Hacia una redefinición definitiva del primer mundo

Por Federico Rodríguez Lemos[1]

Caído el muro de Berlín a fines de los ochenta, el orden político mundial terminó de redefinirse una vez más. En ese momento, se vaticinó impunemente el fin de la historia, pero ella decidió como siempre encontrar nuevos cauces para poder alterarlo todo. La prueba incontrastable es que este siglo XXI nos deparó dos acontecimientos de impacto mundial: el atentado a las torres gemelas en 2001 y la pandemia del coronavirus que nos afecta a escala global en la actualidad. Este último hecho, sin dudas, transformará la economía mundial y quizá nos ayude a problematizar sobre algunas de las categorías que se han mantenido desde el fin de la guerra fría.

¿Es posible definir a este nuevo mundo con nociones del pasado? La respuesta es un contundente y absoluto NO. Las consecuencias económico-sociales de la pandemia originada en Wuhan (China) aún no han sido calculadas con total claridad y es por eso que estamos obligados a razonar sobre terrenos fangosos y a la vez replantearnos ciertos conceptos arraigados en los análisis políticos y en nuestra propia cotidianeidad. ¿Se puede unir el ideario de un país de “primer mundo” con las políticas desarrolladas en algunos países centrales para combatir al coronavirus?

Antes que nada, para entender los conceptos contrapuestos de Primer y Tercer Mundo, debemos hacer un poco de historia. El concepto Tercer Mundo fue creado por el demógrafo francés Alfred Sauvy en los cincuenta para denominar a los países que no estaban alineados con los Estados Unidos ni con la Unión Soviética, potencias que representaban al primer y al segundo mundo, respectivamente según esa visión.

Tras la caída de la URSS, los términos se resignificaron y al Primer Mundo lo pasaron a integrar las potencias económicas desarrolladas, mientras que el Tercer Mundo era sinónimo de naciones emergentes con alto crecimiento económico, pero con baja renta per cápita y de países sub desarrollados.

Luego, durante estas primeras décadas del nuevo siglo, se empezó a poner el foco sobre las condiciones de vida en las sociedades primermundistas y distaban mucho de ser elevadas. A partir de allí, poco a poco se fue derrumbando el estereotipo común de los países centrales occidentales debido a que además, países de la Europa nórdica (Noruega, Finlandia, Islandia, entre otros) u Oceanía (Australia y Nueva Zelanda) fueron ganando terreno con su renovado y eficaz modelo de estado de bienestar siendo vanguardia en terrenos como salud y educación.

Algo es cierto en esta incertidumbre general y es que el Coronavirus ha venido a atacar a países desarrollados y en vías de desarrollo por igual. La diferencia crucial reside en como cada país le ha hecho frente, de acuerdo a sus recursos y a sus prioridades estratégicas. Algunas naciones catalogadas como de Primer Mundo (Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo), han tomado una postura de inacción hasta el grotesco. La pandemia obligó a sus líderes a tomar medidas drásticas y aun así, no pudieron evitar no solo graves consecuencias para sus ciudadanos, sino también se empieza a ver un grave deterioro en sus economías y como consecuencia, ese daño está alcanzando a sus respectivos liderazgos.

El mismo Donald Trump, que tenía hace pocas semanas el camino allanado para su reelección, hoy está en jaque. La baja tasa de desempleo que era su principal capital político en estos momentos se está haciendo añicos. La falta de trabajo registrado pasó del 3,5% a un 4,4% de un mes a otro, lo que representa la peor crisis de empleo desde hace más de cuatro décadas en la primera economía mundial.

Además, claro está, su desempeño ante la crisis sanitaria es cuestionado por propios y ajenos. Y si hablamos de malos desempeños, es inevitable no mencionar al paradigmático caso de Boris Johnson, quien hace tres semanas abogaba por la libre circulación para no detener la economía y hoy no solamente está luchando contra la pandemia en terapia intensiva, sino que el Reino Unido puede ser en breve el país con más víctimas fatales de todo el viejo continente.

El Covid-19 está produciendo además, un efecto colateral impensado hace poco tiempo en los países de corte neoliberal como es el pedido de intervención estatal. Aún a costa de convicciones propias, muchos líderes de naciones fuertes debieron reconocer que las leyes de mercado no deben alcanzar ciertos bienes y servicios. ¿O acaso alguien imagino a Emmanuel Macrón dirigiéndose al pueblo francés con estas palabras hace apenas cuatro meses, sin la presencia mortífera del virus?

Este contexto ayudará a repensar las vetustas categorizaciones del siglo pasado o se deberá recurrir a otro tipo de terminología para definir a las economías en el nuevo escenario internacional.

En ese escenario, las preguntas surgen y se amplían: ¿Cómo se podrá denominar a los países que sacrifican a compatriotas en pos de no desacelerar la economía? ¿De qué forma se denominarán a aquellos países que relegan y relegarán parte de sus economías por el interés sanitario de su población como por ejemplo, el cuidado medioambiental? ¿Basta con un buen promedio del PBI por habitante para entrar a un selecto nicho primermundista? ¿O quizá haga falta poner énfasis en niveles de equidad humanitarios y de redistribución real? ¿Bastará con criticar a los Johnson y a los Trump? ¿O no será el sistema de medidas generales el que debe releerse y modificarse?

[1] Lic. en Comunicación Social – Periodista.

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