¿Cómo medir el tiempo en cuarentena?

Por Patricio Ese[1]

Luna en virgo. Cuando hablo de por qué soy tan disciplinado, respondo que la causa es mi luna. La luna en virgo. Hago a los astros responsables de la forma en la que tiendo a sistematizar todo. Y si no es todo, es casi todo. Pero, para cualquier extraño, dirá rápidamente que todo lo vuelvo rutina. Si algo me agrada, lo vuelvo hábito. Si el hábito es muy placentero, lo sostengo hasta exprimirlo.

Es una obviedad que la cuarentena vino a modificar hábitos. Pero mi luna en virgo no es solo disciplinada. Es también previsora. Se adapta y se anticipa: porque aún en cuarentena se las ingenia para mantener los hábitos a flote.

Pero, sea la luna o sea ser un obsesivo insufrible, lo cierto es que incorporé un hábito nuevo, uno que jamás pensé tener y menos aún pensé contar. El hábito se sostiene cada mañana. A veces tiene lugar a los minutos de levantarme. A veces, de madrugada cuando aún ni siquiera se está asomando el sol. Otras tantas veces ocurre a media mañana.

Pero nunca, otra marca de la disciplina, nunca sucede después del mediodía. Ese es un límite inquebrantable e innegociable. Como si lidiara con una maldición o un hechizo: no debe ser después del mediodía. No sé por qué. Quizás no hay por qué. No estoy en condiciones para averiguarlo, pero no sucede. Mi luna en virgo lo sabe y me protege del siempre acechante olvido para que no suceda. Jamás. Más de sesenta “jamás” pasaron y sigue firme en su postura.

El hábito es muy simple y su ceremonia apenas consume dos, tres minutos. Tomo una birome negra que tengo separada en un estante. De ese mismo lugar, agarro un gran almanaque estratégicamente ubicado que me espera cada día. Cada página es un mes. Cada línea, una semana. Cada cuadrado, veinticuatro horas. Y procedo: el hábito toma forma. La rueda de la disciplina se pone a rodar.

Acerco la birome negra y la apoyo en uno de los cuadrados. Se afirma en el “ahora”, en el día de hoy que será y fue. Se apoya también en el próximo de una larga sucesión de cuadrados y sucesión también de ceremonias mañaneras con biromes y almanaques.

La birome empieza a moverse y mi mano la hace dibujar un número. No es una línea sencilla. Cada curva es un vértigo para no pasarme. Porque no hay posibilidad para el error, ni para enmendar nada en caso de fallar.

Voy dibujando ese número con esmero, con cariño. Y, según mi luna, con disciplina metódica. Le voy dando forma mientras gasto la tinta para engordar la línea. Que el trazo sea grueso y que la marca permanezca. El grosor tapa imperfecciones y ayuda a regular el tamaño de las rectas y la amplitud de las curvas.

Con la cuarentena, cada día, día a día, cada mañana. Y todos los días. Me tomo el trabajo, desde el día número uno, de registrar el paso del tiempo. Sin interrupción. Sin hacer caso a que no es recomendable hacerlo. Mi luna acepta el riesgo y persiste. Desde el 20 de marzo de 2020, persiste. Lleva más de sesenta dibujos y sesenta rituales. Pronto, serán más de setenta como los balcones sin ninguna flor y seguramente también los supere.

Esto no es una queja irracional como un egoísta aburrido de clase media que se abruma ante el hastío de Netflix y la heladera llena. Tampoco es un reclamo a romper la cuarentena como una persona que vivía de las changas y la cuarentena se le hace cuesta arriba porque el bolsillo se le hace cuesta abajo. Esto es simplemente una distracción, una pérdida de tiempo para reflexionar sobre el tiempo: para hacer filosofía al paso. Ahora que nuestros pasos están contados o, por lo menos, ahora que es recomendable restringirlos al mínimo posible.

Kant, el filósofo idealista alemán, que no sé dónde tenía su luna, habla del tiempo y del espacio cuando analiza nuestro entendimiento de los objetos que nos rodean. ¿Cómo conocemos lo que conocemos? ¿Conocemos a partir de nuestra experiencia? ¿Solo la experiencia importa?

Kant, el de luna desconocida, va a superar las discusiones filosóficas de su tiempo sobre la experiencia y el conocimiento al afirmar algo que hasta ese momento parecía evidente pero no lo era en absoluto. Como nosotros, notando por primera vez, descubriendo que las cosas que nos parecían normales… un día pueden dejar de serlo. Descubriendo lo difícil (y necesario a la vez) que es vivir sin abrazarnos o sin darnos, aunque sea, una palmada.

Su descubrimiento se resume en afirmar que el tiempo y el espacio son condiciones del conocimiento. No son representaciones con las que experimentamos. Sino que son previas a nuestra experiencia. Están dadas. Están en nuestra mente como condición de posibilidad para el pensamiento y la experiencia.

Así, pone algo a priori de nuestra experiencia para sostener que no basta con la pura experiencia humana para conocer los objetos. Según Kant, no podemos pensar (y menos aún experimentar) sin tener en cuenta el tiempo o el espacio. Desde luego que podemos pensar un espacio vacío, es decir, sin objetos. Pero la inteligencia humana no puede representarse el “no espacio”. La ausencia de espacio es un irrepresentable. Porque si pensamos en un fondo blanco, estamos justamente pensando en un fondo blanco y no, en el “no espacio”. Lo mismo si el fondo es negro o si intentamos pensar en “nada”. Aunque creyéramos que es “nada”, siempre será algo.

Con la cuarentena, trabajamos, comemos, disfrutamos, hacemos ejercicio, festejamos cumpleaños por videollamada, paseamos y nos dormimos en el mismo espacio. Los que podemos permitirnos tener la heladera llena, una soga para saltar, una computadora, servicio de internet, parientes y amigos con computadora y servicio de internet, etcétera y etcétera de comodidades o escapes para hacer nuestra pequeña vida más amigable en tiempos de pandemia.

Algunos podemos darnos el lujo de adaptar el lugar para un salón de usos múltiples, para un hotel de pocos huéspedes. Otros, en cambio, deben padecer la pandemia compartiendo baño, padeciendo no tener agua potable, dependiendo de la ayuda alimentaria que llega (o no llega) a los comedores, y preocupándose por si la ANSES, la AFIP, la ONU o Mongo Aurelio le dan el visto bueno para cobrar el Ingreso Familiar de Emergencia.

Para todos, el espacio de nuestra pequeña vivienda ha cambiado, pero no es el único que cambió. El paisaje urbano también cambió. La nueva señalización. El diferente fluir del tránsito. Los parques cerrados. Las noches vacías. Y más.

Pero no es del espacio del que quiero hablar. Aunque lo hice, pero quiero sentir que ya empiezo a engañar a quien me lee. ¿Acaso proponerme hacer perder el tiempo al lector invitándolo a leer no fue el primer engaño? Entonces, avanzo en esta sucesión de engaños para hablar del tiempo y por eso no voy a detenerme más y perder más tiempo (cuack) en el espacio.

De la misma manera que no podemos representarnos un “no espacio”, tampoco podemos representarnos el “no tiempo”. Y es verdad. Le creo a Kant, el de luna desconocida. Pero, acto seguido, miro mi almanaque lleno de número dibujados con birome. ¿Qué mayor materialización del tiempo que esos números?

Y aún así, a la distancia, siento que desconozco ese almanaque. No entré en la locura, aclaro por las dudas. Solo que me parece tan extraño mirarlo. No lo observo todos los días detenidamente. Pero hay algunos momentos en que tomo el almanaque y repaso las páginas, los cuadrados y todos los números que hice.

No puedo creer que lleve más de sesenta días dejando la marca del tiempo en él. Siento que todo fue hace unos segundos.

Tengo la percepción que los dibujé hace unos instantes. Que la cuarentena recién empezó hace dos segundos y que estos sesenta días fueron solo sesenta segundos de una hora gris, típica del otoño. “Nos robaron abril”, escuchamos. La OMS, una conspiración illuminati, los chinos, el virus… ¿Quién es el culpable? Abril pasó y se fue. Igual se está yendo mayo. Y cualquier mes se nos irá como si la cuarentena se lo comiera. O nos comiera. Nos robaron la capacidad de distinguir ya que todos los días son iguales. No sé quién: la circunstancia, un “no culpable” fue el ladrón.

Pero, Kant no me deja tranquilo. Al poco tiempo, vuelvo a observar ese almanaque y pienso lo opuesto. Lo diametralmente opuesto. ¿Solo venimos llevando sesenta días? ¿Dos meses nada más? Pero, si pasó una tonelada de tiempo por encima de todos. Como si toda nuestra vida la hayamos vivido en cuarentena. Como si jamás existió una etapa concreta de “normalidad” previa. Cumpleaños, reuniones, manifestaciones sociales, toser impunemente con la boca desnuda en pleno vagón de subte abarrotado de gente. Momentos de una vida que no vivimos. Fantasmas de sueños que otro vivió por nosotros.

Son tres milenios los que pasaron cuando miro el almanaque y empiezo a perder referencias de días hábiles y fines de semana. ¿Qué es una semana en cuarentena? ¿Qué distingue un feriado de otro día? ¿Cuánto cambia el supermercado o la verdulería un jueves de un domingo?

Hay una anécdota que cuenta que Kant fue el último ser humano que sabía de infinidad de artes, ciencias y oficios. El último generalista, frente a una modernidad que  se empezaba a caracterizar por la especialización de los saberes. Hoy sobran especialistas de especialistas. Posdoctorados de posdoctorados especializados en esa extraña singularidad de la que nadie analizó jamás. Bueno, Kant era lo opuesto. Sabía de un montón de saberes, hasta de explosivos y balística. Pero, esa no es la anécdota. La anécdota es que Kant nunca dejó su ciudad. Siempre vivió y se murió en la misma ciudad…

Ahora, me entra la duda de si era Kant o Hegel, el otro idealista alemán, el que jamás salió de su ciudad natal. No importa quién fue. Podría buscar el dato y corregirlo. Sin embargo quiero dejar la duda, con la confusión de los datos. Sumar un engaño más a la lista que compone este pequeño texto. Como el tiempo en cuarentena que nos engaña también. Como la pandemia misma que es ficción o realidad dependiendo de quién hable. Como este texto y los almanaques y los números que pueden ser verdad y pueden no serlo.

Kant o Hegel. ¿O por qué no ambos? Vivieron siempre en la misma ciudad. Nunca salieron. Como nosotros ahora. Quizás uno necesita detenerse en el espacio para pensar en el tiempo. Y para sentir el tiempo, aunque ya nos dijo Kant que el tiempo está a priori en nuestra mente, que no se experimenta. Pero, qué artificial parece ser el tiempo cuando sentimos que todo se repite aunque sepamos que no.

Sesenta días, dos segundos, tres milenios: un hábito. Disciplinado y metódico.

Qué artificial parece ser el tiempo cuando sentimos que todo se repite y esto ya lo leímos reglones más arriba aunque sepamos que no, que no se repite. Que volverlo a leer es una repetición y no lo es. Porque lo leemos en otro momento, en otro instante de nuestra… en otras palabras, en otro tiempo. Y eso, solo eso, lo hace completamente diferente.

Y, por cierto, qué jodida es… la luna en virgo también.

 

[1] Licenciado y Profesor en Letras (UBA)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s