Alberto, presidente

Por Patricio Ese[i]

La intriga terminó. Pronto habrá nuevo gobierno y cambio de signo político en la Argentina. Alberto Fernández logró imponerse en primera vuelta a Mauricio Macri. Con el escrutinio provisorio, el Frente de Todos conseguía el 48,10% frente a Juntos por el Cambio que, después de una fuerte remontada, se quedaba en el 40,37%.

De esta forma, quedaban sepultados los sueños presidenciales del “Sí, se puede”. Cuando deje el poder, el gobierno de Cambiemos habrá logrado convertirse en el tercer gobierno no peronista en finalizar su mandato. A su vez, habrá sido el primero en no lograr la reelección presidencial.

Con 12.473.709 de votos, el Frente de Todos recolectaba 200.000 votos más que los 12.205.938 obtenidos en las PASO de agosto, y aseguraba la hegemonía de las provincias del norte y sur del país. Mantener el caudal de sufragios por arriba del 45% garantizó el festejo y abrió la puerta del triunfo. La elección en Buenos Aires, encabezada por Axel Kicillof, fue el gran motor del éxito. Desde allí, la diferencia frente a las demás fuerzas nunca fue una amenaza real a las aspiraciones peronistas por volver a gobernar.

Por su parte, la fórmula Macri – Pichetto recolectó 10.470.607 de sufragios estirando muchísimo sus 8.121.689 ganados en su performance de agosto. Alargar la distancia en sus bastiones más leales de Córdoba y Ciudad de Buenos Aires, y dar vuelta la elección en Santa Fe, Entre Ríos, San Luis y Mendoza, no alcanzaron para forzar una segunda vuelta como sucedió en 2015.

Con estos números, el Frente de Todos consiguió 13 senadores y 64 diputados, lo que representa la mayoría en el Senado y una primera minoría en Diputados. El gobierno de Alberto tendrá un Congreso ajustado, sobre todo en la Cámara Baja que precisará, al igual Néstor y Cristina en sus respectivos mandatos, consolidar la tropa propia y tejer alianzas con partidos provinciales siempre afines a los oficialismos de turno.

El 40% ajeno

La titánica carrera hecha por el macrismo en estos meses por remontar los números del Peronazo de agosto encontró eco en las demás fuerzas que, todas ellas, perdieron sustancialmente votos respecto a las primarias. La tercera vía de Roberto Lavagna, la derecha liberal de José Luis Espert, el conservadurismo militarote de Juan José Gómez Centurión y hasta la izquierda troskista de Nicolás Del Caño perdieron apoyo a lo largo y ancho del país en detrimento de los dos extremos de la grieta.

No se debe rechazar ni menospreciar el voto-anti solamente cuando lo realiza la derecha. Es justo recordar la necesidad de muchos electores del kirchnerismo en Capital Federal por votar en la segunda vuelta porteña del 2015 a Martín Lousteau (quien ahora fue en la boleta del macrismo) para que Horacio Rodríguez Larreta no consiguiera la Jefatura de Gobierno.

Es bastante lógico entonces que la reacción al kirchnerismo y al peronismo intentase en esta oportunidad hacer un voto útil, para forzar la segunda vuelta. Pero más allá de la lógica y los consuelos, la diferencia del 8% que arroja el escrutinio provisorio debe ser leída con especial atención.

En ese sentido, esto resulta muy didáctico y aleccionador de cara al futuro político de la Argentina. El exceso de optimismo y el triunfalismo no son buenos consejeros, ya que sacan lo peor de todos nosotros al motorizar envidias, ambiciones personales y egoísmos de diversa índole. Desde luego, siempre es preferible ganar y ganar por mucho. Pero el nuevo oficialismo debe valorar que la diferencia no haya sido tan abultada cómo se perfilaba en los rumores y bocas de urna previas a la elección.

Estos números sirven para mostrar (y mostrarnos) lo importante y vital qué es el sostenimiento de la unidad que costó conseguir. Nos advierten que, si las mezquindades políticas vuelven a aflorar, perdemos todxs. Anuncian también que esta unidad ha funcionado con gran eficacia electoral, pero deberá enfrentar ahora el interrogante sobre la capacidad de funcionar políticamente una vez que el peronismo unido desembarque en Casa Rosada.

Analizar los hechos consumados con perspectiva histórica y mirada a largo plazo nos permite pensar con sangre fría. En 2007, Cristina ganó en primera vuelta con el 45,28%. Para alcanzar ese resultado, el kirchnerismo debió articular electoralmente con parte del radicalismo encabezado en su compañero de fórmula, Julio Cobos, por aquel entonces gobernador de Mendoza. Esa Concertación, que funcionó electoralmente, naufragó políticamente a los pocos meses a partir del cimbronazo del conflicto con las patronales agropecuarias.

El voto No Positivo del vice mostró cómo un peronismo replegado en sus aliados más incondicionales terminó perdiendo la elección legislativa de 2009 (la cual en su boleta bonaerense llevaba ni más ni menos que a Néstor, Scioli y Massa juntos ‘poniendo la jeta’ y sacándole el cuerpo a una gestión asediada por varios flancos).

Engolosinarnos con la dulcísima elección del 2011 y su espectacular resultado que nos condena al empacho triunfalista y, finalmente, a sufrir un derrotismo cual diabetes crónica. Ese año, Cristina arrasaba en todo el país. Si bien es muy reconfortante recordar con increíble cariño el memorable 54,11% con el que fue reelecta, debemos siempre, siempre, tener presente que fue una exquisita excepción histórica. Excepción alimentada por factores únicos o poco frecuentes que no se observaron en la elección de este domingo.

Entre los factores propios de aquel tiempo emocionante, tenemos los deslumbrantes festejos del Bicentenario, esa enorme sensación de Argentina Potencia, de un pueblo feliz inundándolo todo en armonía y éxtasis colectivo. También las emociones populares más profundas se vieron movilizadas por el fallecimiento de Néstor (de cuya partida se cumplen nueve años). Gran parte del país realizaba una catarsis social por la sensación de orfandad en la cual se sumergía. En la muerte, se convertía en un símbolo de una sociedad que lo amaba y lo odiaba, pero que sin dudas había vuelto a ser interpelada por la política a partir de él.

De los factores poco repetibles o infrecuentes, se puede mencionar la no candidatura nacional de una opción clara de centroderecha no peronista que expresa al macrismo. Macri dejaba un espacio sin representación al replegarse en su reelección a jefe de gobierno. También tenemos que agregar una batería muy agresiva de políticas inclusivas para revertir, como hemos mencionado más arriba, los malos resultados de 2009 después de la crisis política abierta en 2008.

Estas políticas son quizás la marca más indeleble del kirchnerismo y sus doce años en el poder: la Ley del Matrimonio Igualitario, la reestatización de las AFJP, “Fútbol para Todos”, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la implementación de la Asignación Universal por Hijo, entre otras medidas contracíclicas, redistributivas o de ampliación de derechos.

Nuestro 48%

Como mencionó párrafos arriba, votar por alguien para evitar el triunfo de otro es algo muy lógico y esperable en momentos de polarización. Una mala lectura que conduce a enojarse con un electorado que vota más allá de nuestros deseos y proyecciones, es pensar que la diferencia electoral debió ser muchísimo más abultada. ¿Cómo es posible que, si la economía se cae a pedazos, Juntos por el Cambio haya logrado el 40%? La pregunta está mal hecha. O mal enfocada.

Es gracias a una economía que se cae a pedazos que logramos consolidar un fulminante 48% y la victoria en primera vuelta. Por eso, es muy sanador repetirnos como un mantra que ni Cristina en 2007 (con la oposición peronista de Duhalde en retirada, con medio radicalismo de aliado y con un Néstor que exhibía una revitalización de la economía nacional) logró ese porcentaje, sino que obtuvo 45,28%.

¿Qué sentiríamos si hubiéramos sacado ese número? Hubiéramos ganado igual y posiblemente tendríamos la misma relación de fuerzas en el Congreso, pero seguramente estaríamos devastados y desmotivados. Como si hubiéramos tenido una victoria pírrica.

Ahora bien, la percepción en 2007 era otra porque la segunda fuerza había sacado el 23% y, si bien la candidata derrotada fue Elisa Carrió, esta representaba una expresión de centroizquierda, socialdemócrata y liberal. Viendo el derrotero de la fundadora del ARI, parece más una ilusión que una verdadera fuerza que nos corría por izquierda.

También el contexto latinoamericano era otro: nos recibía una Patria Grande con un populismo en ascenso en muchos países vecinos. El aire democrático de amplia participación popular era muy poderoso y los líderes políticos parecían mimetizarse con sus pueblos. Hoy América Latina aparece convulsionada y en crisis, exhibiendo un enfrentamiento visceral entre el neoliberalismo y el campo popular.

El 48% debe ser festejado muchísimo, en primer lugar, porque la derecha nunca ganó en primera vuelta. Por ahora. Además, y mucho más importante, debe ser festejado muchísimo más que cualquier diferencia respecto del segundo, porque fue posible más allá de los enemigos del campo popular.

El triunfo es digno de celebración porque fue posible más allá de la guerra mediática y judicial que logra desprestigiar y encarcelar dirigentes del campo popular. Una guerra que nutre y facilita generar una derecha que se agrupa para ser competitiva electoralmente. Un juego de pinzas del cual somos víctimas, pero del cual pudimos zafarnos y vencer.

Lamentablemente, parece que el campo popular nunca pueda festejar sin culpa, pese a su fortaleza y vitalidad. En las PASO, la culpa venía del gobierno que al día siguiente intentó disciplinar al electorado acusándolo de desestabilizar la economía por no haberlo votado. Ahora nosotros mismos nos autocensuramos por habernos subido (con razones válidas o sin ellas) a una proyección de más de 54% que no se terminó plasmando.

La fuerza del nuevo gobierno

La fuerza del nuevo gobierno estará en su unidad. La clave ahora es el horizonte abierto respecto a cuál alianza electoral logrará sostenerse con mayor solidez: o la de derecha en la oposición o la nuestra en el gobierno. Ambas tienen fortalezas y debilidades. Quedan, entonces, varios interrogantes a responder en el futuro cercano:

¿Qué figuras del actual oficialismo sobrevivirán al posmacrismo?

¿Existirá posmacrismo o Macri se recuperará como Cristina?

¿Habrá un ‘vamos a volver’ amarillo?

¿El radicalismo y la Coalición Cívica seguirán atados al PRO?

¿Carrió se retirará a un convento a seguir rezando por la República?

¿Alberto y la unidad electoral que lo llevará a la Rosada se mantendrán en la gestión?

¿Podrá cuidarse la unidad con las condicionalidades del FMI y la economía en caída?

¿El peronismo tendrá aceitada su verticalidad histórica o aparecerán nuevos díscolos y escisiones que terminen formando monobloques?

¿Los partidos provinciales en el Congreso serán albertistas?

¿Los intendentes macristas del conurbano bonaerense serán compañeros?

¿Y Larreta y Córdoba y el Frente Renovador y Kicillof?
El tiempo dirá quién tiene la inteligencia para responder estas preguntas y lograr prevalecer. Sin olvidar todo esto, hay que permitirnos festejar hoy, porque pronto habrá mucho para reparar y huevos para romper si pretendemos, como sociedad, volver a repartir la torta.

[i] Licenciado en Letras (UBA)

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