Yo, virtual

Por Camila Rodriguez Nardi

La cuarentena no llegó solamente con recetas de masa madre y rutinas de funcional en casa. Expuso, con una contundencia indiscutible, la interminable lista de desigualdades y vulnerabilidades que hay entre los argentinos. Trabajadores informales, trabajadores en negro, desempleados, familias hacinadas, familias sin acceso a servicios básicos, mujeres y niñes conviviendo con sus abusadores, lamentablemente, la lista es larga. El número de contagiados en las villas, así como el número de denuncias por violencia de género refuerzan una obviedad: el aislamiento obligatorio no nos pega a todos por igual. Hasta acá nada nuevo bajo el sol.

¿Cuál fue, entonces, el elemento novedoso que estos meses de aislamiento dejan en evidencia? Lo digital. Seamos justos, novedoso en sí no es, ya hace más de 30 años ocurrió la Revolución Tecnológica y hoy difícilmente encontremos a alguien que no reconozca la importancia del mundo virtual en su vida. Digo que es novedoso porque alcanzó ámbitos de la vida cotidiana que hasta ahora se mantenían exentos: educación, consultas médicas, trabajo, gimnasia, sexo.

Si antes de la pandemia nuestras vidas giraban en torno a una pantalla, hoy es imposible imaginar un día con el WiFi caído. Desde actividades esenciales como el trabajo o la educación hasta el ocio o la socialización con los otros, tan importantes en el contexto de aislamiento y angustia que atravesamos. El acceso a la tecnología y la presencia en el mundo virtual se revalorizan como nunca ¿Cómo continúan con el ciclo lectivo estudiantes que no pueden acceder al programa de educación a distancia del gobierno? ¿Cómo mantienen el vínculo con sus amigos si no los ven en la escuela y no tienen un dispositivo donde hacer una videollamada? ¿Cómo conviven tres o cuatro hermanos haciendo tarea con un único teléfono Smart con datos móviles en la familia? Buen momento para agradecer las Conectar Igualdad, no?

El universo de lo digital, en tanto acceso, consumo y participación virtual, es un issue para atender con urgencia. Propongo distinguir dos dimensiones: el acceso al capital tecnológico como un derecho humano, y la centralidad de la esfera digital en tanto formación del sujeto.

Por un lado, el acceso a dispositivos electrónicos y a la banda ancha. Probablemente hace 10 años nos parecía un privilegio o un lujo el WiFi público en las ciudades y la tenencia de celulares Smart, pero hoy es una necesidad latente ¿Regular estatalmente la producción y los precios de los teléfonos inteligentes? ¿Invertir en WiFi público y gratuito en las villas y los barrios vulnerables? ¿Modernizar el sistema de atención de salud público para que las guardias tengan la misma atención a distancia que las prepagas? ¿Por qué no? Las condiciones de vida cambian y las necesidades lo hacen a la par. Encarar un escenario pospandémico y poscuarentena sin las herramientas necesarias para adaptar el modo de vida anterior a la virtualidad suena difícil.

La segunda dimensión es tal vez la más complicada: comprender cómo y en qué medida el plano virtual de la vida condiciona y afecta nuestra propia subjetividad y existencia. El grado de participación en la “esfera digital”, el modo de acceso e intervención específico, las reglas de juegos establecidas en las redes, el contenido al que estamos expuestos en la red, son algunos de los elementos que determinarán quiénes somos.

Hace muchos años la academia y la investigación social reflexionan sobre las diversas aristas del espacio virtual. Hoy el ambiente público no existe, con excepciones de comercios y trabajos esenciales, y el privado está reducido a cuatro paredes. El virtual es el predilecto, Twitter y Zoom reemplazaron la charla de pasillo en el trabajo sobre lo que pasó el finde ¿Cuántas cuentas nuevas de Twitter, IG, Zoom, Tik Tok y Telegram se abrieron en las últimas semanas? ¿Cuántos nuevos grupos de chat se crearon para compartir películas, series, libros, recetas, nudes y pornografía? ¿Cuántos nuevos perfiles de Tinder para combatir la ausencia del encuentro físico y casual de los fines de semana en bares y boliches?

Cuánto de todo esto perdurará una vez que se supere la tan anhelada nueva normalidad no lo sabemos, pero si algo es claro es que la tendencia es a instalarse cada vez más permanentemente. Por supuesto que no es necesariamente algo malo o peligroso, así como tampoco es positivo solamente por su condición de novedad. Es un fenómeno para atender. Si una persona promedio pasa entre 6 y 8 horas al día en línea, no podemos subestimar los efectos que tiene sobre ella, ni sobre el entramado social al que pertenece ¿Qué pasa con la privacidad y el uso de datos personales al que acceden las empresas dueñas de las redes en las que tenemos perfiles? ¿Quién controla la circulación de fake news? ¿Quién protege a los menores en las redes sociales?

Si la pandemia y el aislamiento nos dejarán alguna enseñanza o hilo del cual tirar para comprender las dinámicas que operan en el ambiente digital no lo sabemos, pero me animo a decir que estamos más cerca de romper la vieja dicotomía público-privado para ubicar al espacio digital como una esfera integradora, dinámica y superadora de la tradicional tensión entre la calle y la casa. Hoy la calle está prohibida, la casa aburre e Internet parece la salvación. Estemos atentos de sus dinámicas y efectos.

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