¿Por qué aplaudimos?

Por Guido Álvarez[i]

Que los pueblos se encierren cuando aparece un virus parece ser una respuesta automática, natural, lógica al miedo a lo desconocido. Es hasta bíblico el mandato a “refugiarse cerrando las puertas tras de sí hasta que pase la ira del señor”. Pero que se acepte una disposición legal que obligue a ello cuando la cantidad de muertes representa porcentajes irrelevantes, es un fenómeno novedoso. Allí hay necesariamente una evolución de las relaciones políticas que merecen ser abordadas positivamente.

La cuarentena obligatoria lleva ya más de un mes de declarada en Argentina y parecería tender a extenderse. Junto con ella, otro fenómeno ha emergido también sosteniéndose: el aplauso. Originalmente surgido como reconocimiento al personal de salud, incorporó a los pocos días el fomento a acatar la medida. Y sin mayores preámbulos, terminó por instalarse convirtiéndose en una práctica celebrada cada día a la misma hora. Una práctica rutinizada.

Pero en política nada es casualidad y mucho menos en lo que respecta a prácticas sostenidas en el tiempo. El pensamiento social debería entonces poner sus ojos de sospecha sobre el aplauso. No para negarle su carácter humanitario, sino para no olvidar que no es natural, obvio ni neutral. ¡De hecho, diversos cacerolazos emergieron mostrando que esta era otra posible reacción en el marco del decreto de constreñimiento general! Mostrando que había en el aplauso un posicionamiento que no era simplemente un agregado de individuos golpeando sus manos en gesto humanitario, que había algo más.

Ciertamente, aplauso y cacerolazo ni son pares antitéticos en sus motivaciones, ni son las únicas posibles reacciones, ni son fenómenos omnipresentes a lo largo del país. Sin embargo, abstraídos de la pluralidad de posibles sentidos mentados y tomados analíticamente como fenómenos puros de muestra de apoyo social o bien muestra de rechazo social, pueden conducirnos a una interesante interrogación en torno a cómo es posible que haya emergido una muestra de apoyo a lo que sea que fuese, en un contexto de privación de las “libertades individuales” – y ni hablar de quienes se sumaron al #YoMeQuedoEnCasa o en su versión imperativa #QuedateEnCasaPelotudo.

Esto debe ser subrayado: que durante una cuarentena obligatoria haya gente que salga a sus balcones a aplaudir es un evento político en sí mismo a reflexionar, no para realizar una tipología de motivaciones sino para ofrecer alguna línea que resuelva tal posible paradoja política. Entonces ¿En qué suelo de condiciones emerge este fenómeno novedoso de señal de apoyo social durante un tiempo de privación y aislamiento? ¿Cómo es posible que aplaudamos en tiempos de constreñimiento?

II

Si hablamos de política, hablamos de poder. Y si hablamos de poder, también de gubernamentalidad. Pero volvamos sobre el poder. Como Foucault ha insistido, la cuestión del poder no debe ser estudiada localizando una entidad que esparce su influencia sobre todo el cuerpo social echándolo bajo una red cada vez más y más ajustada. En cambio, el poder debe entenderse en clave relacional. Una relación en la que intervienen sujetos e individuos y en la que se direccionan o determinan los comportamientos en torno a una serie de fines comunes. En este sentido, el poder es el ejercicio de gobierno, y la posibilidad de que tales relaciones sean ejercidas es la gubernamentalidad. Así, el refinamiento que observamos en la historia de las tecnologías políticas responde a un incremento progresivo en la cantidad de objetos que ingresan en tal esfera. Un gran quiebre se produjo en esta historia fue cuando la propia vida se consideró pasible de ser gobernada. Allí fue cuando surgieron los dispositivos de higiene, previsión y seguridad social bajo las que vivimos. En otras palabras, la biopolítica.

El aplauso requeriría entonces contextualizarse aquí. Nada hay por fuera de la historia ni la cultura. Y todo ejercicio de poder político tiene su fundamento. El aplauso no es mero humanismo, no es reflejo automático, no es resignación ante el poder por el miedo que genera la pandemia. Es lo propio de una sociedad, sí. Aunque de un tipo específico de sociedad, la que Burroughs y Deleuze han denominado sociedades de control. Una sociedad caracterizada precisamente por no requerir instituciones de reclusión para asegurar su continuidad y reproducción, para procurar su propio bien. Caracterizada, al contrario, por preferir extender los cuidados, el trabajo y la instrucción, al domicilio ¡Más claro que el festejo durante el tiempo de quedarse en casa, ¡imposible! Allí entonces, en donde nos resulta obvio el aplauso, yace el modo distintivo de nuestro gobierno.

Dos aclaraciones. Primero, esto no significa el abandono de las técnicas propias de la soberanía estatal o de la disciplina. Segundo, estas relaciones, en tanto relaciones, habilitan la posibilidad de resistencia y rebelión, de decir “¡No, ya basta!”. Lo curioso de la situación es que la sociedad argentina, caracterizada por una historia de grandes movilizaciones, ha aceptado manifestarse políticamente desde sus balcones, quedarse en su casa aún sin estar declarado el estado de sitio. Y más curioso aún que hay gente que en este contexto, aplaude.

III

Ver el aplauso en esta clave podría también permitirnos observar matices en otras cuestiones que preocupan en tiempos de cuarentena. Asociados, en general, al vínculo entre Estado e individuos. ¿Hemos aceptado un superpoder ejecutivo? ¿Estamos habilitando mayores formas de vigilancia que podrían ir contra nosotros mismos? ¿Vamos hacia una sociedad de un “Gran Hermano” digital? En fin ¿el deseo de seguridad irá contra nuestra “libertad”? En ellas, parecería sobrevolar una mirada unidireccional y no relacional del poder, por la cual supone que este radica dado y completo en quien lo ejerce verticalmente. Sin embargo, observando que el sujeto se desenvuelve en una dinámica de relaciones de poder en la que el par se co-constituye, constatar mayores atribuciones en determinadas instituciones políticas no es sinónimo de un avance intencionado sino de un proceso de habilitación, concesión, aceptación, pero también resistencia y de eventual sublevación. Así, la esfera política transitaría no ya en el seguro camino de expansión de sus redes estrangulando al individuo, sino el incierto filo entre no ajustarse a las exigencias propias de las relaciones biopolíticas a las cuales está sujeta y confundirse con mecanismos disciplinantes.  La expresión de lo político en los balcones a través de aplausos y cacerolas podría demandar y habilitar más una política de plumas que de bastones, más de control que de vigilancia.

¿Por qué y por quién se aplaude? Como las campanas de Hemingway, pareciera que algo de ese aplauso es por nosotros mismos. Por el tipo de sociedad que queremos y por la forma que aceptamos que adquiera el ejercicio de poder.

[i] Lic. en Ciencia Política (UBA). Estudiante de la maestría en Políticas Educativas (UTDT) y del Prof. Superior en Filosofía (ISP-JVG). Presidente de Asoc. Civil “Tutoría Siglo XXI”

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