Anclado en 1990

Por Federico Rodríguez Lemos[1]

Hay marcas que heredamos. Las cicatrices y las glorias que nuestros antecesores nos legaron, nos atraviesan y nos es imposible librarnos de ellas. Lo que debemos es portarlas con orgullo y recordarlas a menudo para no olvidarnos de nosotros. El mundial de Italia 90 es una de esas marcas.

Hoy, a 30 años de esa competencia que enamoró a los argentinos desde su canción oficial, es imposible no recordar esos partidos y a la vez re-pensar el contexto argentino e internacional en el que se enmarcó el torneo. En nuestro país, el menemismo se encontraba en su primer año de gestión, en el que había implementado el plan Bonex, aquella conversión forzosa de los plazos fijos por bonos y ya había tenido tres ministros de economía (Miguel Roig, Néstor Rapanelli y Herman González).

En lo deportivo, el equipo de Carlos Bilardo iba a defender el título conseguido en México 86 pero sin tantas luces como aquel. Ese plantel, con mayoría de jugadores defensivos y de lucha, iba con la difícil misión de la conquista del primer bicampeonato y no empezaría nada bien. Ante los ojos del mundo, Camerún daba un golpe durísimo y le ganaba 1 a 0 en el debut de la competencia. Carlos Menem, presidente de la república, se encontraba en la cancha mientras en el país empezaban los rumores de la venta de ENTEL (la ex Empresa Nacional de Telecomunicaciones) a Telefónica, iniciando la oleada privatista.

La derrota ante los africanos puso en estado de alerta al técnico, tanto es así que luego de ese partido, se reunió con sus dirigidos y les dijo que en caso de quedar eliminado en primera ronda, “iba a secuestrar al piloto y tirar el avión”. Los jugadores se rieron pero Bilardo se mantuvo serio. Su preocupación y su obsesión por hacer un papel digno, lo llevaron a realizar cinco cambios (Monzón, Serrizuella, Olarticoechea, Troglio y un tal Claudio Paul Caniggia) para el partido siguiente.

El rival de turno era nada más y nada menos que la Unión Soviética, uno de los grandes popes del mundo que estaba a meses de desintegrarse (cuestión que ocurrió en diciembre de 1991). Pedro Troglio y Jorge Burruchaga le dieron respiro a la selección en la victoria 2-0 ante los soviéticos. La selección no convencía y sumado a eso, se produjo la lesión de Nery Pumpido, uno de los héroes cuatro años antes. En su lugar, entró Sergio Goycochea a los 11 minutos y con un par de intervenciones magistrales empezó a desandar el camino de su leyenda. La Argentina, a pesar del triunfo, todavía no sabía si iba a clasificar a la segunda ronda.

En el cierre de la primera fase nos tocaba la dura Rumania. Su combativo conjunto era un fiel reflejo de la situación política y social que se vivía en ese territorio. Un año antes, la ex república soviética había sido testigo de la caída del gobierno de Nicolae Ceausescu, líder dictatorial de corte netamente stalinista, quien fue ejecutado junto a su esposa. Tanto Bilardo como el plantel sabían que una derrota iba a ser el fin de la aventura mundialista pero a la vez un empate los clasificaba. El gol de Pedro Monzón trajo oxígeno en medio del peleado encuentro pero rápidamente empataron los rumanos y aparecieron los fantasmas de la eliminación.

Finalmente, el partido terminó en tablas y Argentina accedió a la segunda ronda. Bilardo no iba a tirar ningún avión pero nos tocaba Brasil en octavos de final. El superclásico sudamericano había tenido antecedentes recientes (0-0 en 1978 y derrota 1-3 para los nuestros en 1982) pero era la primera vez que se enfrentaban en una instancia de mano a mano. Además el partido iba a jugarse en Turín, terreno hostil para Diego, símbolo amado del sur italiano pero aborrecido por los poderes del norte. El conjunto brasileño que desbordaba de figuras había ganado todos sus partidos de primera fase aunque cada uno de ellos por la mínima diferencia. Aún así, les alcanzaba para darle forma a la ilusión de conseguir el título esquivo desde 1970.

En los primeros minutos del partido, nuestra selección jugó decididamente mal y a Brasil solo le faltaba convertir. El dominio fue abrumador y los nuestros no daban muestras de reacción. Los palos, la mala puntería carioca y alguna intervención salvadora de Goyco evitaron una goleada histórica. Para colmo, Maradona llegaba con lo justo por su tobillo maltrecho.

La esperanza se mostraba rubia y corría como hija del viento. Diego lo supo más que nadie cuando tomó la pelota en el mediocampo a falta de diez minutos para terminar el partido, se sacó de encima a tres rivales y le dio el pase más exquisito a Caniggia (construyendo así su mejor jugada de ese torneo). Una vez en el piso, Diego rogaba profanamente para que el milagro se produjera. Caniggia no pateó, espero esquivar a Taffarel, lo desairó, convirtió y terminó de edificar quizá la victoria más injusta de la historia de los mundiales. ¿Qué importa? Argentina estaba en cuartos de final. ¿Qué hay de bidón del que tomó Branco? Solo risas socarronas, leyenda urbana y la eterna duda.

Los pasos siguientes

El próximo escollo era Yugoslavia, equipo de un país que como casi toda Europa, estaba sufriendo transformaciones a pasos agigantados. En ese mismo año hubo elecciones en Croacia y ganó un partido nacionalista liderado por Franjo Tudjman, que abogaba por la independencia croata de la federación yugoslava. Eran los primeros pasos de un conflicto sangriento. Mientras tanto, la pelota rodaba en medio de un clima convulsionado. El equipo argentino no le encontraba la vuelta a su rival pero tampoco era vulnerado. El partido culminó en un 0-0 apretado. A penales.

La tanda empezó bien para la Argentina por el remate de Stojkovic que se estrelló en el travesaño. Luego, el penal atajado a Maradona y el disparo de Troglio en el palo pusieron mucho suspenso a la definición pero allí apareció Sergio Goycochea. El oriundo de Lima, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, había llegado a Italia siendo tercer arquero pero ante la baja de Luis Islas (Bilardo le dijo a Islas que sería suplente de Pumpido y el ex arquero de Independiente decidió irse), Goyco se había convertido en la primera opción de cambio.

Brnovic fue su primera víctima. Abajo y a la derecha se tiró el vasco más argentino y detuvo ese penal. Ahora el equipo iba por la victoria. Dezotti puso el 3-2 y luego Goyco completó el pase a semifinales volando hacia su izquierda y conteniendo el tiro de Hadzibegic. Lo demás es historia, el arquero héroe y el país ante un nuevo prócer deportivo. Por el otro lado, el conjunto de serbios, croatas, bosnios, macedonios, montenegrinos y eslovenos lloraban su derrota sin pensar que llorarían mucho más en meses. Años después, el por entonces técnico de Yugoslavia, el bosnio Ivica Osim declaraba lo siguiente: “Creo que las cosas en el país hubiesen sido distintas si hubiésemos jugado la final o ganado el mundial. Quizás no hubiese habido guerra”. Por esa vez. el fútbol no pudo comérselo todo.

El torneo transcurría en sus instancias decisivas. El local, urgido de una victoria en su casa como había ocurrido en 1934, se iba a enfrentar a la Argentina detentora del título en búsqueda de la final. La cita que enfrentaría a los últimos dos campeones del mundo se iba a dar en el Estadio San Paolo de Nápoles. Diego, venerado en esas tierras, iba a enfrentarse al público que lo veía hacer genialidades cada domingo en el Calcio. Schillaci abrió el marcador para los azzurros en la primera mitad y cuando se pensaba que Italia iba a liquidar el partido y pensar en la final, otro vasco magistral, esta vez Olarticoechea tiró el centro desde la izquierda y Caniggia de cabeza y de espalda al arco, empató dejando su último sello en la copa. Igualados. Sí, penales otra vez.

Serrizuela, Burruchaga y Olarticoechea nos pusieron 3-3. Le tocaba a Donadoni. Goycochea se tiró hacia su izquierda y sacó la pelota a un costado. El italiano se arrodilló presagiando el futuro fatal. Después Maradona logró su único gol (aunque no oficial) de ese mundial poniendo en ventaja al equipo argentino. El jugador italiano Aldo Serena estaba enfrente de la pelota, apenas de pié por la tensión. Goyco, animal de instinto, empezó a contenerle el penal desde que Serena se paró enfrente de él. Argentina iba hacia una nueva final.

Héroes igual

¿El rival? Nuevamente, Alemania. Así como en el Estadio Azteca, argentinos y teutones se enfrentaban en el Olímpico de Roma. Y no era cualquier Alemania, era la Alemania Federal. La Alemania Democrática había quedado afuera en las eliminatorias. Todo un signo de época con el muro de Berlín derribado apenas siete meses antes. En el estadio, miles de alemanes e italianos rompieron en insultos y silbidos al himno argentino. Maradona, enfrente de las cámaras, insultó para siempre a los agraviantes. Siempre desafiante, siempre distinto.

La selección repleta de sanciones no pudo contar con varios jugadores vitales, entre ellos Caniggia. Un equipo diezmado, sin una idea clara en ofensiva, con más corazón que elegancia se enfrentaba al orden alemán dirigido por Beckenbauer. En todo momento, los europeos superaron en juego a la argentina. Alguno dirá que no fue penal de Sensini y es cierto. Otro hablará del penal no cobrado a Gabriel Calderón que pudo haber puesto en ventaja al equipo del narigón y tendrá más razón pero la verdad es que el mexicano Codesal solo vio una infracción que Andreas Brehme transformó en gol a cinco minutos del final. Victoria alemana y principio del karma para nuestro seleccionado (nos ganaron la final de 2014 y nos eliminaron en instancias anteriores en 2006 y 2010)

Aún hoy duele ver a Diego llorando como un chico en la premiación a los campeones pero la película debe verse completa. El equipo llegó más alto de lo que se esperaba en un contexto nada sencillo. Anclarnos en ese mundial es recordar el logro a pesar de. Quizá el mundial más argentino donde los dioses pagaron cuentas y entendimos que además de emocionarnos en la victoria, nos glorifican con lágrimas en dignas derrotas.

[1] Licenciado en Comunicación Social (UNLP) – Periodista

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