La tempestad

Por Joaquín Szejer[i]

“Lo viejo no termina de morir y
lo nuevo no termina de nacer,
 y ese claroscuro habitan los monstruos”

Antonio Gramsci

En menos de cien años (entre el Siglo XV y el Siglo XVI), se creó la imprenta, cayó Constantinopla, comenzó lo que posteriormente llamaremos El Renacimiento, se “descubrió” América, Martin Lutero escindió política de religión y Nicolás Maquiavelo escribió su libro “El Príncipe”, todo esto mientras Europa era asolada por oleada tras oleada de pestes Nada mal, ¿no?

La imprenta signó este nuevo tiempo en donde por primera vez las leyes, ordenanzas y demás cuestiones podían quedar en la pétrea reproducción técnica por lo que la imprenta es hija de su época y también madre.

Las piezas de ajedrez de la historia empezaron a caer y todos esos hechos antes mencionados comenzaron una nueva etapa de la historia a la que todos conocemos como “modernidad”.

Este breve resumen sirve para contraponer el pasado con el mundo actual: La modernidad, que desde hace años agoniza, ahora se encuentra ante su final, y esto trae consigo una serie de cambios que todos nosotros percibimos pero que es preciso resumir.

El nuevo mundo

La ética del siglo XX agoniza mientras una nueva ética nace. No son pocos los autores que se han dado a la tarea de analizar la nueva subjetividad del mundo: Desde Byung Chul-Han hasta Bifo Beraldin, De Paula Sibilia a Jorge Aleman. Todos autores con marcos teóricos muy distintos pero que sin embargo entienden que algo está cambiando a una velocidad impensada.

¿Qué pasó en el mundo para llegar a este momento? Hagamos una breve recapitulación a groso modo: En 1990 se produjo la caída de la Unión Sovietica y el advenimiento del “mundo multilateral”, apareció internet y un cambio exponencial del ser humano en tanto su relación con la tecnología, que ayudó a una globalización hasta ahora inédita. Como dirá Sol Montero en Revista Crisis: “Si la caída del comunismo implicó el fin de los grandes relatos, en nuestra época todo es pequeño relato: de la Historia a las stories, del largometraje al videíto fugaz, de la razón teleológica a la banalidad telúrica. La era de las historias fragmentadas, individuales y recortadas de la gente común”[1].  Si la imprenta fue hija y madre de la modernidad, la computadora y redes sociales son hijas y madres del nuevo devenir.

La democracia de masas no está exenta de esta crisis y se trasluce en la manera en la que la política se genera o se destruye. Ya no alcanza con el “Príncipe moderno” que predicaba Antonio Gramsci o con “la organización que vence al tiempo” que predicaba Perón. Las relaciones de poder, y por consiguiente la Política, se diversificaron. Intentar captar varias demandas en pos de una ideología hoy precisa otra estrategia distinta a la que se daba hasta hace unos años. Cambridge Analytica manda un saludo.

Pero, como diría Newton, a cada acción hay una reacción igual u opuesta: Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro o Mauricio Macri son líderes que se definen mucho más como una “oposición a…”, son parte de ese mundo que se resiste a irse, por eso se fundan en pasados idealizados, “Make América Great Again” como ejemplo emblemático que interpela a un doble pasado, el que refiere a la frase propiamente dicha, y a Ronald Reagan que utilizó esa frase como slogan de campaña.

Así llegamos al 2020 con grandes países dominados por la derecha más irracional conocida en décadas, con el sistema financiero en auge, con una guerra comercial entre las dos grandes potencias del mundo (China, a esta altura, necesitaría un artículo, o un libro, propio) y con un nuevo paradigma naciendo entre todo este entramado.

Entonces… La pandemia.

El mundo está en cuarentena, la economía se precipita y las derechas que venían a reinstaurar el pasado son arrolladas de frente por el futuro. En Brasil y en EEUU los grupos anticuarentena salen con armas a la calle mientras que en Inglaterra el encuentro cara a cara con la muerte hizo que Boris Johnson diera marcha atrás con su estrategia de “inmunización de rebaño”.

“Todo el mundo es ateo hasta que el avión cae” decía un viejo dicho. Esto es así, Dios habita en lo contingente. El Estado es exactamente lo contrario a Dios. Es una entidad de les humanes para les humanes, encargado de administrar las contingencias y dar un buen vivir a quienes aún habitamos la tierra. El vicegobernador de Texas, Dan Patrick, dijo hace algunas semanas (palabras más, palabras menos) que todos deben volver a trabajar para salvar al mercado y que sí, algunos ancianos morirán, pero el remedio no puede ser peor que la enfermedad. El Dios Mercado nuevamente exige sacrificios.[2]

Del mundo hacia Argentina

El caso argentino se vuelve especialmente interesante, porque en las últimas décadas hubo dos movimientos en las antípodas: el segundo mandato de CFK, y el único de Macri. Este último, como dijimos antes, se explicaba en gran medida por ser el antagonista del otro. Así vimos renacer “la grieta”, “la militancia”, “el neoliberalismo”, “el populismo” y un sinfín de acciones y significantes propios de otros tiempos.

Pero lo que vuelve más interesante al caso argentino es el espectacular fracaso de la derecha. Porque si, como decía Gramsci, la batalla ideológica se debe dar en una guerra de trincheras, el macrismo decidió auto detonarse las granadas en las suyas. No obstante, y para demostrar que en la historia también existen los nombres propios, vale la pena volver a realzar la figura de Cristina en todo este baile.

La política argentina de los últimos años de la década del 10 se vió además atravesada por las viejas-nuevas demandas como el feminismo y, quizás en bastante menor medida, pero nada despreciable, movimiento verde. Pero en especial el primero se volvió una parte importante de la política nacional.

La derecha argentina una vez más demostró todos sus defectos, tácticos, estratégicos, políticos, ideológicos y económicos. La derrota electoral fue el corolario de ese fracaso y una necesaria vuelta al Estado como eje de la centralidad política.

Argentina ha demostrado un nivel extraordinario de obediencia estatal. Si como mencionamos, antes en EEUU y Brasil la ultraderecha milita el fin del aislamiento saliendo armada a la calle, acá las cacerolas suenan desde adentro de las casas. Oposición si, desobediencia no. Explicar las razones del refortalecimiento del Estado y la Democracia en Argentina es tema para otro artículo, pero es interesante remarcar cómo en un país que hasta hace dos décadas estaba signado por una inestabilidad política, hoy el respeto democrático y hacia el Estado se vuelven bandera.

Todo este análisis resumido y simplificado en las hojas previas comprende una inquietud que a todos nos es familiar. La cuestión es: ¿Qué pasará en el mundo pos-pandemia? ¿La pandemia acelerará los cambios, tecnológicos, políticos, económicos y sociales? ¿Cómo serán esos cambios? De todas esas preguntas, hoy no podemos dar ninguna respuesta. Puede incluso que no haya cambios considerables. Pero si los hay debemos politizarlos y dar pelea para conducir el futuro hacia una sociedad más justa e igualitaria, dado que ningún cambio es per se ni bueno ni malo (quizás sí, incorregible).

 

[1] https://revistacrisis.com.ar/notas/futuros-minimos

[2] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52043274

 

[i] Tecnicatura en Periodismo (TEA). Estudiante de la licenciatura en Comunicación Audiovisual (Universidad de San Martín) y también estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política (UBA).

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