La militancia peronista en el espejo ecuatoriano

Por Patricio Ese[1]

Frente a los traspiés electorales producidos en Mendoza y Salta, el candidato del Frente de Todos aprovechó el natalicio del General para recibir un mimo de la dirigencia peronista. ¿Qué mejor momento para las caricias significativas que refrendan la unidad partidaria que el aniversario del nacimiento de Juan Domingo Perón?

Desde la sede partidaria para homenajear al histórico líder, Alberto Fernández fue presentado como un compañero parido del justicialismo, mientras lo escoltaban el presidente del Partido Justicialista, el casi inmortal, José Luis Gioja, y el presidente del Consejo Nacional, el siempre sigiloso gobernador de Formosa, Gildo Insfrán.

El camino vertiginoso hacia el Frente de Todos y la maduración del ‘Alberto, candidato’ está ya trazado y, si bien todo indica que el resultado de las PASO se revalidará en las generales, no hay que olvidar cómo sectores ligados al gastronómico Luis Barrionuevo y, naturalmente, muy afines al gobierno nacional intentaron quedarse con el partido en abril del 2018. La aventura duró varios oscuros e inciertos meses, hasta que en agosto de ese año la intervención judicial llegó a su fin.

En ese interín, la parálisis era severa y la desorientación en los dirigentes, notoria. Considerados virtualmente okupas de la sede nacional, pocos guardaban esperanzas en convocar un Congreso Partidario que sea capaz de ordenar la diáspora peronista y, de esa forma, cerrar el interregno de Barrionuevo, Julio Bárbaro y sus secuaces. Como ni siquiera tenían sede propia para sesionar, el cónclave se llevó a cabo en la sede del PJ Capital, cedida por Víctor Santa María, el sindicalista de los Encargados de Edificio.

Allí se decidió una Mesa de Acción Política con una gran diversidad generacional y se trabajó por abrir las puertas a todo aquel que no se resignaba a soportar otros cuatro años más de macrismo. Vale recordar que hasta la propia Cristina le había dado la espalda al PJ y fue a las elecciones en 2017 con Unidad Ciudadana, un partido propio. Como muchos otros, ella también volvió a la sede partidaria días previos a anunciar su declinación presidencial para capitanear un acto como el que ahora encabezó Alberto.

Ni hablar de la rapidez con la que los sectores del movimiento obrero (Hugo Moyano, Héctor Dáer, Hugo Yasky, Antonio Caló) se encolumnaron detrás de esta iniciativa de unidad organizada. Hasta hoy mismo se habla de una posible reunificación sindical, de una CTA volviendo a confluir en la histórica CGT de la que se fueron hace más de veinticinco años.

Queda descontada la verticalidad del movimiento ante la autoridad de los votos, por lo que el acto en la sede de la calle Matheu por el cumpleaños de Perón también fue mostrar el acompañamiento de los dirigentes que tendrá el candidato peronista en caso de vencer.

Y es bueno hacer un llamado de atención. Del peronismo o, mejor dicho, del PJ se ha dicho mucho. En general, le pesa el estigma en que lo dejó el menemismo: la rosca obscena, el nido de jetones, el poder del aparato, los barones del conurbano, la fábrica de pobres, el peronismo renovador, empresario y aggiornado para el establishment.

Ahora, vuelve a ser capaz de mostrar un candidato presidencial sólido revindicando la tradición de Frente Nacional para enlazar voluntades y sostener una masa crítica de apoyos que trasciende a la propia dirigencia peronista.

A su vez, exhibe un candidato a gobernador que desde el minuto cero, en diciembre de 2015, y en la desolación del llano después de la derrota, se plantaba frente a grupos esporádicos de vecinos en las plazas para transmitir las convicciones que no iban a ser borradas con el triunfo circunstancial de Cambiemos. Ese muchacho que jamás había intentado ir por un cargo ejecutivo se sumergió en plena derrota dentro de la laberíntica provincia de Buenos Aires para ser finalmente coronado como el candidato del PJ bonaerense a disputar el sillón de Dardo Rocha.

Intendentes, legisladores, representantes de movimientos sociales fueron lenta pero sistemáticamente resignando sus aspiraciones. Todxs fueron reconociendo en su accionar un fuego militante que convocaba multitudes.

Axel Kicillof es la mejor representación de la praxis entre dirigencia y militancia peronista. Es el eslabón que mejor enlaza a la dirigencia con esa militancia anónima que resistió con aguante estos años de ajuste y tarifazos.

Esa militancia incluye a los pibes que no perdieron la fe en la Década Ganada y la gran Argentina que San Martín soñó y a los viejos que ven en la juventud una continuidad de sus ideales.

Esa militancia no se rindió cuando la dispersión de la dirigencia corroía cualquier sueño por vencer en estas elecciones y especulaban con el 2023.

Fueron muchas las trayectorias de esta base militante cuya fuerza inagotable la hizo ponerse a la cabeza de un largo esfuerzo colectivo que necesitaba carnadura en un proyecto político unificado.

Esa militancia de base que no claudicó, ni se resignó porque en la derrota salió a convencer, a debatir, a volantear, a editar videos, a participar y a trabajar para consagrar al peronismo nuevamente en el gobierno nacional.

Para representar esta maravillosa militancia anónima de la que hablamos, sirve el conmovedor rap de dos pibes, dos ‘morochos’, dos insurrectos, dos rebeldes y sonrientes nenes que cantan a la gorra en el subte contra una situación injusta, resultado del ajuste sin fin y el endeudamiento desquiciado.

El espejo ecuatoriano

Si bien el peronismo subraya la vía institucional que consiste en frenar el neoliberalismo con los votos el 27 de octubre para asumir en diciembre, los riesgos de traicionar al electorado y desconocer la fuerza popular que lo pueden depositar en el gobierno están latentes. Pese a que Alberto se esmera en que tengan confianza en su persona, lo cierto es que desde el 10 de diciembre se va a enfrentar a fuerzas poderosas y la posición de su hipotético gobierno estará muy condicionada.

La realidad ecuatoriana sirve de guía para delinear el doloroso camino que les espera a los gobiernos populares que defeccionan a su pueblo.

El Presidente Lenín Moreno es el paroxismo, el grado de mayor exaltación, de la traición política de nuestro tiempo. Vicepresidente de Rafael Correa entre 2007 y 2013, este oscuro personaje supo ser su heredero político por el partido Alianza PAIS.

Después de unas elecciones duras que se decidieron en una segunda vuelta 51% a 48%, su mandato constitucional comenzó en mayo de 2017, iniciándose con un estilo rotundamente distinto al de su predecesor. Casualidad de los números: nuestras elecciones de 2015 también fueron por esos mismos resultados y coronaron a Macri, presidente.

Traicionando a quienes lo votaron para continuar la Revolución Ciudadana, su gobierno adoptó una política económica de corte neoliberal basada en la obsesión por reducir el gasto público, liberalizar el comercio exterior, flexibilizar el mercado laboral y detener la redistribución del mandato anterior.

Mientras Rafael Correa es perseguido judicialmente y debe estar virtualmente exiliado en Bruselas, Lenin Moreno anuncia en febrero de 2019 que había obtenido un préstamo de más de 10.000 millones de dólares del FMI. Siguen las casualidades con nuestro presidente.

La traición de Lenin Moreno y la posterior entrega del país al FMI, desembocaron en una gran insurrección popular y la declaración del Estado de sitio por 60 días. El Estado de excepción no calmó las aguas, pero ya dejó sus primeras víctimas fatales. Como sabemos bien, el dinero del Fondo sin importar el país que lo recibe viene acompañado de condiciones: rebajar el 20% de los sueldos para los nuevos empleados públicos, despidos en el Estado y la actualización de las tarifas de los servicios públicos.

La condición que rebalsó la paciencia popular fue la supresión de los subsidios a los combustibles que se tradujo en un incremento fuerte intolerable para los ecuatorianos. La liberación del precio de los combustibles empujó masivamente a los sectores populares y movimientos indígenas a la calle.

Ante la imparable ola de manifestaciones populares, un gobierno arrodillado al FMI supuso que imponer el estado de excepción sería suficiente para contener la situación. Pero suspender el derecho a la protesta y autorizar la censura previa a los medios de comunicación no frenó el estallido social.

Desde allí, el recrudecimiento de la violencia en las calles fue en aumento. Se copó la Asamblea Nacional en Quito mientras Moreno trasladaba su gobierno a Guayaquil. La espiral de protestas, saqueos y muertes, no parece tener un final feliz.

Indistintamente de cómo será ese final, las comparaciones a veces ayudan a pensar. Desde luego, Argentina no es Ecuador porque fundamentalmente la tradición de movilización del pueblo ecuatoriano es muy singular. Desde 1990, el único presidente que finalizó sus mandatos en paz fue Rafael Correa.

Lo cierto es que los dirigentes opositores nunca entraron en las provocaciones de Cambiemos para apostar al caos y a la represión. La actitud responsable de que la forma elegida para terminar con esta nueva etapa neoliberal de nuestra historia sea por medio de las urnas y los mecanismos democráticos merece destacarse por algo muy sencillo: los muertos siempre los pone el pueblo.

Sin embargo, hay que prestar atención a los movimientos que se están sucediendo en Ecuador. Este espejo nos debe servir para mirar nuestra propia realidad. Porque, para poner a la Argentina de pie como anuncia Alberto Fernández, se requiere una dirigencia que no traicione ni claudique.

Que tenga claro que debe alejarse de Lenín Moreno y de las condicionalidades del FMI.

Que tenga claro que debe llenarse de militancia y de pueblo.

Es un deseo, un pedido y un mensaje que se refleja desde el norte de América del Sur, desde el espejo ecuatoriano.

[1] Licenciado en Letras (UBA)

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