La economía popular: Un sector estratégico

Por José Carlos Ortiz* y Damián Arias**

 

En uno de los artículos publicados con anterioridad hablamos de la debacle del trabajo asalariado en el mundo, y del caso argentino en particular. Cada vez son menos los trabajadores que pueden acceder a convertirse en asalariados plenos. Muchos son los que se inclinan a realizar trabajos por cuenta propia o empleos part time temporales. Tenemos muchos jóvenes educados pero desempleados (sobre todo universitarios) al igual que adultos mayores de cincuenta. Este fenómeno viene siendo observado por los economistas desde los años 70´.

Con la dictadura militar comenzó un período de represión política y miseria planificada. Fueron tres los objetivos que propiciaron el golpe: la lucha contra la subversión, restaurar la moral perdida del país, e implementar las ideas económicas de los Chicago Boys. Dos de los sectores que sufrieron la embestida de este plan económico-político fueron la clase trabajadora y los estudiantes. La primera, víctima del desempleo como consecuencia del cierre de fábricas propiciado por el abandono del proceso de industrialización por sustitución de importaciones (ISI), también debió padecer la desaparición de varios líderes sindicales considerados subversivos. Los estudiantes de todo el país no solo debieron presenciar la intervención y el cierre de varias universidades, sino que también fueron víctimas de la represión, la desaparición forzada y el robo de bebés.

En los años 90 se profundizó aún más el modelo neoliberal y nuevamente los sectores que más sufrieron fueron el trabajo y la educación. La tasa de desempleo alcanzó su punto máximo con una cifra del 21,5 % como resultado del proceso de privatizaciones, la reducción del empleo público, los retiros voluntarios y las jubilaciones anticipadas, entre otras. Por su parte la educación fue sometida a dos cambios fundamentales, el primero tuvo que ver con la descentralización, que significó el traspaso de la administración de la órbita nacional a las órbitas provinciales y municipales de los niveles secundario, terciario, educación especial y adultos. El segundo cambio tuvo lugar con la aplicación de la Ley Federal de Educación de 1993, que entre otras cosas introdujo el polimodal, lo que implicó según Silvina Gvirtz que “el acceso a diversos campos del saber, como biología y matemática, quedaron relegados. Y se desdibujó la relación del estudiantado con el mundo laboral”.

Con la crisis del 2001 el desempleo y la pobreza alcanzaron récords sin precedentes, lo que posibilitó la emergencia de nuevos movimientos sociales como Barrios de Pie, conformado por desocupados que debieron organizarse para denunciar la precariedad, el hambre y demandar trabajo al Estado. “Los desocupados demostraron que no eran ‘vagos’ sino trabajadores sin trabajo para los cuales no había otra posibilidad que organizarse” (Rudnik, 2012; pág. 19)

Otro de los fenómenos que emergieron luego de la crisis fueron las “fábricas recuperadas”, hecho único en Latinoamérica que suscitó el interés de varios investigadores de todo el mundo. Las empresas recuperadas “son unidades económicas que alguna vez fueron empresas capitalistas pero que, después de su quiebra o vaciamiento, los trabajadores lograron recuperar y poner a producir bajo forma cooperativa” (Grabois y Pérsico, 2015, pág. 41) Un ejemplo es la Cooperativa Unidos por el Calzado (CUC) de San Martín o la fábrica de baldosas de cerámica Zanón FaSinPat (Fábrica Sin Patrones) en Neuquén.

Los nuevos movimientos de desocupados, las fábricas recuperadas y la emergencia de emprendedores y/o cuentapropistas se irán nucleando en lo que se conoce como economía popular. ¿Pero qué es la economía popular? ¿Qué actores la integran? ¿Por qué es un sector que crece cada vez más?

Una definición sobre la economía popular

Es aquel sector de la economía mixta[1] que tiene como unidad funcional a las unidades domésticas, es decir la producción de los trabajadores para el autoconsumo o la venta, no con la finalidad de acumular capital sino con la intención de lograr la reproducción ampliada de la vida de todos sus miembros. En palabras de José Luis Coraggio está integrada por “los individuos o grupos  domésticos que dependen para su reproducción de la  realización de su fondo de trabajo” (2002)

¿Qué es una unidad doméstica (UD)? Pues bien:

Es un grupo de individuos, vinculados  de manera sostenida, que son -de hecho o de  derecho – solidaria y cotidianamente responsables  de la obtención (mediante su trabajo presente o  mediante transferencias o donaciones de bienes, servicios o dinero) y distribución de las  condiciones materiales necesarias para la  reproducción inmediata de todos sus miembros  (Coraggio, 2010, 10).

Ejemplos de economía popular pueden ser las redes de trueque, emprendimientos familiares, mutuales, agricultura familiar, trabajo doméstico y de cuidado etc. Dentro de una Unidad doméstica extendida (emprendimientos, cooperativas) puede existir trabajo asalariado y no necesariamente los lazos deben ser entre familiares directos.

En síntesis, la economía popular es la economía de las y los trabajadores, de quienes para vivir necesitan trabajar, muchos de ellos han sido excluidos del sistema, es decir que no pudieron acceder al mercado laboral como asalariados plenos. Por eso tuvieron que recurrir a la realización de diversas actividades, tanto para el autoconsumo como para la venta, para poder sobrevivir.

La economía popular se caracteriza por tener muy poco capital constante (maquinarias y/o herramientas) poca tecnología, baja productividad, informalidad en el intercambio (trueque) y condiciones precarias de trabajo (por ejemplo talleres clandestinos de explotación laboral) (Grabois y Pérsico, 2015, pág. 41)

¿Economía popular o economía informal?

Muchas veces desde los medios de comunicación y algunos sectores del gobierno y la ciudadanía se asocia a la economía popular con la “informalidad”, con el trabajo “en negro” o precario, en contraposición al trabajo asalariado considerado “formal”. Cuando se habla del crecimiento del trabajo informal se lo asocia a algo negativo, como sinónimo de crisis social. Cada vez que la gente se inclina hacia la economía popular la primera respuesta es tratar de incorporarlos como asalariados plenos.

Existe la visión dominante de encuadrarlas en el esquema de la informalidad, que enfatiza una economía realizada por personas pobres que desarrollan actividades desorganizadas, por fuera de los marcos legales. A partir de ello, toda una serie de conceptos y premisas se encadenan y deben criticarse: la informalidad como sinónimo de ilegalidad y las así llamadas economías de subsistencia como sinónimo de pobreza. Leídas en esta clave, estas economías en vez de estar ligadas con la crisis, funcionan como un factor de estabilización: es decir, contribuyen a la gestión de lo que se considera “poblaciones sobrantes” para los mercados laborales, convirtiéndolas en economías de mansedumbre, estructuradas a modo de dispositivos de control social en territorios que no se terminan de dignificar como espacios productivos (Gago, Cielo, & Gachet, 2018, pág. 12)

Es necesario comprender que muchos de los integrantes de la economía popular fueron expulsados del mercado laboral luego de la crisis del 2001, otras personas en cambio nunca han ingresado. Actualmente tenemos segunda y tercera generación de personas sin haber pasado por la experiencia del empleo formal en el mercado de trabajo, es así como existen por ejemplo varias generaciones de vendedores ambulantes, artesanos o cartoneros.

Nos manejamos con un esquema mental muchas veces eurocéntrico, capitalista y desarrollista que nos impide ver que en Latinoamérica nunca se dio ni se va a dar el modelo de desarrollo pleno de los mercados como organizador social, que pudo en parte darse a fuerza de fuego, de despojo y sangre en los países llamados centrales o “desarrollados”. Somos un pueblo que aún cree en la industrialización capitalista como motor del desarrollo, y en la mano de obra asalariada como el único empleo genuino capaz de  llevar adelante dicho proceso.

Siguiendo las ideas de Karl Polanyi los mercados fueron una propuesta para superar la violencia y las muertes que ocasionan las guerras, se consensuó en un momento de la historia que los mercados autorregulados garantizaban la paz,  pero se cometió el error de desencastrar el mercado de trabajo de la sociedad, pasando de ser sociedades con mercado a sociedades de mercado. Este fenómeno de desencastrar a las personas de la vida social “el trabajo” complejizó la reproducción social, la reproducción de la vida de las personas y de las comunidades.

Como decíamos en el párrafo anterior el despojo al que los seres humanos son sometidos al desplazarlos de las tierras, al mercantilizar su fuerza de trabajo, impide que puedan lograr su sustento en comunidad, en relaciones de reciprocidad[2], sólo pueden resolver sus necesidades a través de la venta de su fuerza de trabajo en el mercado, se lo fuerza a pensar de modo instrumental, materialista e individualista. Reduciendo al ser humano a ser parte de un pequeño engranaje descartable en la maquinaria de maximización de la ganancia del capital.

Al mercantilizar el trabajo y tomarlo como mercancía termina obligando a las personas a vender su fuerza de trabajo para poder vivir, generando competencia entre ellas. Si las personas no se cualifican no pueden acceder a puestos laborales que les permitan su sustento y mucho menos lograr el ascenso social, pensando como ascenso social a la posibilidad no solo de poder alimentarse cuatros veces al día, si no de acceder a la salud, a la educación, a la recreación, a tener un pasatiempo más allá del trabajo o tiempo para la vida social, familiar, cultural, política y/o religiosa si fuera el caso.

Si el estado no invierte en educación para garantizar que los trabajadores accedan a ella de forma pública y gratuita estos no tienen posibilidades de inserción al mercado de trabajo, y en nuestras sociedades la forma de integración social es el trabajo.

En palabras de Polanyi “puesto que ninguna agrupación humana puede sobrevivir sin un aparato  productivo que funcione, su integración como una esfera separada y distintas tuvo como consecuencia obligar al resto de la sociedad a depender de dicha esfera” (1947, p.296). Es decir, la economía del mercado modificó la sociedad convirtiéndola en una sociedad de mercado, desde allí el sistema económico controlaría a los seres humanos y a los recursos de la naturaleza.

Los otros llamados factores de la producción[3] de la economía clásica como “la tierra”, que es mucho más que un simple pedazo de suelo, es biodiversidad, es ecosistema. Muchas veces es el cementerio de una comunidad, son los ancestros, es cultura, es territorio, hay entes dependiendo desde dónde y qué cultura se la mire.

Estos factores de la producción tratados como mercancías que no lo son, porque no fueron creados para el intercambio, la tierra, la naturaleza no la creo el hombre, son miles de años de evolución de la vida: ¿cuál es el precio de esa biodiversidad? ¿Cómo se cuantifica un lugar ancestral y sagrado como una montaña? ¿dónde quedan los derechos humanos y de las colectividades? ¿los derechos indígenas?

El dinero que debería ser un bien que simplemente permite el intercambio, una unidad de medida para garantizar el proceso de circulación de bienes y servicios, muy superior y mucho mejor que el trueque, evita que tengamos que llevar y encontrar el mismo producto que necesitamos y es más fácil para ponerse de acuerdo. El dinero pierde su esencia social y se utiliza como acumulación de valor y para generar más dinero con el simple hecho de prestar y cobrar un interés. Es la única “mercancía” Ficticia dirían los economistas sustantivos, que se multiplica a sí misma exponencialmente.

Es necesario salir de las ficciones y entrar al mundo real  histórico, social, cultural, natural, y humano. Es vital, salirse de fórmulas complejas que fundamentan mitos, como la mano invisible, el mercader de Venecia, o la teoría de los juegos. Mitos que plantean la idea de un ser humano competitivo e individualista, que toma decisiones con la finalidad de maximizar los beneficios a bajo costo. (homo economicus)

En síntesis, la economía popular suele estar asociada a la economía de los pobres, al sector informal, a las actividades ilegales (venta ambulante o “changas”) mientras que el trabajo asalariado en relación de dependencia está relacionado con lo legal (obra social, aportes jubilatorios, aguinaldo, vacaciones pagas, derecho a huelga y a sindicalizarse), al empleo “genuino”. “Materialmente no es la economía de los pobres para los pobres, pero sí de quienes dependen de realizar su trabajo actual o pasado para sostener un modo de vida” (Coraggio J. L., 2019, pág. 3)

Políticas públicas y economía popular

Está instalado tanto en los gobiernos como en la subjetividad del ciudadano que una buena política pública generadora de empleo consiste en el hecho de atraer inversiones extranjeras, es decir, que las empresas multinacionales deberían ser las que se instalen en el país, contraten mano de obra y comiencen a producir. Otros sin embargo apuntan a que debería fortalecerse a las PyMES mejorando su acceso a créditos u otorgando subsidios estatales, o incluso muchos se atreven a mencionar la creación de clusters industriales en zonas estratégicas del país.

Si bien todo esto es cierto y hasta necesario, a veces poco se piensa en el fomento y/o apoyo a la creación de monedas locales, bancos comunales, micro y mesocréditos para emprendimientos familiares, la promoción de redes de emprendedores a nivel micro y meso (siendo que estos son los que realmente terminan motorizando la Economía Local al hacer girar productos locales y el dinero dentro del mismo sistema generando valor) mejorando la vida en esas comunidades, los lazos, no sólo de intercambios mercantiles. Es importante que el Estado encare esta tarea dándole el apoyo necesario a través de este tipo de medidas.

La economía popular ha demostrado ser no solo fuente de empleo sino que también ha permitido reforzar lazos solidarios entre sus miembros y su comunidades, tal como lo ha demostrado la cooperativa correntina Ibira Pita quienes se pusieron a fabricar barbijos para donarlos a distintos centros de salud de la provincia, como por ejemplo el Hospital de Niños “Juan Pablo II”.

En este artículo buscamos dar a conocer que la economía popular no se trata de una “fantasía socialista” sino de una realidad que nos toca vivir muy de cerca, que nos dice que son varias las generaciones que han quedado fuera del mercado de trabajo asalariado y que deben recurrir a la realización de varias tareas para lograr tener un ingreso. Muchas de esas actividades son por cuenta propia (vendedores ambulantes, manteros, changarines) cooperativas (fábrica recuperadas) familiares (agricultura familiar) o comunitarias (talleres textiles)

Bibliografía

 

Coraggio, J. L. (1999). Capítulo III. Economía popular y economía del trabajo. En J. L. Coraggio, Política social y economía del trabajo (págs. 127-160). Buenos Aires/Madrid: Miño y Dávila Editores.

Coraggio, J. L. (2009). Polanyi y la economía social y solidaria en América Latina. En J. L. Coraggio, ¿Qué es lo económico? Materiales para un debate necesario contra el fatalismo (págs. 63-98). Buenos Aires: CICCUS.

Coraggio, J. L. (2011). VIII. Principios, instituciones y prácticas de la economía social y solidaria. En J. L. Coragio, Economía Social y Solidaria. El Trabajo antes que el Capital (págs. 345-371). Quito: Abya Yala.

Coraggio, J. L. (2016). La Economía Social y Solidaria (ESS): Niveles y alcances de acción de sus actores. El papel de las universidades. En C. Puig, Economía Social y Solidaria: conceptos, prácticas y políticas públicas (págs. 17-39). Bilbao: UPV/EHU.

Coraggio, J. L. (2016). Movimientos sociales y economía. En J. L. Coraggio, Economía social y solidaria en movimiento (págs. 15-35). Los Polvorines, Buenos Aires, Argentina: Ediciones UNGS.

Coraggio, J. L. (2018). Potenciar la economía popular solidaria: una respuesta al neoliberalismo. Otra Economía, 4-18.

Corbalán, M. A. (2002). El Banco Mundial. Intervención y disciplinamiento. Buenos Aires: Editorial Biblos.

Grabois, J., & Pérsico, E. (2015). Nuestra realidad. En J. Grabois, & E. Pérsico, Trabajo y organización en la economía popular (págs. 9-60). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CTEP – Asociación Civil de los Trabajadores de la Economía Popular.

Polanyi, K. (2012). El lugar de las economías en las sociedades (1957). En K. Polanyi, Textos escogidos (págs. 83-86). Los Polvorines: UNGS/CLACSO.

Polanyi, K. (2012). La economía como proceso instituido (1957). En K. Polanyi, Textos escogidos (págs. 87-112). Los Polvorines: UNGS/CLACSO.

Polanyi, K. (2017). La gran transformación: Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. México: Fondo de Cultura Económica.

Rudnik, I. Y. (2012). ¿Por qué no van a trabajar? 10 años de lucha por trabajo digno y contra la pobreza en la Argentina. Buenos Aires: Nuestra América.

[1] Sistema económico compuesto por tres sectores, el público, el privado y la economía popular. El primero tiene como unidad funcional  al Estado, el segundo a la empresa privada y el último a las unidades domésticas.

[2] Dar, recibir y devolver

[3]  Tierra, Capital y trabajo

 

 

 

 

 

*Licenciado en Ciencia política (UNLaM) Actualmente cursando la Maestría en Economía Social en la Universidad Nacional de General Sarmiento.

**Técnico Universitario en Economía Social y Solidaria (UNQ) Actualmente cursando la Maestría en Economía Social en la Universidad Nacional de General Sarmiento.

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