Los rasgos del Totalitarismo de Mercado

“En efecto, como he repetido muchas veces, la vida política no puede prescindir del respeto de la verdad y de los valores, pues una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”.

Papa Francisco

Por Cristian Bortolin Taborda

El estado de crisis permanente y el Estado de excepción, como norma, donde se encontraban suspendidas las garantías constitucionales, eran los pilares para sostener el orden de los regímenes totalitarios del siglo XX. Eliminar cualquier oposición con la persecución, la difamación y destrucción moral, ejercer la represión y muerte sin límites, junto al establecimiento del pensamiento único a través de la ideología, eran las características que facilitaban el mecanismo totalitario. Hoy emerge de forma amable, evocando la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos, convenciendo a vastos sectores de su bondad.

Tras la derrota en la segunda Guerra Mundial, la ideología Nacionalsocialista y el fascismo perecieron quedando en pie los bloques ganadores, expresados en la ideología liberal y socialista. Con la implosión de la Unión Soviética (1991), el triunfo absoluto fue el de la ideología liberal, la cual se vuelve el pensamiento único posible, convalidada por su victoria y fuerza ante las demás.

El libre comercio, la cadena de valor global, el sistema financiero internacional, la interdependencia económica y la transnacionalización corporativa convirtieron al mundo en un mercado único bajo reglas establecidas por la economía de libre mercado, libre circulación de bienes, libre circulación de personas y libre circulación de información (datos).

El mundo convertido en un mercado desregulado se transformó en una unidad económica total, donde los Estado-nación son un obstáculo para la libre circulación de bienes y las decisiones políticas son barreras a los flujos financieros. El mercado es organizado de forma natural y armoniosa por una “mano invisible”, cualquier intervención generará desorganización y desequilibrio en el sistema, dice el relato económico liberal.

Las reglas y principios de funcionamiento del comercio internacional son dictadas por organismos internacionales que representan los intereses, ya ni siquiera de las naciones potentes, sino de las corporaciones transnacionales con intereses en esas naciones. Este es el punto donde la economía se superpone a la Política dejando librado al mercado las decisiones para la organización de la vida.

Tras esta breve síntesis de los acontecimientos en la historia, nos encontramos, hoy, con la totalización de la economía en el mundo de la vida, más profundo aún, con la financiarización de la vida, donde el crédito y el débito son los fundamentos, la deuda es la culpa. En la modernidad nihilista aparece la teología económica, el monoteísmo del mercado, o como mejor describe el teólogo alemán Franz Hinkelammert, en sintonía con nuestra descripción, el “Totalitarismo de Mercado”, el mercado se vuelve la totalidad representante del ideologismo liberal donde el fundamentalismo económico vulnera hasta sus propios principios en aras de la absoluta libertad comercial y maximización de ganancias. Libertad de Mercado, libertad individual que se alza por sobre cualquier otro valor o derecho, incluso sobre la vida misma.

El autoritarismo liberal esconde bajo el concepto de libertad toda su represión. Según Hinkelammert, la estrategia de globalización destruye un mundo hecho global y es incompatible con la existencia de este mundo. Así, la estrategia de la globalización, el mercado absoluto, es el retiro de la decisión política, la pérdida de soberanía a manos de la gestión empresarial y la competencia corporativa que dicta las leyes bajo los organismos internacionales.

La globalización es incompatible con la existencia de este mundo porque elimina la vida particular de los pueblos que constituyen ese mundo. Como los antiguos totalitarismos, el globalismo impone la voluntad del mercado por sobre cualquier Constitución y ley democrática. Asimismo, persigue al pensamiento disidente y al soberano, imponiendo el pensamiento único políticamente correcto. Si es necesario decreta el Estado de excepción para cumplir con sus objetivos económicos, si es necesario mata o deja morir.

Este totalitarismo que relaciona como antaño ideología y muerte, ahora sustituyendo al Estado y el partido por el mercado lo describe perfectamente el teólogo alemán: “El poder económico deja morir, el poder político ejecuta. Ambos matan, aunque con medios diferentes. Por eso el poder político tiene que justificar el matar mientras el poder económico tiene que justificar por qué deja morir y no interviene en el genocidio dictado por el mercado. La que sea la justificación, ambos son asesinos. Ninguna de estas justificaciones es más que la simple ideología de obsesionados”.

Crisis, anomia y excepción

Ideología pura, falsa conciencia, que destruye la vida de los pueblos y es contrario al derecho, enemigo de toda ética, eso es el mercado global. Si soberano es quien decide sobre el Estado de excepción, como plantea Carl schmitt en su teología política, hoy el soberano es el marcado, que es quien decide sobre la suspensión del derecho hasta que no se garantice su beneficio económico o se acepten sus reglas. Cuando se le discute el monopolio de decisión, utiliza el aparato represor del Estado para garantizar sus imposiciones, sin tener que saldar cuentas de su violencia y de sus muertes ante el pueblo.

Un claro ejemplo en nuestros tiempos es la servidumbre de los Estados-nación que contraen deudas con el FMI o el Banco mundial siendo estos amos y señores de los gobiernos sujetos a sus deudas. Estos organismos toman las decisiones económicas que deben afrontar los países para pagar los intereses de deuda. Estas medidas siempre orientadas a bajar los déficits fiscales y reducir el gasto público, sumado a la reducción de salarios en dólares y la suba de impuestos, actúan como medidas de terrorismo económico contra la población, que reacciona y se moviliza al ver afectada sus intereses y precarizada su vida. Estas medidas no encuentran  forma de ser implementadas sin la represión.

A la crisis generada le sigue la anomia social, al romperse el vínculo entre pueblo y Estado, este último dejando de representar los intereses de la nación para favorecer al corporativismo financiero, se rompe el contrato y se genera el caos social contra las medidas impuestas de forma antidemocrática por organismos transnacionales.

Y aquí se produce el quiebre democrático cuando los gobiernos en el momentum de decisión se inclinan por el interés privado ante el interés Nacional, esto es cumplir con los dictados de los organismos internacionales y decretar el Estado de excepción, suspendiendo las garantías constitucionales para garantizar el cumplimiento de las normas del mercado. Allí se produce un vacío de poder donde colisionan los intereses del pueblo con el capital financiero y el Estado es deslegitimado, el pueblo desafía al Estado de excepción y el capital financiero desafía el Estado de derecho.

La pérdida de confianza en el Estado, los partidos y los sindicatos generan hoy en dia revueltas a nivel global incontrolables contra distintas medidas ya sean reformas políticas o ajustes económicos. Se producen rebeliones contra las distintas élites las cuales el pueblo interpreta totalmente ajena a sus intereses, así suceden explosiones de ira que desafían todo orden y toda ley, sin ningún proyecto político de fondo, sólo con el hecho de mostrar su indignación y exponer su descontento.

Desde la primavera árabe, las manifestaciones en Hong Kong, los chalecos amarillos en Francia o la insurrección popular en Ecuador, hechos con distintos motivos, en distintos continentes, con distintas culturas, historias y protagonistas

demuestran un malestar contra el orden establecido. Es el desprecio a las élites, la entrada de los marginados del sistema a la ciudad o el cuestionamiento al status quo.

En reacción, el poder deja de manifestarse como tal y ejerce sólo la pura violencia, pasa a ser dominación, el totalitarismo comienza a perder su control y se reafirma utilizando la coerción, ya no hay hegemonía si se pierde el consenso, porque como decía el jurista francés Pierre Legendre: “La gran obra del poder consiste en hacerse amar”. Hoy el liberalismo y el mercado han perdido su romanticismo.

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