Epidemias y educación

Por Natacha Misiak

De pronto, la vida familiar y barrial se vio sacudida. Los chicos y las chicas abandonaron súbitamente las veredas, lugar por excelencia de aquellas infancias sin pantallas. A finales de 1955 y durante 1956, el aire se había asfixiado con el humo de los proyectiles sobre la Plaza de Mayo y los fusilamientos perpetrados por la autodenominada “Revolución Libertadora” cuando otra bomba cayó sobre los argentinos: una epidemia de poliomielitis puso en serio riesgo la vida y la integridad física de niños y niñas. 

La poliomielitis es una enfermedad muy contagiosa que afecta principalmente a los más pequeños. Se transmite de persona a persona por vía fecal-oral y, con menos frecuencia, a través del agua o alimentos contaminados. Una vez alojado en el intestino, el virus invade el sistema nervioso y puede causar parálisis y muerte.

En Argentina esta enfermedad no era nueva, se venía registrando con brotes epidémicos esporádicos desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX, pero en 1956 alcanzó un pico extremo: afectó a 6500 personas, cobrándose la vida de niños y niñas y poniendo en escena un panorama trágico, la aparición de la “niñez lisiada”. “Conocer a un chico feliz, con el que jugábamos en el barrio y después verlo con esa enfermedad, era tremendo. Todos vivíamos asustados. Fue una etapa dura, como la pandemia actual de coronavirus, un cachetazo para el ser humano”, recuerda Hilda Estela Torres, quien esa época tenía 10 años y vivía en el barrio de Liniers.

En sus trabajos académicos, Adriana Álvarez y Daniela Edelvis Testa dan cuenta de cómo este brote jugó un papel central en la organización de respuestas de la sociedad civil y de políticas públicas tendientes a la rehabilitación y a la lucha contra la propagación de la enfermedad.

Aún sin vacuna y con un sistema sanitario desbordado por la epidemia, médicos, enfermeros, vecinos, empleados públicos y fuerzas de seguridad se abocaron a la adquisición y distribución de pulmotores y de aparatos ortopédicos, así como de gammaglobulina, que se usaba para reforzar el sistema inmunológico pero que no impedía el contagio. 

Recién derrocado el peronismo, el gobierno de facto de Aramburu decidió destinar las instalaciones de la Ciudad Infantil, fundada por Eva, al recientemente creado “Instituto de Rehabilitación del Lisiado”, que actualmente continúa funcionando en el mismo predio con el nombre de “Instituto de Rehabilitación Psicofísica”. 

Las infancias, las escuelas 

Tal como sucede en estos días con la pandemia del COVID-19, también en 1956 se suspendieron las clases por varios meses. Las tapas de los periódicos de aquel año dan cuenta de las sucesivas prórrogas del inicio del ciclo lectivo y de las reprogramaciones del calendario escolar. 

El tucumano Roberto Miguel Albornoz iba al colegio «Obispo Bernabé Piedrabuena», ubicado a la vuelta de la Casa Histórica de Tucumán y recuerda con orgullo aquella escuela pública donde “todos eran iguales: el hijo del profesional, del empresario, del comerciante de la zona y de los obreros”. Roberto aún conserva la libreta escolar de ese año, testimonio de que las clases, en su provincia, iniciaron en julio. Mientras tanto, quien le brindaba apoyo era su padre: “El mejor profesor era mi papá, un obrero ferroviario con estudios primarios completos. Yo leía de  corrido y me entretenía leyendo revistas”, relata.

La diferencia central entre aquella epidemia y la actual pandemia es que la poliomielitis puso en jaque principalmente la vida de los niños. De hecho, muchos de esos pequeños son hoy los adultos mayores que se encuentran en los grupos del riesgo ante el coronavirus. 

En el recuerdo unánime de todos ellos se halla el cuadradito de alcanfor que sus madres les colgaban del cuello con la esperanza de repeler la enfermedad, aunque las propiedades de esta sustancia no tuvieran eficacia demostrada para la prevención de la poliomielitis.   

Los vecinos baldeaban las veredas con jabón y lavandina y pintaban los árboles y los cordones con cal.  “En mi barrio eran casi todos italianos, calabreses y napolitanos, habían venido de la guerra y luchaban contra una enfermedad que no conocían. Los chicos casi no hablaban castellano; mi familia era una de las pocas argentina y yo, medio maestrita ciruela, los ayudaba como podía con los deberes”, recuerda Haydee Amanda Vallet, quien vivía en Lomas del Millón en aquellos años.

Susana Vera suma otro dato característico de la época: “Los padres con buen poder adquisitivo mandaban a sus filas al campo o al mar, para sacarlos de la epidemia”. 

“No salíamos a ningún lado, estábamos siempre en casa, fue una cuarentena total para los niños. No comíamos frutas ni verduras crudas, todo era cocido y también se hervía el agua. Lo recuerdo desde mi mirada infantil, me imagino cómo habrán estado mis padres”, rememora Cristina Travaglini, quien pasó su infancia en Ramos Mejía. 

Cristina recuerda que, en Buenos Aires, las clases iniciaron en mayo. Si bien no recibía apoyo de tareas desde el colegio, estaba la familia: “Repasábamos en casa con mi mamá. Eran otros los medios de comunicación, ni siquiera teníamos teléfono de línea en casa. No existía la tele, solo la radio”.

Justamente, la tucumana Mary Muñoz Talavera recuerda que, en su provincia, la radio sirvió como una herramienta para dar clases a los pequeños. Si bien en Argentina ya se habían producido las primeras transmisiones televisivas, aún faltaba para que los televisores se popularizaran en los hogares. La radio seguía siendo la estrella. De su mano, Mary recuerda la que tal vez fue una experiencia remota de la utilización actual de los medios de comunicación para brindar continuidad pedagógica: “Nos daban clases por radio. El programa se llamaba, si la memoria no me falla, «la escuelita radial». El programa nos ayudó bastante, daban las clases y al día siguiente, nos autocorregíamos. No era obligatoria, pero nos gustaba porque estaba muy bien planificada y motivada”. 

Si de algo sirve mirar el pasado es para reflexionar mejor sobre el presente y el futuro, Por eso, tal vez hoy, entre docentes estresados, estudiantes agobiados con tareas, familias desbordadas y burocracias exigentes, valga saber que en algún momento de la historia argentina también las clases se suspendieron por meses y la vida siguió, porque, en definitiva, lo que importa es que la vida siga.  

Con la vacuna, el alivio

Seguramente, quienes vivieron aquella epidemia jamás imaginaron que, décadas después, iba a existir algo llamado “movimiento antivacunas”, que pusiera en duda su eficacia y seguridad y hasta promoviera no inmunizar a los pequeños. 

Es que el alivio a tal pesadilla llegó con la vacuna Salk, que era inyectable y se aplicó hasta el desarrollo de la  Sabin, de administración oral, que integra el Calendario Nacional de Vacunación hasta nuestros días.  Nuevamente, también las escuelas fueron protagonistas, ya que muchas de ellas fueron el lugar donde se suministraron las vacunas. 

Así como hoy los insumos médicos para frenar el avance del coronavirus llegan en vuelos de nuestra aerolínea de bandera, también en aquel entonces fueron aviones de Aerolíneas Argentinas los encargados de traer al país la tan anhelada vacuna. El primer cargamento llegó al Aeropuerto de Ezeiza el primero de septiembre de 1956. 

En un momento en el que la vacuna no se producía a gran escala, la comunidad internacional otorgó prioridad a la Argentina para su recepción, dada la gravedad que había alcanzado la epidemia en nuestro país. En agradecimiento, la Dirección General de Correos y Telecomunicaciones puso en circulación un sello con la frase “gratitud de los niños argentinos a los pueblos del mundo”. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s