Dictador, tibio y comunista

Por Quimey González

En el número anterior de microdebates conversamos sobre el liderazgo del Presidente, Alberto Fernández, en este contexto de pandemia. Más días de cuarentena y aislamiento caldearon la radicalización de posturas desde entonces. Algunxs le han puesto el cuerpo y llevaron a la plaza sus ansias de libre circulación. Atrás parece haber quedado también la cobertura comprensiva del empresariado mediático. Al mismo tiempo, las injusticias sociales desbordan la capacidad estatal y evidencian una vez más que hasta el virus entiende bien de desigualdades.

En este contexto, el presidente -electo por voto popular en primera vuelta hace siete meses- busca sostener el comando discursivo, político y de gestión. Tres acusaciones simultáneas se lanzaron contra él en estas semanas: “vivimos en una infectadura que no nos deja circular”; “es un tibio socialdemócrata que no enfrenta a lxs empresarixs”; “esto es el comunismo, quieren expropiar las empresas”. Así, Alberto encarna tres males simultáneos y, por cierto, un tanto contradictorios entre sí. Sin embargo, nos animamos a decir que algo de razón anida en esas acusaciones.

Decíamos en la edición pasada que había algo del Leviatán de Hobbes en el liderazgo albertista en medio de la pandemia. Esta veta hobbesiana del asunto es la que, para algunos, da cuenta de un peligro de dictadura: se concentra el poder en un soberano omnipotente. Pero el asunto puede complejizarse. Si continuamos con la lógica de las tres acusaciones, podemos pensar el liderazgo de Alberto también como una tríada.

Por un lado, es claro que el poder de Alberto como soberano en la emergencia se vincula de forma casi directa con una perspectiva que entiende a la autoridad como ejercicio del poder de decisión. Así, quien decide en una situación de excepción evidencia que ejerce la autoridad, que es el soberano. Es el argumento de Carl Schmitt. Un posicionamiento conservador, preocupado por el orden y la unidad, enraizado en una mirada esencialista de lo nacional. Sin embargo, el estilo particular de Alberto parece sustanciar su autoridad en una dinámica del consenso. Más que fundamentar su legitimidad en la potencia de la decisión, busca insistentemente lograr el acuerdo con otrxs, a los que reconoce como distintos de sí. Encuentra poder en el reconocimiento de la pluralidad y la acción común. En ese sentido, el presidente parece más cómodo con la argumentación de Hannah Arendt.

En tercer lugar, el presidente de todxs también se posiciona desde el antagonismo social. Denunciando a los “miserables”, promete cuidar a los “vulnerables” en el camino hacia una sociedad más igualitaria. Aquí se distancia del orden y el consenso, de la unidad esencial o lo común plural, para reconocer que el poder también se explica por la dominación de unxs sobre otrxs. La tradición russoniana, jacobina, que en el siglo XX encarnó Lenin también dice presente en el discurso de Alberto.

Pero cómo, ¿es un conservador, un pluralista o un leninista? ¡Todo junto no se puede! No, pero sí. Sí, pero no tanto. Para abordar una respuesta tentativa, deberíamos preguntarnos por el Frente de Todxs o, más bien, el “movimiento nacional y popular”, del que Alberto es referente en este momento.

Reacio a los encasillamientos conceptuales, el hacer político suele tratarse más de acompasar tensiones y articular heterogeneidades que de representar identidades fijas y programas preclaros. En ese sentido, Alberto no expresa otra cosa que las propias tensiones y la heterogeneidad del “movimiento”. En él anidan tendencias conservadoras, progresistas y radicales (en el sentido cierto y no boina blanca del término). Algunxs se identifican más con ideas de nacionalidad como entidad esencial -anterior y superior a toda división política-, buscando restituir la armonía del conjunto; otrxs prefieren tomar caminos de progreso, valorizando lo institucional como forma de viabilizar la concertación de las pluralidades que habitan lo común; y otrxs se paran desde el señalamiento de la injusticia social y sus responsables para pugnar por cambios radicales y soluciones definitivas. Lo interesante es que, en verdad, cada unx hace suyo, en parte, los postulados de lxs otrxs. Es decir, no existen “puros” conservadores, progresistas o radicales. Dicho fácil, el “movimiento” no será nunca una sola cosa, sino una constante disputa por el sentido. Es esa disputa lo que lo mueve.

Pero hoy el “movimiento” tiene un centro articulador. Y ese centro es Alberto. Entonces, volvemos, ¿es conservador, pluralista o comunista? Dijimos que un poco las tres. Sin embargo, el liderazgo de Alberto también tiene su centro: se autopercibe socialdemócrata, progresista, pluralista. Y desde ahí reconoce tanto la necesidad de asumir la decisión, como de enfrentar la desigualdad.

Ahora bien, cabalgar tensiones políticas es un desafío cuyo devenir resulta siempre incierto. Por eso, Alberto enfrenta las acusaciones que mencionábamos al principio sabiendo que algo de cierto hay en ellas. Se posiciona desde su centro, dentro del movimiento que lo contiene, y desde allí encarna liderazgo presidencial de tres cabezas: proclama una “Argentina Unida” contra un enemigo externo e invisible, asumiendo la autoridad ante la emergencia; convoca a entablar consensos entre propios y adversarios, priorizando el entendimiento institucional en pos de la acción común; pero además reconoce el carácter desigual intrínseco de la sociedad y señala a lxs “miserables”, insolidarios.

Finalmente, aunque Alberto tenga su centro en el pluralismo consensual y progresista, define una frontera que separa a lxs otrxs: el virus y lxs miserables. Porque, como dice Casullo (María Esperanza), “populistas somos todxs”. Y, como no hay populismo sin mito, cabe preguntarse entonces ¿cuál es el mito albertista? Te cuida el Estado. Del virus y de lxs miserables, te cuida el Estado.

Queda por verse si este mito podrá ordenar y orientar al “movimiento” y su pueblo. Para eso tendremos más microdebates.

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