está subyacente el progresismo de la socialdemocracia.

El marxismo encontró en el progresismo su lugar para la batalla cultural tras abandonar la lucha de clases, dentro del liberalismo. Es así como el viejo socialismo impulsa y promueve las reformas socio-culturales mientras el viejo liberalismo las reformas económicas, siempre convergiendo a un modelo único en favor de la sinarquía internacional.

Son sabidas las consecuencias del neoliberalismo a nivel global caracterizadas por el desempleo, la reducción de salarios, los ajustes fiscales, incremento en niveles de deuda y de desigualdad. Pero algo peor y más perverso ha ocurrido, con la otra cara de la moneda, el progresismo, que encubre esas medidas de precarización de la vida, basadas en la cultura del descarte, con el otorgamiento de derechos individuales o agendas de minorías a cambio de la destrucción de derechos laborales y sociales.

El liberalismo

Como ideología única el liberalismo exalta la división de los pueblos con políticas de género y la lucha entre sexos, desviando el foco de la cuestión económica para mantener el statu quo de una minoría y pasar a una lucha por el reconocimiento o pretensión de derechos individuales promovidos por la misma minoría. Desde los medios de comunicación y la política activa de ONGs se lleva a cabo una guerra psicocultural contra aquellas naciones arraigadas en las tradiciones y costumbres, profundizando diferencias entre lo “nuevo” y lo “viejo”. Intentando imponer una subordinación ideológica de la cual pocos países escapan, mediante la industria del entrenamiento se fabrica una cultura híbrida que tiene como fin borrar las identidades y particularidades de cada pueblo para crear una cultura global, homogénea.

El actual estado de cosas en el orden global es una interna liberal entre un sistema de gobernanza global corporativo o el sostén de las estructuras burocráticas estatales, siempre rigiéndose bajo las reglas del mercado y con la economía como ordenadora del mundo dominando a la política.

Mientras los pueblos resisten al intento de imponer un sistema de gobernanza global corporativo que destruye el trabajo, los valores y costumbres enraizados en la historia, aparece la oferta de un nacionalismo liberal-excluyente que aparece en defensa de esos valores y costumbres. Sin embargo, no se cuestiona la ideologia liberal y su teoría económica como promotora de la emergencia de un sistema financiero especulativo en el que domina una oligarquía apátrida que tiene como objetivo la destrucción de los estados-nación para concretar la hegemonía corporativa, lograr el proceso de automatización laboral y superar esta etapa de transición dando paso a un nuevo sistema basado en la inteligencia artificial, la biotecnología y el posthumanismo (prescindiendo de gran parte del trabajo y de la humanidad como tal).

El peronismo

Ante esta descripción, el peronismo presenta una alternativa al sistema liberal de esta elite global de dos caras, como movimiento popular que pregona la unidad nacional con la tercera posición como superación del capitalismo y el comunismo, como antítesis del liberalismo individualista y el marxismo materialista en sus orígenes propone una comunidad organizada donde tanto el hombre como la mujer se realizan en conjunto. Respetando los valores y tradiciones de cada pueblo, junto a su identidad cultural y su ser en el mundo. Donde no sólo es importante la disposición de bienes materiales para la satisfacción de necesidades sino también la realización espiritual y la elevación del ser para el desarrollo de una vida buena y en armonía, de uno con el todo. De un yo en el nosotros. Un todo que es superior a las partes, y más que la suma de ellas, así como la realidad es superior a la idea.

A contramano a las nuevas teorías e ideas funcionales al sistema de gobernanza global el peronismo vuelve a poner en valor con fuerza la defensa del Estado, la identidad y la familia como elementos esenciales para la consolidación de una vida común con un pueblo soberano.

Retornar a la doctrina peronista no sólo implica una reinterpretación para la comprensión del momento histórico actual y realizar una crítica económica del liberalismo sino discutir los fundamentos éticos del nuevo orden global y simbólico que prioriza el mercado, la tecnología y el dinero antes que, a la comunidad, el trabajo y el ser humano. En la doctrina se encuentran los fundamentos filosóficos para establecer los principios de una contra posmodernidad: Dios, patria y justicia social.

Poner en valor la familia, la identidad y la cultura de un pueblo requiere restaurar el orden ético que la anarquía liberal desintegra. El liberalismo llevando al extremo la individualización de la vida, destruyendo los lazos naturales de solidaridad y comunidad, con la idea del ‘superhombre’, ‘hombre Dios’, el ‘homo economicus’ emprendedor de su propio destino, borrando toda trascendencia terminó convirtiendo al hombre en el “lobo del hombre” en un estado de naturaleza con el único objetivo de satisfacer su deseo personal a cualquier precio.

Esta restauración ética requiere de la realización de una vida en común que es dada en un suelo, nuestro patrimonio común, que es la tierra que se habita, la patria. El hombre y la mujer se realizan en cuanto ser en la tierra, en su vínculo con el suelo que comparten con la comunidad, la identidad de esa comunidad se genera en la defensa de ese patrimonio colectivo. Esta identidad cultural forma la necesidad de defender los intereses comunes, en una comunidad donde no se realiza el conjunto no podrán realizarse los intereses individuales, una identidad construida por la historia, la tradición y las costumbres que conforman una ética comunitaria cuya unidad básica es la familia, que transmite esa cultura, las costumbres y valores tradicionales de generación en generación.

La familia como célula orgánica es el lugar natural donde se forman los lazos de solidaridad y el sentido del amor reflejado en la concepción del hijo como realización absoluta del amor mutuo. El hogar como representacion de una casa comun de los miembros convierte la individualidad personal en un nosotros comunitario. A través de la familia se puede formar la comunidad que permite la creación de un pueblo como unidad orgánica entre uno y el todo, entre el Ser y la comunidad.

Trabajo, Seguridad y Justicia

Para la defensa de estos bienes en común, la patria, la comunidad y la familia, dos son los deseos que un pueblo quiere satisfacer naturalmente: la seguridad y la justicia. La seguridad a priori en forma de prevención y la justicia a posteriori en forma de redención. Por este motivo la seguridad y la justicia forman parte del deseo de los hombres y mujeres necesarios para la protección de sus bienes.

Así como para la obtención de esos bienes es necesario el trabajo, que es la dignificación del hombre al poder satisfacer sus necesidades con su voluntad individual. El trabajo es el reconocimiento de su capacidad de satisfacer esas necesidades mediante el esfuerzo, es el momento de autoafirmación, es la soberanía del ser.

Una comunidad con trabajo y con identidad que defiende su patrimonio y su cultura es un pueblo soberano, que se realiza y constituye un ser. Un ser que integró con la comunidad como momento de realización espiritual y material construye un pueblo. El pueblo es el momento de unidad y organización donde el Ser se manifiesta como soberanía.

La posición de un nacionalismo popular que reivindica el Ser y la comunidad como momento existencial de elevación espiritual y realización material superando la lógica dual individualismo-colectivismo integrando la particularidad con lo universal ofrece la verdadera liberación del hombre, la liberación de la tiranía del individuo como de la dictadura del proletariado. Ante el materialismo y el idealismo el neo-existencialismo recupera al ser y la verdad como trascendencia, la realidad efectiva como razón de ser, ante el relativismo que se opone a la verdad como realidad determinándola como construcción social.

Es clave volver a un nacionalismo popular que recupere la tradición y las costumbres satisfaciendo el deseo natural de seguridad y justicia que reclaman los pueblos tal como lo hicieron San Martín, Rosas y Perón. Es necesario integrar la elevación espiritual del ser y la realización material de la comunidad, constituyendo un pueblo como unidad orgánica, un pueblo soberano, con identidad cultural y autonomía nacional en defensa de la patria y sus valores. Proteger a la familia como fundamento ético de la vida en común es parte del camino a construir para hacer una revolución que consolide la justicia social, el amor y la igualdad.

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