América que sufre, América que resiste

Por Alejo Spinosa

Una de las frases que más se escucharon por estas horas fue que “nadie la vio venir”, resumiendo en pocas palabras la sorpresa generalizada por un golpe de Estado clásico, por más que algunos (varios) quieran negarlo. El que si la veía venir fue Evo Morales, que buscó primero una salida negociada llamando a elecciones y que luego renunció como un “llamado a la paz”, algo que hasta aquí no sucedió, más bien todo lo contrario.

La oposición fascista de Bolivia buscó darle un marco de institucionalidad con la autoproclamación (algo que parece estar poniéndose de moda en América Latina) como presidenta de Jeanine Añez, en carácter de vicepresidenta segunda del senado Boliviano. Claro, lo hizo sin los dos tercios necesarios de la Asamblea Legislativa que debían completarse con los legisladores del MAS, golpeados, perseguidos y exiliados, y con justificaciones legales para nada sólidas.

Y por si quedaban dudas de que Añez es solo una figura legal para justificar el golpe, a las pocas horas apareció sentada en junto con los uniformados que derrocaron al gobierno de Morales. Una de las características del golpe en Bolivia es la preponderancia de la religión, que actuó como  contenedora de la derecha Latinoamericana, impregnando un discurso fascista. Lo que antes era un discurso neoliberal puro, ahora tiene también características conservadoras.

Pasado y presente de los procesos populares

Sin dudas que el Golpe a Evo disparó todo tipo de análisis, incluso algunos considerados “de fondo”, que buscaban contextualizar lo sucedido. Sobre esto, podemos señalar: El desarrollo de los procesos populares en la región se intentó repensar con lo que entre 2015 y 2017 denominamos “vuelta del neoliberalismo”, algo sucedido porque Estados Unidos dejó de mirar a medio oriente y volvió a ocuparse de su “patio trasero”.

Así como esa “vuelta confirmada” del neoliberalismo a la región fue un análisis apresurado, también lo fue decir que la liberación de Lula y la victoria del peronismo constituyen el regreso de las “mejores épocas”. Estados Unidos no se iba a quedar quieto viendo como le comían sus peones en el sur del mundo, y decidió poner un pie en el acelerador. A lo ya mencionado en Argentina y Brasil, se suman las movilizaciones constantes en Chile y Ecuador.

Además, no fueron pocos los que sostuvieron que la liberación de Lula traía consigo un “pero” gigante de parte de Trump y compañía. No podían permitir cuatro años más de Evo en Bolivia. Aprovechando los malabares previos y actuales que hizo para mantenerse en el poder, la OEA y Estados Unidos fueron a tumbar al “indio”. Claro, todo terminó en un golpe de estado liso y llano, algo que quizás la OEA no preveía, pero que ni se molestó en condenar.

 En línea con esta discusión profunda, que se da en medio de tanto caos, también podemos mencionar una característica de los gobiernos populares en América Latina. Es difícil que una misma figura política gobierne muchos años, para ello debe buscar mecanismos legales dentro de una democracia liberal que, por más “peros” que le queramos poner, nunca va a favorecer a los procesos de inclusión social.

La cuestión de mantenerse en el poder va en línea con el problema de la sucesión de los líderes de estos procesos. En Venezuela, Maduro resiste por varios factores: Pero uno de ellos es el del apoyo de las Fuerzas Armadas. Aunque nadie duda en recalcar que el legado de Chávez no se asemeja al gobierno actual, pero siempre mejor tener el poder (o el gobierno) que no tenerlo. En Argentina el tema de la sucesión es un problema resuelto por CFK de manera coyuntural y con éxito en lo electoral. Pero el escenario para Alberto Fernández parece, como mínimo, difícil.

¿Y nosotros?

Si hablamos de Argentina, estamos obligados a hablar del complejo escenario que tendrá Alberto Fernández a partir del 10 de diciembre. No quedaban dudas sobre lo interno, sobre la situación argentina, pero ahora se suma un panorama internacional sumamente adverso.

Este momento solo puede ser definido como de incertidumbre total. Alberto está casi solo en el barrio (Sudamérica), y solo cuenta con un vecino a unos cuantos kilómetros, que es Andrés Manuel López Obrador, AMLO para los amigos. Y que hasta aquí no solo cumplió con la tradición mexicana de dar asilo político a los exiliados, sino que se mostró con declaraciones y gestos interesantes tanto en la situación boliviana como en la reunión que mantuvo con Alberto Fernández.

Y será México el foco del presidente electo para reconstruir los organismos internacionales desmantelados por los gobiernos neoliberales en los últimos años. El Grupo de Puebla puede ser un ejemplo. Pero la cuestión con el país Azteca no está fácil, por el tema comercial, y por el interés que tenga México para asumir un rol protagónico en Sudamérica, teniendo en cuenta su cercanía con Estados Unidos y la relación con Donald Trump

En resumen, Alberto Fernández está obligado a navegar entre aguas turbulentas y a jugar constantemente entre las alianzas necesarias, y los intereses de las mayorías populares que buscará representar. En definitiva, para lo que fue elegido como candidato y luego como Presidente, su habilidad principal: Negociar (léase: rosquear). Un acuerdo social, que bien podría llamarse “acuerdo nacional”, parece ser la mejor salida. Alberto llegó como moderado para los mercados y los grandes poderes, y terminó poniéndose al frente del asilo de Evo, y criticando fuertemente a Trump, luego de que este lo llamara para felicitarlo por su triunfo. Seguramente no esperaba tener que tomar este rol, pero la defensa de la democracia se lo pedía.

Con este momento, no queda otra cosa que mencionar la tristeza y la bronca de que predomina en mucho de los militantes del campo nacional y popular. Pero Evo no fue un Presidente más, atrás suyo hay movimientos sociales, sindicales, indígenas y un 47% de votos que lo legitiman. Se fue de Bolivia corriendo peligro su vida, pero también decidió renunciar porque esa era la manera de poder tener un futuro político que lo devuelva a su querida Bolivia. Ya lo dijo el también derrocado Álvaro García Linera. Para un revolucionario, el destino está en “luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida”.

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