Ni chombas ni viseras

Por Natacha Misiak[i]

La estigmatización que sufrió Brian, un joven de Moreno que ofició de presidente de mesa en las últimas elecciones, empañó el festejo democrático con el sesgo racista que, mal que nos pese, circula en nuestra sociedad. Brian fue etiquetado de “pibe chorro” por usar ropa deportiva: “es la ropa que tengo”, debió explicar en una nota radial. Las repercusiones llegaron hasta el presidente electo Alberto Fernández, quien repudió el hecho y respaldó al joven recibiéndolo en un encuentro que se hizo público.

Brian fue víctima de los discursos del odio que circulan con facilidad escandalosa en el espacio público de las redes sociales. Después de eso, se supo más de él: es un joven de 27 años, padre de un pequeño, correcto y muy querido en su barrio.

Mientras se daba esta discusión, los medios construyron la siguiente noticia: otros jóvenes, esta vez adolescentes menores de edad, cometieron la repudiable acción de apuntar con un arma (los testimonios acuerdan que de juguete) a un profesor mientras estaba de espaldas, escribiendo en un pizarrón.

Los jóvenes son estudiantes que asisten a una escuela privada de Morón. Y, entonces, se mezcló todo. Algunas voces pretendidamente progresistas se dieron a la tarea de señalar que el tratamiento de la noticia por parte de los medios fue diferente, porque se trató de chicos de clase media. Se habló, por ejemplo, de “un arma sin estigma” porque quienes la empuñaron no fueron jóvenes de un barrio empobrecido.

Pero, ¿realmente la cosa es tan diferente? Podemos animarnos a pensar que no, porque cuando se trata de noticias sobre jóvenes, la estigmatización no discrimina.

Hagamos un repaso mental, ¿cuándo es “noticiable” algo que ocurre a nuestros chicos y chicas? Cuando empuñan un arma o un automóvil a altísima velocidad, por ejemplo. ¿Cuándo salen en los noticieros las escuelas argentinas? Esas que educan, alimentan, que organizan olimpíadas de matemática y filosofía, que siembran huertas orgánicas, que organizan colectas en cada inundación. Cuando ocurren casos de abuso, o cuando se caen a pedazos o bien, y no me digan que no les suena: cuando hay una toma estudiantil.

Desde ya, nadie dice que esto no deba ser publicado en los medios. Pero sucede que es casi lo único que se narra. Un monitoreo realizado por la Defensoría del Público sobre 14.500 noticias de los canales de la Ciudad de Buenos Aires así lo demuestra: 2 de cada 3 noticias están vinculadas a temáticas policiales o de inseguridad. Del total, solo 87 tienen como fuentes a niños, niñas y adolescentes. Solo el 0,8% del tiempo de duración de las noticias estuvo dedicado a niñez y juventud[1].

La comunicación como un derecho

Las representaciones que construye cualquier relato no son objetivas ni inocuas, sino que organizan nuestra forma de entender la realidad, sencillamente, porque somos seres simbólicos que necesitamos historias para habitar el mundo. En el caso de los medios, esto es mucho más potente por lo masivo de su alcance.  El efecto, de tanto asociar a individuos de un grupo con una característica, es una significación social generalizante: “jóvenes=delincuencia y violencia”.

En este contexto, no hay diferencia que valga ser trazada. En la sociedad adultocéntrica que hemos sabido construir, todos los chicos están en franca desventaja porque sus voces no son escuchadas.

No ignoramos que los más humildes son los que peor la pasan y no vamos a dejar de gritar  que “ningún pibe nace chorro”. Pero entendemos que el problema central respecto de los medios y las infancias y juventudes, no se dirime en forma maniquea entre viseras vs. chombas de escuelas privadas (que, en la enorme mayoría de los casos, tampoco son sinónimo, ni de lejos, de supuestos “niños bien”, sino de hijos de trabajadores y trabajadoras que buscan una salida frente al abandono de las escuelas públicas).

Semejante simplificación no solo no explica nada sino que revictimiza a los jóvenes, exonerando a los adultos de mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos qué sociedad forjamos para que ciertas problemáticas atraviesen a nuestros niños y jóvenes. Esa es la pregunta central.

La comunicación es un derecho de los chicos y chicas. Así lo establecen la Convención sobre los Derechos del Niño; la Ley Nº 26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual.

Estos derechos incluyen que se proteja su imagen e intimidad (que se vulnera aun cuando se pixelan los rostros) y a que se escuchen sus voces, porque una comunicación verdaderamente democrática supone la participación activa de todos los actores sociales, entre ellos, los niños y jóvenes. Lo demás, es relato.

[1] “Monitoreo de programas Noticiosos de Canales de Aire de la Ciudad de Buenos Aires ¿Qué es noticia en los noticieros?”, Defensoría del Público 2014.

[i] Licenciada en Comunicación Social, Trabajadora No docente de la Universidad Nacional de Moreno y estudiante del Profesorado de Educación Primaria

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