El gobierno de los científicos

Por Axel Cherem

Si tuvieron la posibilidad de leer la segunda entrega de #Microdebates, seguramente pudieron conocer el abordaje realizado en el rol de la política sobre los avances tecnológicos a partir del contexto actual del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) y el futuro cercano, cuando el distanciamiento social sea la norma. A partir de este escenario, mi propuesta es la de retomar un concepto abordado en la primera entrega de #Microdebates, aquella que postulaba el “gobierno de científicos” como un concepto más amplio a decir “políticxs escuchando científicxs”.

En el año 1991, el filósofo, sociólogo y antropólogo Bruno Latour, relató el momento en el que Thomas Hobbes propuso la ciencia del Estado como una iniciativa que unificara el cuerpo político para emancipar al ciudadano de las lógicas divinas. Al poco tiempo, la Royal Society intervino y separó el saber (ciencia) al laboratorio y el poder (política) al Estado como respuesta al inicio de lo que, tiempo después, desembocaría en el contractualismo. “Verán doble”, advirtió el escritor al Rey, en plena guerra civil, ante lo que se denominó “secularización”, es decir, la separación, en el ideario social, del conocimiento y el poder. La particularidad, que señaló Latour, es que Hobbes no utilizó la opinión, la observación o la revelación para construir la Ciencia del Estado, utilizó un cálculo matemático.

Casi 400 años después, las sociedades actuales conviven con la idea de que la “ciencia” y la “política” son esferas separadas y eso ha devenido en criterios valorativos que se sostienen con mucha fuerza. La política, a grandes rasgos, es catalogada como un concepto antiguo, crispante y corrupto en el sentido común. Esta caracterización ha promovido la figura del “outsider”, gente no-política que viene a “reparar” a la política. En este grupo identificamos a figuras como Macri, Trump o incluso Bolsonaro.

Por otro lado, la “ciencia” está asociada más al futuro (ni siquiera al presente), a lo sorprendente y hasta a lo incuestionable. El sector privado ha sabido cooptar este campo y ha construido un universo a raíz de los modelos de negocios tech. Recientemente hemos presenciado, al margen de cualquier pandemia, el lanzamiento del “Crew Dragon”, financiado por la empresa SpaceX, la cual lidera el CEO de Tesla, Elon Musk.

La pandemia acelera todo

Llegamos a la actualidad. Un mundo paralizado por la transmisión de un virus que reúne diversas características que lo hace complejo de abordar. La situación (geo)política se ha transformado y, muchxs auguran, que nuestra cultura va a cambiar para siempre. Todo producto de un objeto de estudio de la biología.

La pandemia ha reforzado el concepto del “gobierno de científicos” no sólo como un slogan de las últimas elecciones nacionales, sino como una estrategia discursiva para dotar de fiabilidad, las decisiones del gobierno argentino ante el ASPO. El crecimiento de figuras como la Dra. Carla Vizzotti, Vice-ministra de salud, o el Dr. Pedro Kahn, titular de la Fundación Huésped, no es producto exclusivo de la pandemia sino de una estrategia, en conjunto, entre ciencia y política.

Pero… ¿cuál es la estrategia? Podríamos sostener un proceso doble: por un lado, es la de politizar la ciencia, es decir, dotar de relaciones de poder la acción de producción de conocimiento. El reciente anuncio de un kit de detección de COVID-19 llamado ELA-Chemstrit tuvo dos elementos distintivos: la participación de dos universidades públicas (UNQui y UNSAM) y que su producción es 100% nacional. La visibilidad de intereses, relaciones de poder y estrategias de emancipación dota a la práctica científica de un contenido “politizable”.

El otro proceso es el de calcular la política, es decir, dotar de elementos “científicos” las lógicas de definición en esa esfera. Quizá ya lo hemos naturalizado, pero el indicador de duplicación de casos que el presidente Alberto Fernández ha explicado, en diversas conferencias, es el determinante de muchas definiciones políticas, podríamos decir que la más importante, sobre las fases del ASPO en el país. Algunos medios lo han denominado como “el número mágico”. ¡Qué ironía!

Tanto la politización de la ciencia como el cálculo de la política representan estrategias riesgosas, porque buscan romper esta secularización. Podríamos sostener que el primer proceso ha devenido en críticas al “Konicet” o en denominaciones como “Infectadura”. Por otro lado, la “cientifización” de la política deviene en críticas asociadas a la tecnocracia o a prácticas deshumanizantes, “gobernar mediante una planilla de Excel”.

La tecnología como síntesis

En el año 1969, el filósofo francés, Gilbert Simondón, propuso la “historia moderna de la técnica” como proyecto revisionista de la Ilustración. Esta propuesta sirvió de inspiración para pensadores como Gilles Deleuze o el mismo Bruno Latour. Es así como la tecnología no se propone como algo externo al ser humano, sino que es la cristalización de intenciones, de poder, de cultura, en fin, de humanidad.

¿Qué significa esto? Que la tecnología, logos de la técnica, puede ser la síntesis que ayude a dirigir las fricciones que se presentan en este escenario que propone “el gobierno de científicos”. La tecnología, desde la escritura hasta el algoritmo, no está por afuera de la política ni la ciencia, ambas constituyen el mismo campo. Es así como se vuelve necesario discutir el marco sobre el que se van a discutir las futuras leyes y reformas que se darán (o ya se están dando) sobre la tecnología y nuestra vida cotidiana.

Estado tecnocrático y Justicia Social

Seguramente, esta propuesta de discusión no sea la más urgente o la más presente en el día a día. Pero la tecnología y las ciencias son un tema descuidado (y hasta minimizado) en la esfera de discusión política. Quizá por no contar con herramientas o una tradición que las posicione como algo más que “un medio” para lograr un fin.

Mediante estas palabras, finalizo con otro gran desafío: pensar el Estado como ordenador de la sociedad que se viene. La novedad reside en si creemos necesario pensar un Estado, mediado por la tecnología, como organizador de las relaciones de dominación entre seres humanos y la naturaleza.

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