¿Qué pasa con el chongueo?

Por Vera Casanovas[i]

“¿Algún día vamos a volver a chapar en paz?  ¿O siempre vamos a sentir la piel como foco de contagio?”, publicó la redactora Dalia Cybel en sus historias de Instagram.

Y es que el cliché de la falta de afecto no lo hace menos importante ni menos doloroso. Yo necesito tocar, y las políticas que aleccionan nuestros cuerpos por una cuestión de salud, nos lo impiden.

Tocá de acá, Foucault. Vigilar y Castigar parece ahora, para los clasemedieros que no hemos sentido el encierro de manera atroz y la mirada constante del poder haciendo de las suyas, una hecatombe mortal.

Hace varios días que pienso en escribir sobre esto, y la angustia me consume de sólo pensar que mi planteo es muy “White people problems” ¿Por qué? Como si pensar en el afecto por fuera de todas las consecuencias y cuidados obvios de esta pandemia no hicieran a mi planteo menos válido. “El afecto es lo que nos mueve”, me dijo una amiga, y me dio más ánimos para escribir.

Porque en estas instancias, más que en cualquier otra, la confianza se vuelve necesaria, pero no definitoria ¿Cómo hago para volver a chonguear? ¿Cómo confío en que la otra persona se cuida como yo me cuido? ¿Es eso suficiente?

La etimología de la palabra confianza sugiere un sufijo: “Con” (que posee una determinada cualidad) y “fianza” (un depósito dado como garantía a alguien).

¿Confiar me garantiza no contagiarme? ¿Cómo me fío? Y yo necesito tocar, y al tocar, quizá estoy confiando demasiado ¿La confianza se volvió también un problema?

Lxs latinoamericanxs hemos tenido la suerte del afecto como bandera, y del espacio público como lugar de luchas. Y si algo ha hecho el sistema capitalista, pese lo que nos pese, es a consumir de lo que producimos y sentirnos un poquito menos mal por sólo ser productivxs sin “recompensa” (claro que esto no es para todxs igual).

En estos momentos, sólo hay producción: quienes deben, salen a trabajar, vuelven de trabajar, comen, duermen. No hay birra después del trabajo, no hay mates el fin de semana, no hay chape en el boliche, no hay marcha por el Día de la Memoria, no hay reclamo masivo por mejores salarios. No hay.

Y en ese “no hay”, hay muchas cosas que sí. Como la seguridad de que en nuestras casas, estamos a salvo ¿A salvo de qué? Ojo, no es que deslegitime las medidas de cuidado, para nada, pero ¿Cuánto tiempo se puede resistir sin todo lo que no hay? A mí me pesa.

Me pesa haber pensado cómo será mi próximo encuentro con un vínculo sexoafectivo ¿Hace falta mucha saliva para contagiar? ¿O es tan sólo una partícula que puede poner en riesgo nuestra salud?  Y sobre todo: ¿No puede ser esto el inicio (o la continuación) de un tipo de discriminación en los vínculos?

Todo lo que construí, lo que aprendí, lo que practicaba sobre la libertad y el miedo a vincularme sexo-afectivamente pero aun así me animaba a sentir, de pronto estalló. Siempre creí, con los cuidados obvios, que la libertad era animarme ¿Si no me puedo animar, de qué libertad me convenzo ahora?

Me molesta porque a mí no me da miedo contagiarme, pero sé que es un círculo, y puedo poner en riesgo a quienes más quiero. Y yo necesito chapar. Necesito tener una mínima certeza de que volveré a sentir unas manos tibias acariciándome cuando hace frío, saber que alguien se ríe sin que se corte la videollamada. Yo no quiero sexo virtual, y esto no significa que no celebre otros modos de hacer esta pandemia menos trágica, pero no hay comparación, no hay escapatoria: aún necesitamos el contacto físico.

En una encuesta hace poco en mi Instagram, hice justamente una serie de preguntas para saber si estaba sola en el sentimiento, o si era una delirada mía. Si bien muchxs respondieron que creían que no desarrollarían miedo al encontrarse con un otrx cuando el aislamiento termine, al adentrarme en las conversaciones noté que no habían contemplado completamente la mirada desde la confianza.

Por otro lado, ¿Qué pasa con quienes no estaban chongueando antes de que la pandemia implosionara en nuestras cotidianidades? ¿Hay lugar para “intentar” a pesar de todo, al menos de manera virtual? ¿O ya ni hay que gastarse? A los problemas típicos de una generación que repiensa constantemente los vínculos y se resigna muchas veces a la “entrega”, se le suma la incertidumbre por una pandemia y la posterior resignación.

Probablemente, muchas sean las personas que tienen una mirada menos trágica con respecto a esta cuarentena y la duración del Coronavirus, y lxs aplaudo por ello. Quizá también, el chongueo sea lo menos importante en esta cadena de consecuencias. No es que no sea consciente de todo lo otro que puede pasar, y los otros afectos que se establecen “por encima” de estos. Igual me daña, no creo tener que sentirme culpable por eso. Y sobre todo, sé que tampoco estoy sola en el sentimiento.

Entonces, ¿Qué pasa con el chongueo? ¿Cómo operarán conductas de biopoder en nuestros cuerpos a partir de esta pandemia mundial? ¿Hay un fin? ¿O el fin es el principio para volver a repensar en los vínculos?

Lo importante es que ya lo estamos pensando. Y creo que la clave, como decía Nietzche, es no mirar largo tiempo a un abismo, porque el abismo va a mirar adentro de nosotrxs.

[i] Lic. y Prof. en Comunicación Social  – Periodista.

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