Angustia en cuarentena: entre el acting y la salud mental

Por Vera Casanovas[1]

La comunicación ya está haciendo lo suyo y la polémica entre salud y economía se le suma a la de la angustia en cuarentena. Pero ¿De qué se trata esta angustia? Qué hay detrás de este mensaje que enciende la llama a pensar, de manera ¿inocente y despreocupada? que la salud mental importa, que debemos ocuparnos de ella.

Conocidos fueron los dichos de una periodista que cruzó a Alberto Fernández durante la última conferencia de prensa en la que anunció, entre otras cosas, la ampliación de la cuarentena hasta el 7 de junio. Allí, se habló de la angustia ¿Qué lugar ocupa en toda esta compleja trama? ¿Cómo concebir y saber costear la angustia sin descreer de las medidas sanitaristas que se están tomando para que el virus no nos deje patas arriba? ¿Para quiénes es válido hablar de angustia? ¿El costo es igual para todxs?

Silvia Mercado, periodista de Infobae, le hizo una pregunta al presidente durante la última conferencia que no lo dejó callado, y las repercusiones no tardaron en llegar: “Presidente, ¿Evalúa también consecuencias emocionales y psicológicas?, realmente hay mucha gente angustiada. No tiene que ver con lo político (no me parece por lo menos), tal vez en algún sector. No me parece que tenga que ver con lo político la «angustia» de mucha gente. Me gustaría por favor señor presidente si puede darnos un mensaje al respecto”, fulminó Mercado.

Para analizar esta frase, para ir más a fondo, para intentar aportar desde una mirada menos biologicista sobre la cuestión, es necesario ir por partes. En primer lugar, es importante decir que la angustia existe. Para algunxs más, para otrxs menos, pero allí está, levitando en una coyuntura de la que poco sabemos sobre el futuro.

Ahora bien, no todxs pueden pensar en esta angustia del mismo modo. Muchos les temen a las consecuencias ecónomicas, otrxs a enfermarse, también por qué no a la carga que conlleva poder enfermar a un otrx. Y también, sí, está la incertidumbre de qué pasará con el futuro y cuál será el momento de volver a sentir un abrazo.

Por otro lado, no hay que dejar de pensar en quien dijo las palabras y con qué objetivo. Bajo un manto de preocupación, Mercado hizo la gran jugarreta de los medios masivos de comunicación que quieren que la cuarentena se levante: atacar con una pregunta que a todxs nos toca, apelar a la supuesta empatía, con voz de perrito mojado

Sin embargo, la pregunta de Silvia Mercado podría haber sido direccionada de otro modo, y se habría ahorrado la contestación de Alberto, que apeló a lo sanitario por sobre lo psicológico. ¿Hablan con especialistas que aborden la salud mental? ¿Se conciben las consecuencias de la cuarentena a nivel emocional? ¿Cuál es el rol de lxs psicoanalistas? Entre otro sinfín de posibles modos de abordar una preocupación genuina, existente, y que no se puede ignorar: la angustia.

Desarmando conceptos

La cuarentena trajo entonces otra dimensión a esta encrucijada, a esta dificultad de transitar el encierro, y se corrió, tan sólo por un instante (aunque todo tiene que ver con todo) de la dicotomía salud-economía.

Para complejizar esta cuestión de las repercusiones en la salud mental, de la importancia de la misma, e intentar romper con el biologicismo sin caer en el extremo anticuarentena, hablé con la psicoanalista Lucía Renzetti[2], que abordó la temática a partir de concebir la salud mental como un proceso integral, en términos de que está compuesta por factores sociales, psicológicos y biológicos y que, además, es dinámica en su concepción.

Ahondemos ahora, sobre algunos conceptos. En primer lugar, sobre la angustia: “Es muy difícil generalizar algo del orden de la angustia, porque siempre es algo propio del sujeto, muy singular, caso por caso, y de alguna manera, si uno generaliza la cuestión de la angustia, se borra la cuestión del sujeto”, precisa Renzetti.

En esa misma línea, el psicoanalista destacó la situación de incertidumbre general y detalló que la pandemia genera la sensación de pérdida de control sobre la vida de uno, y la sensación de no poder proyectar, planificar un futuro. “Entonces, esa incertidumbre quizá genera mucha ansiedad en algunos sujetos, y hay manifestaciones de ese tipo, distintas en cada uno, y también hay gente que está disfrutando de la situación, pero no se puede desconocer una cuestión de época que tiene que ver con esa sensación de vulnerabilidad e incertidumbre que más que nada genera ansiedad y con eso, angustia”, subrayó.

Lo coyuntural se suma a la cuestión de época, a un sistema que nos estructuró de un modo, y que unx desde sus propios lugares, vínculos, experiencias de vida, condiciones económico sociales, construyó subjetivamente. El control no estaba, pero creímos que estaba. El control nunca lo tenemos del todo, pero ahora parece más lejano, bajo un velo que no puede poner fecha exacta para que esto termine, y con ello, construya una “nueva normalidad”.

Por otro lado, no todas las edades –si bien no es una regla que valga para todxs- conciben, experimentan, reaccionan del mismo modo a la angustia, que, para muchxs, se trasluce en la ansiedad ¿Pero es sólo la edad lo que marca un “destino” para el malestar? Sin duda, no lo es, y Lucía nos lo explica muy bien, pero basta de recetas contra lo que nos atraviesa.

La singularidad como punto nodal de la salud mental, es una de las claves para dejar de anclarnos en un discurso productivista. El discurso de época, también, debe problematizarse a través de lo que se espera de nosotrxs: hacer, hacer, y hacer. Aún en el ocio, aun estando solxs.

“Dar una receta tiene que ver más con un discurso que se sostiene de productividad, para aprovechar en cuarentena a hacer todo lo que no hacés durante el año: pintar, leer, hacer ejercicio. El psicoanálisis propone salirse un poco de esas recetas superyóicas e ideales de la época, para abrir un hiato, un espacio en el que el sujeto pueda hacer o no hacer, y en ese punto va a estar siempre bien. Salirse de ese discurso de la exigencia y del ideal de lo que se espera, lo que está bien, para que cada uno pueda encontrarse con lo que le pasa y hacer ahí como pueda, no hay una evaluación o expectativa en ese punto”, puntualiza Lucía.

Al respecto, la profesional sostiene que quizás haya gente que le sirva ponerse una rutina, organizarse, y sentirse mejor, pero para otrxs eso mismo se vuelve una exigencia que provoca ansiedad y angustia, o cierto malestar: “Siempre es caso por caso, en ese punto el psicoanálisis ha hecho un movimiento importante, habilitando la cuestión de la comunicación virtual, que era algo que antes se tenía entre ceja y ceja, muy restringido, y desde ese punto se habilitan espacios para estas singularidades, para salirse de ese discurso tan alienante y que tanto malestar produce”, ejemplifica.

El nuevo challenge: sobrevivir

La virtualidad surge, en esta época, como benefactor de muchas cuestiones, sin duda, pero también construye discursos donde circunscribirse, donde “está bueno estar”, y donde también podemos atravesar malestar. “Challenge” de influencer, desafío de 1 hora de ejercicio por día, que mirá lo que pinté. Y así, sin más, la angustia de no poder, no querer, no estar cumpliendo con eso “que hay que hacer en cuarentena”.

Pero para analizar la angustia, también es necesario concebirla de manera amplia. Hablar del malestar, del psicoanálisis, de las consecuencias de la pandemia sin pensar en la condición de clase, sería no sólo sesgar, sino también desconocer y arrinconar realidades, construyendo desde un lugar que nos cabe a todxs, cuando lo que menos cabe en Argentina es hablar de homogeneidad.

“La angustia, esta cuestión de hacer ejercicio, etcétera, tiene también que ver con una realidad donde una clase media, media alta, con ciertos recursos, que posibilita este tipo de malestar de alguna manera. Cada realidad cultural, además de la singular, influye en lo que uno pueda o no pueda hacer en cuarentena y en cómo viva la cuarentena”, manifiesta Renzetti.

La posibilidad de malestar es de todxs, pero no se manifiesta del mismo modo. Por eso no hay recetas, por eso no hay medidas que quepan y challenges que alcancen a todas las realidades. La democratización del sentido, del alcance de la comunicación, y de compartir ciertas inquietudes y preocupaciones según la edad existen, no hay que desconocerlo. No obstante, tampoco hay que pensar que siempre hay que partir de allí para construir un nuevo modo de “ser y estar en cuarentena”, donde una vez más se canalizan todas las expectativas de época, donde predomina en el sistema un hacer constante que no nos permite, ni siquiera, sentirnos mal en paz.

¿Tiene acaso el mismo costo la angustia de la cuarentena para alguien que no está pudiendo llevar un peso a su casa que para alguien que se angustia por no poder ver a sus amigxs? Sí, porque en el primer caso, se pone en juego la supervivencia ¿Esto deslegitima “ciertas angustias” en detrimento de otras? No. Toda angustia es válida. Lo que juega acá es algo distinto: la empatía y el reconocimiento de lxs otrxs, el lazo social, el comprender que ciertas angustias deben resolverse con mayor rapidez puesto que el hambre no se toma descanso.

Productividad intelectual y conclusiones

En el caso de lxs niñxs, la productividad también es un tema que se exacerbó, en general, durante la cuarentena, agregando el componente especial de la preocupación por los contenidos escolares.

“Este furor de productividad y hacer cosas que valga la pena en la cuarentena, también afecta a lxs niñxs en términos de lo que se les exige para las escuelas, dentro de la casa, y obviamente elles también están atravesados por esta singularidad y por todo esto tan desconocido. Es bueno pensar que es una buena oportunidad para que puedan aprender otro tipo de cosas más allá de los contenidos escolares: cómo se cuida una casa, cuidar a los animales si es que tienen, la importancia de la higiene, la convivencia. Hay que recortar esta cuestión de ´Se van a perder contenidos de la escuela´. No todo son los contenidos de la escuela, se pueden aprender otras cosas, se comparten, y estar atentos a las manifestaciones que pueden tener en términos de ansiedad o angustia porque tal vez no están tan atravesados por el lenguaje, y es bueno estar advertido y prestar atención, acompañar sus procesos”, relata Lucía Renzetti.

Lo que resta por marcar ahora es qué hacemos con eso que pasa, nos recorre, existe y se manifiesta con todas las singularidades propias de cada sujeto. Para eso, me parece que hay que volver al principio de la cuestión: ¿Está la salud en términos biológicos por encima de la mental?

Hay una corriente hegemónica de la medicina tradicional que pone el acento en las causas biológicas por encima de cualquier otra. Con ello, también hay un negocio: atender a un problema que se manifiesta en el cuerpo con un medicamento, un tratamiento, una pastilla. Ahora, el psicoanálisis viene a romper con esa idea de que el malestar está en el cuerpo sólo porque hay causas biológicas que lo provoquen.

El cerebro, como motor, funciona mandando señales al cuerpo y a veces la angustia, la ansiedad, la depresión, o cualquier otra manifestación, se traduce en el cuerpo porque hay algo que el cerebro detecta que no está bien. Además, no debe olvidarse que la memoria y las percepciones tienen un lugar predominante en nuestra conformación humana y que, por tanto, si algo nos hace sentir mal, nos provoca un malestar, la primera reacción es la defensa. Pero la defensa tiene sus complejidades, porque lo que no reconocemos, lo que reprimimos, también tiene consecuencias en nuestra subjetividad.

Sin adentrarnos en cuestiones de mayor complejidad, lo que hay que marcar entonces es que la salud mental también nos influye, importa, nos marca, y que más allá de la complejidad que requiera una situación de emergencia como la actual, en donde lo biológico prima porque no hay otra estrategia que valga, no debemos dejar de crear nuestros propios modos de afrontar y experimentar del mejor modo posible el encierro. Como dice Lucía, “el Estado nacional de alguna manera abraza a los sujetos y los contiene”, pero aún así, es necesario analizar “costos y beneficios” de lo que el encierro nos produce, y buscar alternativas que, sin poner en riesgo nuestras vidas y las de los demás, no dejen de lado la salud mental.

 

[1] Lic. en Comunicación Social/Prof. en Comunicación Social UNLP

[2] Lucía Renzetti: Psicoanalista argentina. MP 54 727

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