¿Se puede tolerar el odio?

Por Dylan E. D’Adderio[1]

Hace tiempo vivimos en una sociedad a la que por un lado se le pide tolerancia a la diversidad y por el otro se la envuelve con mensajes de odio, que naturalmente chocan entre sí. ¿Hay que aguantarlo? ¿se le puede, o mejor dicho, se le debe poner un freno? ¿hasta dónde es posible tolerar el desprecio?

Es bien conocida la paradoja de la tolerancia, ensayada por el filósofo austríaco Karl Popper en 1945, en la que afirma que, si una sociedad es demasiado tolerante, esa capacidad es destruida por los intolerantes. A modo de respuesta, el autor ensaya una paradoja y destaca que la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia para mantenerse tolerante. Más allá de este enredo de palabras y de paradojas que parecen más difíciles de asimilar que el final de la serie alemana Dark, la cuestión es bastante más sencilla: o se corta de raíz con los mensajes de odio o la sociedad se vuelve intolerante, cosa que pone en jaque a la democracia.

Ahora bien, Internet y sus redes sociales nos hacen poner todavía más el foco sobre estas cuestiones. Y es que la red de redes nació con esa idea de libertad; o mejor dicho de libertinaje, en donde no importa lo que digas, ni lo que hagas, ni quien seas: siempre va a haber un interlocutor posible. A veces pareciera que todo está permitido: lo malo, lo bueno, lo legal y lo ilegal.

En la red social Twitter, por ejemplo, los mensajes de odio están a la orden del día. Todos los días vemos tuits con miles de likes con discursos homofóbicos, gordofóbicos, misóginos, racistas, xenófobos. Los destinatarios de estas injurias siempre son los mismos: “los pobres”, “los negros”, “los putos”, “las mujeres”. Como en la vida misma, bah.

Sin embargo, vale destacar que dicha red social es bastante más superficial que otras y hasta un poco más regulada (algunas veces recogen el guante y suspenden o banean cuentas). Páginas como Taringa, Voxed o algunos foros de Reddit (por hablar de Argentina), parecen propiciar discursos de odio constantemente en donde, tal vez por el mayor anonimato, son una moneda mucho más corriente. Ni hablar de páginas con llegada internacional como 4chan y todas sus derivadas.

***

Hay lugares donde sobra odio

Vayamos a un caso. En un reportaje reciente con Álvaro Vargas Llosa (hijo de Mario), el ex presidente Mauricio Macri dijo que el gobierno actual intenta avanzar sobre las libertades, y luego lo reafirmó en su cuenta de Twitter. Esto fue el 8 de julio, previo al Día de la Independencia, que incluyó algunas movilizaciones en contra del Gobierno, y finalizó con agresiones al móvil de C5N y al periodista Ezequiel Guazzora. Paradójico: marchas que pedían “libertad de expresión” (aunque estrictamente eran marchas anticuarentena) terminan con manifestantes arremetiendo contra periodistas.

Por supuesto tampoco hay que buscar el mensaje único. Es sabido que para una democracia las opiniones distintas resultan fructíferas y son necesarias, y que dentro de esas opiniones disímiles lo ideal es buscar consensos. Pero en el otro extremo están las Patricia Bullrich, actual Presidenta del PRO, provocadora nata, que buscan la caotización para poder sacar rédito tanto personal como partidario. Estos dos personajes nefastos que nombramos (tampoco nos olvidamos de Fernando Iglesias y la sarta de innombrables) buscan agitar la violencia como forma de hacer política y muchas veces utilizan las redes sociales como medio para hacerlo.

Entonces, ¿es muy loco pensar en restringir los mensajes de odio a través de la web y de los canales de comunicación? Retomando a Popper, ¿no es hora ya de poner freno a la intolerancia de una vez, para tener sociedades un poquito más justas y más tolerantes, pero que a la vez no toleren el odio? Las preguntas son retóricas, pero por las dudas, para no agarrar a nadie desprevenido las contesto. Sí, es hora, como dice Alberto Fernández: hay que terminar con los odiadores seriales.

 

*La imagen que ilustra este texto es de Bernardino Ávila

[1]     Periodista Deportivo y Estudiante de Licenciatura y Profesorado en Comunicación Social (UNLP)

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