Mujeres y la política internacional

Por Santiago Salve

 

La igualdad de género es una cuestión de poder. La violencia de género, la más despreciable manifestación de poder que ejercen muchos hombres sobre las mujeres, afecta al 35% de las mujeres en todo el mundo. Al establecer el concepto de igualdad de derechos de mujeres y hombres, el feminismo cuestiona las estructuras mismas del poder. La revolución feminista acudiría, de este modo, a una superación del sistema patriarcal y a una nueva e inquebrantable redistribución del poder, la única manera para lograr la equidad.

En este segundo decenio del siglo XXI, y gracias a las grandes luchas del movimiento feminista internacional, se comenzó a instalar un cierto sentido de necesidad: la idea de que el ritmo actual de los progresos en materia de igualdad no es tolerable, ni es ineludible. El desplazamiento de las mujeres, en toda su diversidad, parece no detenerse. Sin embargo, y si bien hay componentes que trazan el cambio que está en marcha, los últimos datos marcan un retroceso en los derechos y libertades de las mujeres.

Ir hacia adelante, y hacerlo de forma rápida, no sólo exige aplicar la perspectiva de género al ámbito de las políticas públicas nacionales, sino también al de las relaciones internacionales y a la política y las acciones exteriores. Relaciones Internacionales feministas, en la senda marcada por Noruega, ayudaría a luchar contra la subordinación de las mujeres; a seguir avanzando en su interpretación sustantiva, de manera que la propensión política de las mujeres se integre en la composición de la política exterior; a poner en dudas las jerarquías de poder que han condicionado, y condicionan, las instituciones internacionales y a plantear y redefinir su composición.

Se trata de liderar con el ejemplo, designando a más mujeres en lugares significativos; de dar a la igualdad de género principal atención y recursos en la política de cooperación; de redefinir la propia política internacional para aplicar una lógica de género, situando la igualdad como un verdadero objetivo táctico en el plano mundial. Un grupo de Estados aliados comprometido con una política exterior representativa puede marcar un camino en relación con la igualdad de las personas.

La integración de las mujeres, y de sus percepciones del mundo, en la conformación de la política exterior y de la política global sigue pendiente. Sin la intervención significativa de las mujeres no es posible prevenir eficazmente los conflictos, ni construir y consolidar la paz y la seguridad. Su participación en el mercado de trabajo es también esencial en la ecuación del crecimiento global, no sólo en las economías en desarrollo. Su inclusión podría generar, según diferentes estudios, un aumento del PIB mundial que podría llegar al 11% en una década.

Para todo eso es de vital importancia vencer la identificación del liderazgo como algo únicamente masculino; aumentar los referentes de mujeres en la política, la economía y la sociedad; eliminar la brecha salarial mundial, que alcanza el 23%; eliminar la violencia de género; o redistribuir equitativamente el tiempo que mujeres y hombres dedican a las tareas domésticas y de cuidados. Todos esos cambios estructurales que tienen que ver con el poder y con la representación de estereotipos de género que establecen los roles que mujeres y hombres deben desempeñar en el espacio público.

Con el ímpetu militante del colectivo feminista y de las organizaciones de mujeres, la idea de género se ha ido acoplando en el pensamiento del sistema multilateral de la ONU. La aprobación histórica de la resolución 1325 del Consejo de Seguridad, hace casi 20 años, establece el impacto distinto del conflicto en las mujeres, así como su papel fundamental en el logro y la consolidación de la paz y la seguridad global. La agenda de gobernanza global de los objetivos de desarrollo sostenible, suscrita por el total de los 193 países que componen la organización, sitúa a la igualdad de género como un objetivo específico a alcanzar en 2030, así como su carácter transversal.

La escasez de miradas de las mujeres en la esfera mundial, en la construcción de la política exterior o en la diplomacia clásica, ha sido permanente. Una realidad constante que perdura hasta hoy, cuando sólo el 10% de los jefes de Estado de todo el mundo, apenas el 18% de los cargos ministeriales, o un 23% de los parlamentarios son mujeres.

En un momento en el que, junto al paradigma liberal, vuelve con fuerza el análisis realista de las relaciones internacionales, basado en el juego de suma cero entre intereses nacionales de los Estados-nación, el feminismo, con claves distintas con las que interpretar la realidad, contribuye a promover los valores que un país quiere proyectar al mundo, fortaleciendo así su perfil en el escenario internacional y una mejor consecución de los intereses compartidos de su sociedad.

Frente a los machos violentos que inician guerras asimétricas y disminuyen los derechos y libertades de las mujeres, ellas siguen sumando voluntades, construyendo redes globales, ideando estrategias para la prevención de los conflictos y lograr la paz en el mundo.

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