El Estado enfermero

Por Patricio Ese

La Argentina, en sus infinitas idas y vueltas, transitó diferentes modelos estatales. Hace más de un siglo fue el Estado agroexportador, granero del mundo, limitado a exportar materias primas de origen agropecuario. Fue también el Estado empresario y el Estado benefactor del primer peronismo basado en la planificación de planes quinquenales y la asistencia social. 

Pasó también por el Estado terrorista de los centros clandestinos de detención en la última dictadura, el Estado bobo adicto a las políticas neoliberales, el Estado ausente que dejó la crisis del 2001 y así llegamos, hasta un presente no tan lejano, con un Estado indefinido tironeado por la especulación macrista y la reedición peronista del kirchnerismo.

Los planes del gobierno de Alberto Fernández se basaban en rediscutir la deuda externa, reactivar el consumo interno e insuflar vida a un modelo industrial golpeado, entre otros condimentos. Con una agenda progresista de ampliación de derechos y redistribución del ingreso, este menú de acciones generaba ilusión y expectativa. Aparecían en el horizonte dos viejos enemigos de este Estado en reconstrucción: la inflación y el precio del dólar.

Pero, por la fuerza inevitable de los acontecimientos, el gobierno argentino ha debido tomar medidas cada vez más excepcionales para hacerle frente al Covid-19. Todos los organismos de la inmensa burocracia estatal nacional, provincial y municipal se pusieron a disposición de este nuevo escenario. 

Establecer el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio implicó modificar de raíz toda nuestra vida. Salir del mismo no será sencillo y nadie ya puede suponer que esa salida será rápida y abrupta.

Desde luego, no viviremos en esta cuarentena. O, por lo menos, no viviremos en esta cuarentena eternamente. Habrá regiones donde se mantendrá una cuarentena dura y en otras se aplicará una cuarentena más permisiva si la situación sanitaria lo permite. 

Laxa o rígida, la cuarentena permanecerá en nosotros. Ya ingresó en nuestra piel y nos dejó sus marcas. También marcó al Estado quien fue el primero en mutar. Porque este estado de cuarentenismo empieza a tener su materialización en un nuevo tipo de Estado que emergió con la pandemia y se está consolidando día a día, minuto a minuto: el Estado enfermero.

Todos los recursos estatales disponibles, todas las políticas públicas y toda la agenda legislativa, o uno quisiera creer, se re orientó a mitigar el daño del coronavirus en cuestión de escasos días. Planificar, prepararse y ganar tiempo para aplanar la curva. Así empezó el Estado a asumir un papel hasta ese momento descuidado y muy infravalorado para los funcionarios y la sociedad toda: el ser enfermero ante la enfermedad. 

Preparar camas, levantar hospitales, negociar insumos con otros países, repatriar médicos, garantizar alimentos y medicamentos. Logar todo eso sin provocar un estallido, sin dejar desprotegidos a inmensos sectores que no reciben ingresos y sufren las consecuencias de una economía apagada. 

Entonces, no solo mira la situación epidemiológica sino también debe controlar precios, estimular el crédito para sostener empresas, no descuidar el empleo, garantizar un ingreso mínimo de subsistencia a personas que dejaron de percibirlo, pensar en los de adentro en detrimento de los acreedores externos, tenedores de nuestra abultada e impagable deuda externa.

Este Estado enfermero, en principio, revaloriza la salud y orienta a toda la sociedad hacia la higiene y el cuidado. Todos los días debe informar recomendaciones, prohibiciones, cifras, estimaciones e investigaciones. 

Debe saber manejar un tono firme para poner en caja ciudadanos y especuladores. Ciudadanos que quiebran la cuarentena y especuladores que juegan con los precios y el miedo. También debe tener un tono componedor y paternal para reconocer el esfuerzo colectivo, alimentar nuestra autoestima y mantenerse presente.

La presencia comunicacional de este Estado es fundamental. Si la situación empeora, esta comunicación se intensificará. Pero, así como este modelo de gobierno se impone hacer público todo lo relativo al virus, también nos exigirá compartirle información que, antes en la vida previa al cuarentenismo, considerábamos como nuestra intimidad.

Un riesgo de la cuarentena es la paranoia del encierro, de sentir que el enemigo silencioso acecha detrás de la puerta.

El Estado enfermero también tiene un riesgo producto de la propia dinámica de la cuarentena. Ver a todos los ciudadanos como pacientes. No dejamos de ser personas ni ciudadanos, pero todos ganamos una característica a los ojos del enfermero: somos potenciales infectados. 

Todos estamos en peligro y este Estado pretende cuidarnos a todos. Pero, ese cuidado integral implica conocernos y regular nuestros movimientos. Es una actitud poco grata nacida de la situación epistemológica, pero se vuelve necesaria.

Con el tiempo, ‘cuidarnos’ se volverá saber cómo nos movemos. Nos invita actualmente, pero es posible que pronto nos exija saber dónde estamos para cuidarnos mejor. Porque si el Estado enfermero sabe dónde estamos, sabe si estamos respetando el distanciamiento social y así, sabrá si el virus se expande o se contiene. 

Un paciente pierde autonomía y poder de decisión frente al médico que lo está tratando. Nadie discute con su médico las alternativas a seguir. Las acata y obedece. O las desoye y hace la suya bajo sus propios riesgos. Es una de las más asimétricas de las relaciones humanas, porque se basan en que uno de sus integrantes está en una situación de indefensión tal que su vida está en riesgo. No en términos metafóricos por la pobreza o la falta de oportunidad: su vida concreta, su pulsión por vivir o, morir y dejar de existir.

Por eso mismo, el Estado enfermero tampoco discute con sus ciudadanos. En general, el Estado cualquiera sea tampoco. Pero el enfermero mucho menos. Actúa, a veces generando medidas antipáticas, a veces tratando de suavizar graves consecuencias. 

Pero, al acentuarse la asimetría de la relación, en este vínculo de la esfera pública que se reformula inevitablemente, juegan un rol fundamental los expertos en salud. Los profesionales médicos que ‘conocen’. 

El mismo Alberto Fernández construyó en sus apariciones públicas una autoridad presidencial desde un “no saber”. Se presenta como ignorante, “hombre del derecho, de las leyes soy yo”, y esa desnudez de la ignorancia lo vuelve una persona que sabe: sabe, porque escucha a los que saben. Sobre esa operación tan sencilla y de tantas consecuencias, se basa nuestro Estado enfermero. 

A este nuevo Estado lo maneja gente que no sabe, que expresa que no sabe y, desde allí, saben porque escuchan a los otros. El mérito es no esconderlo. Parte del mismo punto que el ciudadano común que cualquiera de nosotros. Porque tampoco nosotros sabemos del virus, pero ‘debemos’ escuchar a los que saben. Es un modelo de Estado que imprime una conducta específica en sus ciudadanos-pacientes.

Una conducta de escuchar a otros, unos otros no políticos. Unos otros que saben, los infectólogos y científicos, pero que, a su vez, tampoco tienen la plena seguridad sobre el tema. 

Estamos aprendiendo del virus cada día.

Aún al virus no lo conocemos por completo.

Es muy nuevo, lleva mucho tiempo tener un conocimiento completo.

Solo recomendamos basados en la experiencia de otros países. 

No ganan terreno los militares, los políticos de carrera, los doctores en economistas o expertos en finanzas. Ganan relevancia los científicos, porque ellos son los que saben (algo más que los demás). El resto, como fieles pacientes, escucha sus indicaciones.

Además, así como el médico tiene en sus manos toda nuestra historia clínica (la cual es nuestra, siempre se remarca que es nuestra y no del médico), el Estado enfermero usa la tecnología y crea aplicaciones para seguirnos el rastro. Remarca que no usa esta información contra nosotros, sino a favor nuestro.

Nosotros vamos al virus, no el virus a nosotros. Y como nosotros vamos al virus, el Estado enfermero va detrás de nosotros, va hacia nosotros, geolocalizándonos para trazar nuestros recorridos y aislar a las personas que estuvieron en contacto estrecho con nosotros. 

Si es correcto o incorrecto que el Estado conozca nuestros movimientos para prevenir contagios, no es el punto de interés aquí. El tema pasa porque inevitablemente ya está sucediendo. A los varados y turistas que retornan al país, y a cualquier ciudadano que, por ahora voluntariamente, se baje la aplicación CUIDAR estará monitoreado por el Estado enfermero. ¿Querés ser un buen paciente y seguir los consejos de quien quiere cuidarte? ¿O querés hacer la tuya, a tu propio riesgo?

Si se responde la segunda, a la larga chocaremos con la regla fundamental del Estado enfermero: el bien común concentrado a la salud pública. Es la salud de la sociedad en su conjunto por la que se desvive el Estado enfermero y si, para lograr mantener esa salud, debe meterte una pequeña aplicación en tu celular, tené la seguridad que lo hará. 

Y si debe ir a tu casa para llevarte por la fuerza y aislarte, lo hará. Dolorosamente, con gesto melancólico, como el médico que le dice a un enfermo terminal “mirá, no hay mucho más que hacer, lo lamento”, el Estado enfermero nos irá a buscar y dirá “lo lamento” porque debe ser severo, pero intenta ser paternal y profundamente humano. 

Volvernos pacientes, o potenciales pacientes, también nos enfrentará al mundo de las relaciones higiénicas y esterilizadas que promoverá el Estado enfermero. Nada de amontonamientos. Nada de contactos excesivos. Nada de compartir fluidos, sustancias. Siempre separados por mamparas, barbijos, tapabocas, plásticos transparentes, cortinas, defensas frente a la amenaza invisible. 

La sociedad detergente en donde todo se resbala y nada debe adherirse. Sin eventos sociales, deportivos, ni conciertos. Una completa reconfiguración de vínculos sociales a partir de sentir la presencia en la ausencia. Abrazados en la oscuridad por la luz de las pantallas. 

¿Cuántas actividades sencillas serán por número de documento? ¿Cuántas actividades serán anacrónicas e imposibles de llevar a cabo? ¿Nuestros ojos empapados en alcohol en gel verán con indignación las imágenes del pasado? ¿Un estadio de fútbol repleto de hinchas y un recital de rock abarrotado de gente haciendo pogo serán tan ajenos para la sociedad detergente como lo es el circo romano o la construcción de las pirámides?

¿Suena alocado? En el 1900, el preservativo también sonaría alocado. Y ahí está conviviendo con nosotros. Intermediando en nuestras relaciones sexuales sin problema. Así convivirán los guantes, los tapabocas, los elementos de “protección” que el Estado enfermero ahora recomienda y pronto masificará. 

El beso puede ser motivo de escándalo como practicar nudismo en plena calle. ¿A quiénes nos permitiremos darles besos? No sabemos. ¿Qué grado de intimidad toleraremos para permitir el riesgo del contagio en una sociedad movida por el miedo a algo que no ve? 

En la sociedad detergente, todos nos volvemos espías y espiados. Todos somos el caldo de cultivo de miedos y ansiedades. ¿Cuántos elementos deberán a no ser vistos a los ojos de los demás para poder realizarlos sin culpa? 

Los peligros de convertirnos en meras historias clínicas dentro de una sociedad desinfectada, higiénica y cuyos movimientos están regulados al infinito trascienden las intenciones de un gobernante. Alberto le imprimirá un sello personal a este Estado cuya principal preocupación es el coronavirus.

Alberto y su gobierno pueden mitigar los efectos de un Estado que nos ve como pacientes en riesgo. Pero, este nuevo Estado va más allá de una persona y nadie puede predecir las consecuencias concretas de sus excesos e imperfecciones. Porque la sociedad detergente arrastrará las marcas del encierro que padece y continuará padeciéndolas aunque podamos un buen día abrir la puerta y salir libremente.

Tampoco nos aventuramos a decir que sus consecuencias serán más graves que la propia enfermedad que intenta prevenir. Desde luego que no. Pero entramos en algo nuevo y traerá consecuencias para la sociedad y el Estado. Que haya un Estado que nos cuida es una de ellas. Que haya un Estado que nos cuide demasiado porque nos volvimos una sociedad detergente puede ser otra.

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