Ir a más: rock argentino, baile y democracia

Por Cristian Secul Giusti[1]

La recuperación democrática de 1983 reconfiguró el espacio que el rock argentino tenía en la cultura oficial del país y resignificó las prácticas y las experiencias de sus seguidores/as. Así, se produjo una auténtica revalorización del baile y se le dio una popularidad inusitada al movimiento, entendiéndolo como un elemento que representaba el espíritu general de las juventudes y buena parte de la sociedad. Las nociones y las puestas en ejercicio del baile, por tanto, acompañaron de un modo significativo los cambios de sensibilidad que tuvieron lugar en la sociedad argentina post-Malvinas e incluyeron momentos de participación y/o demandas populares.

Desde sus posturas artísticas, estéticas y líricas, los/as artistas comprendieron al acontecimiento-baile como testigo de transformación y como una práctica que se reinsertó en el mundo del rock con dos intenciones esenciales: 1) consolidar los procesos democráticos y 2) acompañar los desafíos en pos de la defensa de la libertad, luego de años de terrorismo de Estado (1976-1983).

Tanto la caída de la dictadura cívico militar como el regreso democrático generaron una reconfiguración en los/as oyentes de rock. La amplia difusión de los discursos y las sonoridades del rock argentino revalorizaron las nociones del baile como fundamento para liberar el cuerpo y colocarse en un rol activo en virtud de los espacios de libertad. En este sentido, la actitud persuasiva e impulsiva de la cultura rock forjó un impacto de realidad y conciencia política, y el simbolismo del baile incrementó las virtudes de la democracia política, activa y cultural en relación con la transición a un nuevo estado de derecho.

El rock-pop se apuntaló con la idea del baile y buscó posicionarse en contra del Estado autoritario, las prohibiciones militares, las restricciones personalistas y las sociedades conservadoras. Tanto Virus como Charly García (en plan solista), Los Twist, Viudas e Hijas de Roque Enroll, Fabiana Cantilo, Los Abuelos de la Nada y Soda Stereo, por ejemplo, fueron las figuras que más desafiaron las estructuras tradicionales del rock argentino[2]. A partir de la invitación, la alusión discursiva y la intención bailable, trazaron aullidos humorísticos, certeros, ambiguos, distintivos que criticaron la falsedad social y la inauténtica armonía en tiempos posdictatoriales: el rock, desde la parodia, la exageración y la apariencia insustancial interpeló a las juventudes y la mayoría de las esferas o distinciones trans-generacionales.

Bailando hasta cambiar la piel

La experiencia democrática permitió integrar, al menos, dos voluntades relevantes en la década del 80: la convivencia con las situaciones críticas y terroríficas provocadas por el régimen militar, y la exaltación de los derechos humanos como discurso de resistencia, sensibilidad y justicia. Ambas líneas influyeron fuertemente en el desarrollo de la ciudadanía a partir de 1983: se admitió la existencia de un Estado interventor que aún se vinculaba con conductas autoritarias (referidas a las interposiciones golpistas y rupturistas de las sucesivas dictaduras en la historia argentina), pero que, asimismo, destacaba búsquedas de justicia en virtud de las nuevas pretensiones paradigmáticas de las nociones democráticas.

El rock, desde su instancia masiva, discursiva y práctica concibió a la democracia como un proceso de disputa y construcción permanentemente. De esta manera, el espacio del baile se conformó como un lugar de lucha por la democracia, que colocó a prueba la validez de las normas extendiendo sus límites y ampliando sus posibilidades (se conquistaron derechos irrenunciables y se construyeron áreas de ciudadanía crítica).

La consideración del baile como concepto y eje particular del divertimento acompañó de un modo significativo los cambios de sensibilidad que tuvieron lugar en la sociedad argentina post-Malvinas, en momentos de participación y peticiones populares. El alcance democrático logró la reconciliación del rock con el baile y cierta idea de danza celebratoria del cuerpo.

No obstante, vale destacar que hacia finales de la década del 60 y durante la totalidad de la del 70 (dictadura incluida), el imaginario del rock argentino no pensaba el baile como una actividad elemental para la vida social de las personas. De esta forma, los más tradicionalistas enfrentaron a la música disco tomando como punto de controversia la figura del actor John Travolta, protagonista emblema del film Fiebre de sábado por la noche (estrenado el 20 de julio de 1978).

Según esa perspectiva crítica, el espacio de la discoteca corría a las juventudes de los recitales y no permitía la formación de un sujeto colectivo y pensante como el que se podía encontrar “en los conciertos” (esto último puesto bien entre comillas). Como bien describió el investigador Sergio Pujol, la portada de Expreso Imaginario “trajo un retrato fotográfico de Travolta…con un tomate estallando muy cerca de su sonrisa. El tomate era el revés del aplauso, en una larga tradición teatral”[3].

Expreso Imaginario – Septiembre de 1978

Liberador y democrático

Según el periodista Eduardo Berti, hasta el conflicto de Malvinas (1982), el rock argentino había sido fundamentalmente no-bailable, ya que los recitales eran concebidos como una estética de misa: la gente, contenida por la represión externa, escuchaba sentada, y en reverencia[4]. Muy por el contrario, tras el conflicto bélico, el rock local pasó a ocupar lugares que antes eran considerados como espacios “enemigo”. Las radios, en primer lugar, la televisión, en segundo lugar (aunque más lentamente), y las discotecas, por último[5].

Si bien en los primeros años de la “transición democrática” la relación entre el rock argentino y la cultura del disco se afianzó, no todos sus integrantes se mostraron de acuerdo. Los más conservadores criticaron a los nuevos exponentes del rock que incitaban al baile y peyorativamente los tildaban de “divertidos”, frívolos”, bailables”, “plásticos”. Sin embargo, los denominados “herejes del rock” reivindicaron más aún su capacidad de adecuarse a los nuevos tiempos: se asumieron “modernos”, “nueavoleros”, “hijos del pop” y se mostraron a favor de sonar en las discotecas[6].

Esa propuesta rockera (en clave pop) giró en torno a la revalorización de la civilidad y el Estado de derecho, pero también se opuso a las injusticias, los autoritarismos, las opresiones y las formas residuales del terrorismo de Estado (discursos demonizadores, imperativos, absolutistas y prejuiciosos).

El baile, como espacio igualitario y liberador, se consolidó como un escenario de transformación y albergó distintas disidencias en su interior. A partir de las prácticas (conflictuadas, tensionadas, nunca estables), esas figuras del rock idearon tácticas tácitas y/o expuestas, y desplegaron estrategias discursivas y producciones de sentido en vínculo directo con letras que repelían el pasado y reafirmaban un presente liberador y democrático.


[1] Doctor en Comunicación – Docente (UNLP).

[2] El caso de Miguel Abuelo es paradigmático porque fue uno de los padres fundadores del movimiento rock-beat hacia finales de la década del 60.

[3] Pujol, Sergio (2005). Rock y dictadura. Editorial Emecé. Buenos Aires.

[4] Berti, Eduardo (1994). Rockología, documentos de los ’80. Beas Ediciones. Buenos Aires.

[5] Rodríguez Lemos, Federico y Secul Giusti, Cristian. (2011) Si tienes voz, tienes palabras: Análisis discursivo de las líricas del rock argentino en la “primavera democrática” (1983 – 1986). Buenos Aires, Facultad de Periodismo y Comunicación Social. Universidad Nacional de La Plata. Tesis de Grado.

[6] Pujol, Sergio (1999). La historia del baile: de la milonga a la disco. Editorial Emece. Buenos Aires.

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