Entre el odio y la responsabilidad

Por Quimey González[i]

Pandemia, obediencia y protección

Apenas unos meses atrás debatíamos sobre política en contextos de “normalidad”. Se analizaba el magistral doble desplazamiento de Cristina: correrse de la centralidad del liderazgo presidencial y ganar el centro político a través del moderado Alberto. A la vez, se advertía sobre el descomunal desafío que imponía el frente económico al nuevo presidente. Y, por supuesto, se especulaba respecto a la capacidad de liderazgo de un armador sin territorio ni ismo que le milite. El capitán Beto, timoneando el nuevo experimento del peronismo 2.0: una coalición de tres cabezas y muchos ministerios, secretarías y direcciones. De la oposición, poco. El ex Ceo-presidente denunció la superior peligrosidad del populismo sobre la covid-19 en las vísperas de la expansión de la peste por Occidente.

Y nos cayó la pandemia a nosotrxs. De pronto, en la pantalla apareció el presidente de Todxs, secundado por Larreta y Kicillof. La unidad por arriba, entre “lxs que gobiernan”, ofrecía la foto de la situación: entramos en guerra.

Imágenes de féretros apilados, ciudades desiertas, intendentes enloquecidos gritándole a sus conciudadanxs y enfermerxs o médicxs narrando el apocalipsis viral que arrasaba las ciudades europeas. Un torrente que paralizó la política nacional. Golpe y porrazo, se desvaneció la grieta. Miedo a la muerte y necesidad de protección escenificaron la versión albertina de la metáfora hobbesiana.  Si Cristina declamaba en 2019 la necesidad un nuevo contrato social, ahí estaba. El fin de la metáfora.

Alberto se puso el traje de Profesor Leviatán. Nos ofreció protección y mandó a todo el mundo del trabajo a la casa, pero no viceversa. Nos explicó que un enemigo invisible nos acechaba. Externo, ajeno, pero que podía atacarnos si salíamos a buscarlo. El pacto pareció sellado: protección y obediencia.

Te salva el Estado

Todo se simplificó: no te salva el mercado. La pasmosa desorientación de las huestes ultraliberales le devolvió centralidad a esa máquina oxidada que se niega a morir. El Estado, con sus funcionarixs y empleadxs, empresas de bandera, Fuerzas Armadas y de seguridad, trabajadorxs de la salud y la educación encarnó la épica ante la emergencia. En una vorágine de incertidumbres, la sociedad pareció redescubrir a su hijo pródigo de la modernidad. Recordó que ese aparato vilipendiado instituye el límite último de preservación de la comunidad.

Sin embargo, la repentina romantización estatista no ocultó la palmaria desigualdad social. Trabajadorxs precarizadxs, negreadxs, contratadxs, cuentapropistas y changarines comenzaron a brotar por entre las hendijas del sistema productivo y laboral. El Estado formal mostraba sus límites, maltrecho tras las distintas ofensivas neoliberales.

Entonces, entró en escena la heterogénea y vasta red de organizaciones sociales, políticas, territoriales. Organización popular militante, que opera como agencia paraestatal de hecho. La articulación entre Estado y organizaciones populares, necesaria para cabalgar la crisis económica, se volvió imprescindible para gestionar la cuarentena. Estado y sociedad civil. Organización estatal y comunitaria. Militancia en ambos frentes.

Miedos, desobediencia y odio

Pese a desavenencias en la gestión estatal, Alberto cumplió el pacto en lo fundamental: la curva de contagios se contuvo, se ralentizó. Sin embargo, este “éxito” trajo aparejado un cambio en el escenario. La incertidumbre ante la amenaza a la vida se aplacó al compás del achatamiento de la curva de muertxs e infectadxs. El miedo a la muerte, pilar del pedido de protección, cedió lugar ante miedos laterales. Surgió así un factor de desacuerdo en el pacto inicial: la economía.

Mientras Roca despedía 1450 trabajadores, reaparecieron ultraliberales mediáticos clamando por su libertad para circular, peticionar y producir. Denunciaban dos peligros: tiranía y crisis. “Alberto se enamoró de la cuarentena”, afirmaron.

El gobierno había asumido la iniciativa con el aporte extraordinario de las grandes fortunas y la negociación de la deuda macrista. Pero ahora la perdía. Fenómenos simultáneos dieron cuenta de este cambio: desdibujados en su rol de “representantes”, diputadxs opositorxs encararon una payasesca “travesía por la Democracia”; un estruendoso cacerolazo urbano reclamó que no se libere a lxs presxs; y emergieron convocatorias en redes sociales a la desobediencia civil y contra el comunismo.

En la batalla entre lo cierto y la fake, lo importante y la opereta, el caos de los miedos nos vino a recordar que la política nunca se fue. Que pacto absoluto no es posible, no hay orden para todxs. Allí estaban ellxs, otra vez. Agitando miedos, direccionando el odio.

Sus miedos son muchos y, por eso, conectan con muchxs. Temen al Estado fuerte, igualador. Temen a los impuestos contra sus propiedades. Claman por su libertad individual. No son miedos exclusivos de una minoría. Individuxs egoístas y propietarixs de alguna cosa somos todxs, más de lo que nos gusta reconocer.

Pero de los miedos al odio hay un trecho, y es político. Decía Maquiavelo que el conflicto es inherente a lo social, pero también que el odio es la pasión más sensible para un liderazgo. La experiencia reciente nos alerta que, por más incongruente que resulten las demandas, si se articulan en torno al odio contra el (la) líder, cobran una potencia difícil de contrarrestar. Por eso, el odio es una estrategia política.

La política institucionalizada de las razones se hunde en la entelequia. Porque, en última instancia, son las pasiones las que delinean los escenarios en los que se batallan las ideas. Pero, alerta, la disputa no se traduce en “el amor vence al odio”. Dividir las aguas entre amor y odio implica distinguir entre amadorxs y odiadorxs, buenxs y malxs.

Lo político es reacio a ordenarse en torno a clivajes morales. No porque no exista disputa por los sentidos éticos, sino porque el liderazgo debe evitar el odio. Para gobernar, alcanza con que el pueblo no odie. Si lxs propixs aman, mejor. Pero que lxs indiferentes no odien. Porque cuando un pueblo odia, la estabilidad tiembla. Así, al odio no se le contrapone el amor, sino el no-odio. Un tiempo y lugar en el que se da el fundamento para la estabilidad del liderazgo.

La unidad y la responsabilidad

Quizás sea esa la mayor virtud de Alberto. Su capacidad no para despertar amor (y odio) sino para estabilizar un escenario de no-odio. Alberto desagrieta. No porque enamore a todxs, sino porque reduce a la marginalidad a lxs odiadorxs. Se trata, en otros términos, de la capacidad gramsciana de articular, irradiar.

En un contexto de excepcionalidad, signado por una concentración de poder soberano, quizás resulte más inteligente tender la mano que cortar cabezas. En otras palabras, obtener obediencia por miedo al virus, pero no por miedo al presidente. Proteger ante el miedo es la mejor cura contra el odio. Allí encuentra su fundamento el llamado a la Unidad.

Una Argentina Unida no es, en democracia, sinónimo de uniformidad y verticalidad. Asumir la inerradicabilidad del conflicto implica asumir que la “guerra” contra el virus no elimina la política. El antagonismo no desaparece y, por eso, construir mayorías y consensos estratégicos es imprescindible para enfrentar la pandemia y la crisis.

En este escenario de excepción, Alberto encarna la ética de la responsabilidad. Con la mesura que lo caracteriza, actúa teniendo presente las consecuencias de sus decisiones. Eligió proteger la vida y gestionar la crisis. Y el pueblo lo acompaña.

Sin embargo, existe una dimensión trágica en la política, que no puede evitarse. En una interesante recuperación de Weber, Luciano Nosetto resalta que “la política implica asumir determinaciones trágicas, esto es, decisiones que siempre cargan con alguna culpa”.

En ese sentido, conviene advertir que la ética de la responsabilidad no puede implicar que las decisiones se aplacen de forma indeterminada.  Que la búsqueda de consensos no se convierta en un límite para asumir decisiones que no pueden contentar a todxs.

[i] Licenciado en Ciencia Política (UBA). Docente. Profesor Jefe de Trabajos Prácticos en el IFTS N° 28 (GCABA).

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