Despertar a un mundo dormido

Por Cristian Secul Giusti[1]

“Simplemente son canciones.
Pero están bien hechas.
Tienen lindas melodías, lindos arreglos,
pegan, tienen polenta. Eso es eficiente.”

Charly García (1981)

En 1981, la edición de Peperina consolidó la popularidad de Serú Girán y continuó el tono musical de Bicicleta (1980) y La grasa de las capitales (1979). Tanto Charly García como David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro se mostraban “súper conformes” con lo compuesto y grabado, y la crítica especializada remarcaba el avance cada vez más masivo de sus presentaciones en vivo.

Los meses que recorrieron el quinto año de la última dictadura cívico militar (1976-1983) fueron volátiles y cambiantes. En marzo de 1981 el dictador Roberto Viola reemplazó a Jorge Rafael Videla en el cargo “presidencial” de facto e intentó darle un cauce de “normalidad” al régimen. Sin embargo, tras ocho meses de intentos de gestión, una purga interna lo sustituyó por Leopoldo Fortunato Galtieri en diciembre del mismo año (pocos meses antes de la trágica guerra de Malvinas). Entre tanto, la economía del país se encontraba en un retroceso feroz tras la implementación de políticas neoliberales llevadas a cabo por José Alfredo Martínez de Hoz (“José Mercado”, según Serú Girán) y continuadas por Lorenzo Sigaut y Roberto Alemann.

Como señaló el periodista Alfredo Rosso, los comienzos de la década del 80 significaron un hartazgo generalizado con la dictadura y “su maquinaria de discursos, promesas, mesianismos, censuras, represión y demás y que ya el aparato gubernamental se estaba empezando a desgastar, con los comienzos de otra crisis económica, que iba a manifestarse meses más tarde”. En cierto modo, Peperina apuntó a una visión más optimista y expectante sobre el futuro en la década del ochenta.

Este material, producido íntegramente por la banda y editado por su sello “SG Discos”, patentó la expresión que aún hoy los denomina como “Los Beatles argentinos”. Y en palabras de Charly García, el álbum logró unificar todas las estéticas musicales de la banda y alcanzar un nivel de justeza en lo sonoro: “Peperina es más Serú, y además tiene tempo perfecto (que ningún LP lo tuvo) por el metrónomo”.

Al disco lo integran once canciones: “Peperina”, “Llorando en el espejo”, “Veinte trajes verdes”, “Cinema Verité”, “José Mercado”, “Salir de la melancolía” (García), “Parado en el medio de la vida”, “Cara de velocidad” (Lebón), “Lo que dice la lluvia” (Aznar), “Esperando nacer” y “En la vereda del sol” (García/Lebón).

La última canción, especialmente, incluye una notable influencia de música brasilera en su construcción y expone una lírica de incertidumbre, creencia y lectura del hastío generalizado. Ya desde su título, la canción apela al sustantivo “sol”[2] con el propósito de crear una figura luminosa y de color que resplandece y salva. Por ello, a partir de la primera persona se destaca una intención inapelable en un contexto dictatorial: el hecho de “salir a ver la calle” y escaparse de una situación puntual.

En la primera estrofa, el protagonista se muestra ansioso por la salida y sostiene que hay otras personas que se encuentran “tocando aquella canción” que no siente cercana o no le pertenece: “Ya ves, no tengo nada que hacer en esta función, no quiero conocer a nadie”. Desde ese plano, no es casual que se determine a la realidad (o lo que sucede en ella) a partir del concepto “función”, que refiere a una situación de espectáculo, simulacro o puesta en escena.

Este inicio profundiza las diferencias existentes con un entorno que lo afecta, y que lo obliga  a salirse y enunciarse desde “la vereda del sol que ya va a nacer”. Ese yo se encuentra ubicado en un lugar germinal y potencial que plantea un reinicio de prácticas desde otro lugar: “Nacer, dar media vuelta al cordón para no volver”.

“La vereda del sol”, por cierto, es la del nacimiento y la que lo sitúa en una instancia opuesta, un espacio que busca un horizonte de libertad y autenticidad, y se diferencia del aprisionamiento y la impostura de esa gente que toca una canción que no es propia: “Mirar toda la fiesta de afuera, buscando la emoción verdadera”.

Esa “fiesta” que se mira de afuera parece pertenecer a aquellos que disfrutan de un espectáculo reforzado, simulado, de múltiples ficciones y de alcance amplio: “Lejos los barcos llevan las fiestas hacia el mar. Ella tira monedas al agua, con el viento sus enaguas blancas, despiden al amor que se ha ido, en busca de ese tiempo perdido”.

En este sentido, se incluyen ciertas ambigüedades. La tercera persona (“ella”) alude a una mujer desconocida que se encuentra frente al mar y que, frágil ante el viento, se manifiesta en busca de un “tiempo perdido”. Ese enunciado, a su vez, se enlaza con la “emoción verdadera” que se persigue y que refiere, tal vez, a las instancias de una libertad que se procura con ansias. Asimismo, la presencia de “los barcos” permiten pensar en el exilio en tiempos de dictadura, y tanto la alusión a “las fiestas hacia el mar” como la aparición de la despedida parecen referir a un alejamiento de territorio. Mientras que el protagonista decide posicionarse “en la vereda del sol”, otros/as deciden escapar y abordar esos “Autos, jets, aviones, barcos” (Serú Girán, 1978).

Sin embargo, más allá de las dobles interpretaciones, el protagonista afirma estar lejos de los cauces del mar: “Yo estoy volviendo al pueblo allá abajo, los primeros habitantes salen, a celebrar el sol de los vivos, a despertar a un mundo dormido”. Así, se evidencia que “la vereda del sol” ya no es un refugio único y privado, sino que hay otros/as que logran captar nuevas ideas y abrazar ese “sol de los vivos”.

En el cierre, la canción ya no manifiesta una distancia con las personas (antes decía “no quiero conocer a nadie”) ni tampoco exhibe cierta retórica indiferente. Se habla de “celebración”, “vivos”, “pueblo”, volver y “despertar”. El propósito, por lo que se advierte, se orienta a la persecución de una libertad esperada y un festejo despabilado, conectado, a fin de “despertar a un mundo dormido”. En esa línea, la letra no solo manifiesta una postura a favor de la vereda del sol, sino también recalca una voluntad de desperezamiento y una búsqueda de luminosidad que se contraponga a la oscuridad.

[1] Doctor en Comunicación – Docente (UNLP).

[2] La temática del sol se encuentra presente en el discurso del rock argentino desde sus inicios. Vale recordar los títulos de algunas canciones: “Salgan al sol (Billy Bond y la Pesada del Rock and roll, 1972)”, “Padre sol, madre sal (Color Humano, 1972)”, “Será que mi canción llegó hasta el sol (Luís Alberto Spinetta, 1983)” o “Cae el sol (Soda Stereo, 1990)”, entre otros.

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