El Cuarentenismo

Por Patricio Ese

Desde la teoría marxista clásica siempre se ha puesto el acento en la estructura económica por sobre todas las demás instituciones y organizaciones de una sociedad. La vulgata de los escritos del filósofo alemán nos dice que, si no se cambia la estructura económica, no cambiará la superestructura que la legitima y la convalida. La estructura económica determina y refleja una superestructura amplísima que va desde el sistema político, la escuela, la cárcel, el ejército, los medios de comunicación, las expresiones artísticas, el lenguaje y siguen las firmas.

Por esa razón, desde una mirada marxista dura, es insuficiente e incluso estéril modificar leyes, intervenir medios de comunicación, reformar las Fuerzas Armadas o hacer obras de teatro de protesta sobre el sufrimiento de los excluidos. ¿Por qué? Porque nada de eso repercutirá en lo que realmente le da sentido a todas las injustas condiciones de existencia de millones de personas: la estructura económica, esto es, el modo de producción de los bienes y servicios.

Este esquema, muy bestialmente resumido en estas líneas, siempre ha traído dolores de cabeza para pensadores, artistas, políticos y militares, porque los deja en una posición incómoda. Ninguna lucha que hagan ellos logrará grandes avances o mejoras sustanciales, porque estarán rascando la superestructura sin ningún impacto en el corazón que garantiza la explotación y las injusticias humanas.

No hay ningún secreto en decir que esa estructura económica tiene un nombre en la actualidad: Capitalismo.

Pero, además, al analizar la estructura económica, Marx rastrea los diferentes formatos que han tenido estos modos de producción. Si bien la estructura económica nos engaña, mostrándose como que ha sido siempre igual y que lo seguirá siendo por los siglos de los siglos, amén, lo cierto es que ha variado a lo largo del tiempo.

La historización que propone el marxismo clásico parte de un recorte sobre el mundo occidental, modo hoy hegemónico que se ha impuesto globalmente. Y, también, hace algo más que solo advertir sus variaciones en el tiempo. Va a decir que toda estructura económica, todo sistema económico a escala mundial, aka capitalismo neoliberal y transnacional, si se prefiere hoy en día, tiene una piedra fundamental.

Esa piedra fundamental es el corazón de todo nuestro mundo. Su importancia es tan imprescindible que la vuelve el talón de Aquiles. Poner en jaque esa piedra es hacer colapsar en un solo movimiento la estructura económica en su conjunto y, junto a ella, la superestructura, el cúmulo de todas las instituciones y organizaciones. Por lo cual, preservar este valor es el objetivo número 1 de todo el sistema. Nadie puede cuestionarlo o, aunque lo cuestione, nadie puede osar jaquearlo.

En la Antigüedad Clásica, esta piedra fundamental eran los esclavos y la estructura económica era el sistema esclavista. Este sistema se rastrea en diversos imperios y naciones de la Edad del Bronce y del Hierro. Egipto, Cartago, Persia, las polis griegas… hasta la Roma Imperial. Recuerden, no importa si hay rey o asamblea de ciudadanos, si adoramos el culto de Ra o el monoteísmo hebreo, porque son solo la superestructura: la estructura se mantiene inalterable de nación en nación.

Con los legionarios romanos dominando el mundo antiguo, el sistema esclavista llegó a su clímax. La producción de bienes y servicios se basa en los esclavos. La producción dependía de un insumo elemental: ingentes cantidades de esclavos que había que reponer porque, oh desgracia, se morían. Este sistema económico, entonces, requería de una expansión sistemática como motor principal para abastecer de más y más esclavos una producción de bienes y servicios creciente.

Cuando la expansión romana encontró límites y se desaceleró, el sistema esclavista se vio jaqueado y fue la grieta que comenzó horadar lentamente su fuerza hasta extinguirlo por completo. Siempre, desde la teoría de la estructura económica. Sin conquistas, los esclavos se volvieron un bien escaso y entra en crisis el modo de producción basado en ellos.

Así, se abre el feudalismo. Un sistema completamente diferente. La estructura económica ya no necesita esclavos, porque se basa en otro elemento: atarse a la tierra. El siervo debe someterse a su señor feudal y punto. Nadie puede poner en discusión eso, porque, al suceder, el sistema feudal entraría en crisis.

Así, el feudo requería una sociedad estática en la cual el siervo estuviera atado a la tierra como fuente de riqueza y dador de la organización sobre la que clero y nobleza acumulaban su poder. Cuando empezó la expansión del comercio a gran escala (junto con la usura, la especulación y la banca) y la producción industrial (riqueza por fuera de la renta agraria exclusivamente) en manos de una clase nueva que no estaba condicionada a esa estructura, el feudalismo entró en su declive y explotó ante la posibilidad de que las personas ya no deba estar atadas a la tierra para producir bienes y servicios.

El capitalismo, nuestro orden económico global (no importa si es imperialista, financiero, neoliberal, humanista o con sensibilidad social), tiene también su piedra fundamental: la circulación bajo el eufemismo de la libertad.

La circulación de personas, de bienes, de capitales, el tránsito irrestricto, el libre acceso, etcétera. Todo eso se pone en jaque en situaciones excepcionales como guerras o catástrofes. Pero ni las guerras o catástrofes son globales al punto de afectar todos los continentes a la vez logrando que cada país deba mirarse para adentro.

En una guerra, por dar un ejemplo, suspender alquileres es casi una medida ineludible. ¿Qué pasa en las guerras? Todo se vuelve más rígido. Incluso, con el virus entre nosotros, existe peligro si el Congreso se reúne para aprobar leyes por más urgentes que sean.

Además, todos estamos a disposición de las necesidades del bienestar general que es determinado por la autoridad que comanda la guerra. ¿Qué más sucede en guerras? Se debilita el abastecimiento y hay que orientar la industria a los productos clave para sostener esa guerra. ¿Qué más sucede? Hay resistencias y entonces hay que organizar fuerzas que supriman y controlen esa resistencia.

Bueno, esta es una guerra total pero sin violencia. O, por lo menos, sin la violencia clásica. Una guerra naif, el eufemismo de una guerra, pero mucho más compleja porque la sencilla razón de que todos los países están dentro de ella.

¿Hasta cuándo el mundo estará en cuarentena o dentro de esta guerra? Es la pregunta que inquieta no solo a las personas encerradas en sus casas. Inquieta a la estructura económica global porque esta estructura no soporta que estemos encerrados en nuestras casas. Nada de nuestra realidad está construida y sostenida basada en quedarnos encerrados indefinidamente.

Que esta situación de cuarentena se extienda en el tiempo y a una escala general a lo largo del globo implica pegarle a la línea de flotación del capitalismo. Con esto, nadie se aventura a decir que el capitalismo murió. Pero, es evidente que el coronavirus ha logrado hacer tambalear supuestos inalterables durante mucho tiempo. Por eso, este enemigo invisible va más allá de nuestra pequeña vida personal, del barrio que habitamos, de la ciudad que consideramos nuestra o del país del que somos ciudadanos.

Esto es entrar a algo nuevo. Ni mejor, ni peor: algo nuevo donde habrá que reformular hábitos, formas, organizaciones y proyectos. No sólo se reformulará la relación entre la Unión Europea y sus Estados Miembro. Hablo de repensar también aspectos insignificantes de nuestra vida cotidiana: las actividades de ocio, las formas de vincularnos con los demás, el sexo, la forma de celebrar cumpleaños, las carreras universitarias y hasta los horarios de sacar a pasear al perro.

Esto no es algo catastrófico por sí mismo. Ni todo debe suceder ya. Pero, sepamos que todo se puso en tensión. Algunas cosas persistirán, otras no. Algunas se adaptarán y otras serán negociadas. Pero ninguna se escapará. Ninguna será indiferente. La cuarentena persistirá en nosotros y no necesariamente porque un gobierno la imponga eternamente. Tampoco porque debamos cada invierno guardarnos en casa por dos meses. Sino porque, con aislamiento obligatorio o sin él, el cuarentenismo llegó para quedarse.

¿El coronavirus nos traerá un mundo nuevo de intervención estatal, direccionamiento de empresas, concentración de la distribución de alimentos, mayores controles para transitar, mayores controles de precios y de producción y más presencia policial y militar? ¿Nos olvidaremos de las grandes manifestaciones pidiendo más derechos y toda protesta será virtual con hackers y ciberataques?

Si bien el coronavirus se elimina con agua y jabón, las inquietantes consecuencias de la cuarentena no se borrarán con alcohol en gel, por lo que un buen plan es preparar nuestra mente para muchos posibles cambios, tanto sutiles como grandes, sobre nuestra vida y sobre cómo se organiza el mundo.

¿Cuándo volveremos a la normalidad? ¿En qué intensidad volveremos? ¿Quiénes serán beneficiados y quiénes derrotados de este reordenamiento mundial? ¿Será algo pasajero y el capitalismo lo manejará preservando la piedra fundamental de la circulación? ¿Habrá una nueva estructura económica basada en otra piedra fundamental? ¿Será esa piedra fundamental Internet y la fibra óptica? Veremos. Tenemos todo el 2020 para sentarnos en el sillón de casa y observar cómo lo hace.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s