Dark, por eso entra la luz

Por Cristian Secul Giusti[1]

“Mi mundo se ha hecho pedazos/
Si pudiera encontrar una manera…”

“If I Could Turn Back Time”
Cher (1989)

Antes que nada, un aviso: escribir sobre Dark no es escribir sobre la serie. O quizás sí, pero sólo un poco, una pizca, un atisbo, una pitada de pucho caído. La referencia, casi siempre, se va para otro lado y nos metemos de lleno en las consideraciones sobre el tiempo, el pasado, el presente, el futuro y los gusanos cotidianos que nos obligan a encontrar continuidades y a sufrir lo ya vivido, acumulado, tumbado en el tránsito de la reiteración.

Más allá de la trama atractiva ideada por Baran bo Odar y Jantje Fries, el guión afilado con largas revisiones y el cierre de la(s) historia(s) en la tercera y -al parecer- última temporada, lo que queda siempre es la sensación de vivir un constante ir y venir por mundos posibles. Observamos universos forjados a fuego lento y también a puro vértigo, con causa y efecto, con lo dicho y no dicho, más sujetos a un cauce ya escrito que a una decisión propia y emancipada.

En esa especie de diálogo tensionado entre contextos que abordan sombras, trasluces y acontecimientos que resultan irrevocables (se repiten una y otra vez, con mínimas distancias), la serie de Netflix cobra una relevancia filosófica muy interesante. Ya no sólo por sus líneas reconocibles (de Hegel a Marx, de Kant a Nietzsche, de Schopenhauer a Heidegger, de Sartre vuelta a Hegel y así, de red en red), sino por la multiplicidad de citas y refranes que forman una telaraña muchas veces asfixiante. En esa apelación a la filosofía (y a la política, claro), lo que se muestra es que la angustia muchas veces promueve cierto alivio y que la reflexión sobre nuestro estado de gracia o desgracia merece ser pensado.

En ese curso, Dark despliega diferentes formas de entender los escenarios actuales (que nunca son únicos) y de percibir los estados sociales de fractura y fragmento (virtual y con imágenes congeladas, ya que estamos). Hoy por hoy, el asunto está muy pandémico, sin dudas, pero también ligado a formas de un pasado que ya estaba despierto antes de este cataclismo mundial.

En esa onda, los retornos fantasmales se enredan y los bucles temporales se actualizan, se estacionan alternativamente (muchas veces como un Déjà vu intenso) y las narrativas se cruzan hasta confundir. Ese caos completo, como se advierte, no es sólo ficcional o de literatura conmocionante. Es, más bien, una posibilidad real, tangible, visible a los ojos en este ruido fuera de quicio.

Las experiencias de la cotidianidad, de nuestro deambular convivencial o de nuestras nociones y tediosas incertidumbres políticas, por ejemplo, nos hablan más de contingencias históricas que de certezas establecidas, sostenidas por un Carpe Diem imperante. En Dark, los aullidos del pasado no cesan y los espantos del futuro (que llegó, hace rato) parecen más caldeados que dormidos. En el desequilibrio de las secuencias, sin embargo, hay perseverancias e intersticios que permiten colar transformaciones. A veces, de manera sencilla, muchas veces demoradas, pero nunca insignificantes o sin desafíos.

Esa combinación de ahogos y mareos es, además de todo, una apelación a hacerse cargo del presente y pasar lista propia ante la serie de tormentos pasados y también proyectuales que nos atraviesan. En la metáfora del tránsito entre contextos (de finales de siglo XIX y mediados de Siglo XX, a principios del Siglo XXI y quién sabe qué más), hay más que un abordaje temporal de inquietudes ficcionales. Se exhibe, en definitiva, una acumulación de restos y desechos de la cultura, la politicidad, del arte, el consumo, la felicidad, el odio, el artificio.

Tanto en el desangrado como en la restauración de la historia universal se conjugan muchas palabras, y también se revelan decisiones, opciones, obligaciones, posturas, estilos, miserias. En esa lógica de resto (de materia circular, de verbo andante) se ve, en términos de Eduardo Rinesi, el destino mismo. En ese designio, tal vez, lo que se repite es una sola cosa: volver, estar siempre volviendo (no sólo para atrás, también para adelante).

Dark, en reglas generales y al borde del spoiler, es una total revisión de casos que se suceden por inercia y se conmueven por acciones de personas que no dejan nunca de buscarle la vuelta al rollo, al serpenteo del tiempo. Y nosotros, como los personajes, vamos y venimos. Vamos a ese futuro, lo vemos y nos asustamos, también. Caemos en la cuenta del presente y desconocemos si estamos frente al espejo o el espejismo. Pensamos cómo salir, pero también cómo entramos, de qué modo se encendió todo, cómo fue que perdimos por completo el control (o si lo tuvimos alguna vez).

La serie, ahora que pienso, es un gran embrollo, pero también una enorme pregunta que empuja al horizonte y busca la salida. Es un disparador fuerte que mete los pies en el barro y sacude. Y va de un plano al otro, de una cinta a otra, con gente cada vez más mutante, dispersa, adhesiva, expectante. Porque aunque parezca todo consumado, se vea laberíntico, diga menos de lo que puede decir o avance a tientas con minutos que se sienten triunfantes, los segundos también juegan su partida.

[1] Doctor en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP).

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