Dos tapas, dos discos, un neoliberalismo, Dos minutos

Por Erica Ferreyra

LADO A: Valentín Alsina

Oda obrera en 15 temas. La tapa del disco recorta el puente de Valentín Alsina, en blanco y negro, los arcos, los balcones y un par de autos. Es una foto sacada desde un “acá” que demarca el “allá”, la meca laboral que el conurbano busca en Capital, escenario de un flujo de autos y colectivos que lo cruzan a diario para acceder al imaginario epicentro de los laburos estables, con jubilación y obra social. Pero la foto está sacada desde un “acá”, con los pies en el Sur y de frente a eso que no está: la Capital también es un ensueño de promesas sobre el bidet neoliberal. En 1994 nada es muy diferente, allá o acá. Sí, distinto. Y esa distinción es el anecdotario barrial de Valentín Alsina:

“Nosotros venimos de un barrio

de un barrio industrial

Tenemos algunos bares

con sus típicos borrachos

y algunos linyeras

pidiendo algo que morfar

Barrio Obrero, Valentín Alsina”

Es espacio abierto, esquina, cancha, pelea, banco de plaza, alguna gresca y fresca en la vereda. Sus letras son espacio también abierto por donde se filtran como puentes o túneles la Guerra de Malvinas en Amor suicida, microrelato del Horror que en un crescendo de simpleza narrativa se vuela “la cabeza por su muerto amor”, Novedades del neoliberalismo menemista: “Prendo la radio y lo único que escucho/ Fábricas cerradas, obreros sin empleo/ Compro los diarios y lo único que leo/ políticos de mierda/ cagando al mundo entero” y el (eterno) retorno obrero de Odio laburar que es a su vez el Homero de Viejas Locas:

“Hoy es un nuevo día y tengo que ir a laburar

Mi cara de cansado se refleja en la taza fría de café

A mí no me gusta trabajar/ pero tengo que ir igual

odio ir a laburar/ pero tengo que morfar””.

La tapa del disco es un puente que conecta la intimidad de la clase trabajadora y la resaca de la historia con el espacio abierto del barrio. Entonces desde ahí: “Todo lo miro, sentado en el bar, todo lo miro”. Un panóptico que captura un rato en el conurbano, un trote que no alcanza, la lancha que se avalancha y la “mala suerte que tengo yo, mala suerte que tenés vos”. En ese ser común se construyen redes de experiencias compartidas, la consolidación de una pertenencia de clase y el recorte implícito de un antagonista con el que se disputa territorio:

“Estás en el kiosko

tomando una cerveza

con el tiempo

seguís con la cerveza

A lo lejos se ve una patrulla

alguien grita: ¡Allá viene la yuta!”

El puente Alsina también tiene desvíos, el vendido que escapa del espacio abierto para entrar al encierro del ser vigilante “por las noches patrulla la ciudad/ molestando y levantando a los demás”, antagonista del panóptico barrial que todo lo ve sentado en el bar, está al acecho, pero “sabe muy bien que una bala, en la noche, en la calle, espera por él”. Se sostiene una voluntad de acción que sigue la máxima de no ser nunca “policía de provincia ni de Capital”.

LADO B: Amigos de lo ajeno

Siete temas. Ninguno de dos minutos. Todos covers. Una foto en blanco y negro es otra vez tapa. Esta vez la Casa Rosada. Una estética que explícitamente dialoga con Valentín Alsina como supo hacerlo Babasónicos en Miami y Jessico. En ambos diálogos sugeridos por las tapas y confirmados al interior de cada envase, el menemismo y el macrismo con Dos Minutos y el menemismo y el 2001 con Babasónicos se igualan, se confunden, se mimetizan en una rotunda equiparación: crudo neoliberalismo devastador.

El escenario de la Casa Rosada con el subtítulo ‘Amigos de lo ajeno’ demarca otro desvío: pertenecer a la casta de la delincuencia política. Si en Valentín Alsina el espacio abierto del barrio funciona como un anecdotario del Sururbano, una vez atravesado el puente de los años que siguieron al ’94, la tapa muestra un claustro. El encierro no es solo el de ser vigilante sino también delincuente político. Y la sustracción, el robo, el contrabando y el devenir del amor suicida en amoribundo son las temáticas que recorren los covers del disco.

La intimidad obrera compartida en Valentín Alsina deviene atomismo, un individualismo propio del recrudecimiento neoliberal que deshace las dinámicas de barrio, profundiza los desencuentros y tensiona la producción. Hacer covers, ser “amigos de lo ajeno” funciona como estrategia para denunciar que “Con hambre no se puede pensar”, no se puede escribir, no se puede producir. Se puede re-producir y esconderse detrás del “amor no me deja pensar” en la reversión de Contrabando de amor de los Fabulosos Cadillacs, pero la producción está cercenada o centrada en la productividad que habilita solo la subsistencia diaria. El cover Polly de Nirvana se resignifica bajo este sentido cuando “Polly tiene hambre/ le duele la espalda/ estaba cansada como yo”.

El nosotros en el barrio deviene atomización enclaustrada en una Casa Rosada donde “se roban todo”. La grieta política también se filtra en sutiles referencias como la del cover de Sumo: Banderitas y Globos. Síntesis gráfica del 2003 a esta parte.

“Nadie te ata a leer la novedad” pero los covers leídos como la imposibilidad de producir fuera de los límites de la subsistencia son un manifiesto de agobio. En El siglo, de Badiou, se lee: “El problema es, una vez más, la cuestión del tiempo. El manifiesto es la reconstrucción, en un futuro indeterminado, de aquello que, por ser del orden del acto, de la fulguración fugaz del instante, no se deja nombrar en presente” Ese “futuro ya llegó / Llegó como vos no lo esperabas” y el menemismo fue antesala. El lado B que expone la improductividad enmascarada en covers es la contracara del lado A, más bien consecuencia claramente previsible, anticipada ya en Valentín Alsina y en todo barrio con Barricada, donde se percibía el avance de los límites en la ilusoria política liberal:

“Barricada policial

hay que enfrentar

barricada policial

hay que traspasar

barricada policial”

En la Revista Meta de noviembre del 2017, Dudú de Sin Ley sentencia: “Por suerte el mensaje político fue desapareciendo del punk” a lo que Dos minutos, amigos de lo ajeno, en la reversión de covers y falso naif y con una discursividad que se resignifica políticamente responden una vez más: “Qué mala suerte que tenés vos”

” máQuuerte que tenés vos”

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