¿La gente ya no lee?

Por Dylan E. D’Adderio[1]

Hay una frase que todos y todas escuchamos alguna vez: “la gente ya no lee”. Más allá del sentido común —o sea, fuera de cualquier dato empírico y comprobable— que posee esa expresión, ¿Qué tanto de cierto tiene? La realidad es mucho más compleja y analizable de lo que parece. Las locuciones por “boca de ganso” o de “charla de cafetín” sólo sirven para crear ese discurso del que hablamos, pero que difícilmente constaten o verifiquen si algo es verdadero o falso.

Planteo una hipótesis: ¿Qué tal si la gente sí lee, y tal vez como nunca? Las redes sociales, tanto Facebook, como Twitter, y hasta Instagram, en menor medida, nos ofrecen muchas lecturas, a veces impulsadas desde los propios usuarios y otras por canales masivos. ¿Podemos decir que los relatos que hizo @sebrobles de “Animales Sueltos” no son literatura?, ¿o que los posteos de @periodistan_ sobre África y Asia tampoco lo son?, ¿qué decir de @TallerFilosofia y sus intervenciones filosóficas a cargo de Diego Singer? (de la plataforma del pajarito en estos casos). Y ni hablar de las webs periodísticas —guiño, guiño—, los diarios digitales, los blogs, y todo lo que podemos encontrar en la vasta red de redes.

Dentro de la frase nombrada también está esa palabrita tan usada y tan poco explicada: gente. ¿Quién es la gente?, ¿yo soy la gente?, ¿vos sos la gente?, ¿todos podemos ser la gente? Si fuera esta última, ¿Englobar a todos tiene algún sentido? Sin determinar sectores sociales, hábitos, consumos, franja etaria, y una larga lista de etcéteras, sólo se embarra el concepto, y por lo tanto se lo hace más indefinible.

Una arista clave para analizar cuestiones de lectura es el económico. El acceso al objeto libro, más allá de la pandemia que atravesamos, es algo muchas veces dificultoso; y es que con ejemplares desde $700, y en general superando los $1000 —a riesgo de quedarme desactualizado rápidamente—, la adquisición de libros nuevos se transforma en un lujo para pocos. Eso, sumado a las innumerables ofertas —a veces gratuitas o de fácil acceso— audiovisuales, televisivas o radiales, más el poco apoyo al formato, genera el cóctel perfecto para que se disminuya su consumo.

Una opción viable son las tiendas de segunda mano, donde se consiguen, en general, a buen precio; pero hay que saber buscar. Uno no siempre consigue lo que quiere y difícilmente encuentre novedades en este tipo de librerías. Aunque también son lugares para sorprenderse, y gratamente, de lo que se puede hallar allí: ediciones raras o limitadas, joyas ocultas, y clásicos de todos los géneros. Y al ser “usados” dentro de ellos muchas veces encontramos dedicatorias, anotaciones, cartas de amor y hasta reclamos, que en general le dan un valor emocional a dicho objeto.

Veamos algunos datos. En el censo realizado en Argentina en 1869 el resultado arrojaba un analfabetismo del 77,6%, que en 1895 pasó a ser del 53,3%. Para 1914 estábamos en 35,1% y en 1943 en 16,6%[2]. Llegando a 1990 el porcentaje bajó a 4,5%[3], y en las últimas mediciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) se estimó que hay un 99% de la población alfabetizada[4].

A esto hay que sumarle la promulgación de la Ley de Educación Nacional (n° 26.206), sancionada bien entrado el siglo, la cual proclama que “la educación y el conocimiento son un bien público y un derecho personal y social, garantizados por el Estado”, y hace obligatoria la finalización del secundario —sí, aunque parezca sorprendente esto pasó recién en el 2006—. Estos números son para dimensionar cómo, a través de los años, la población en su conjunto fue siendo alfabetizada e, indefectiblemente, propensa a leer cada vez más.

Mitos y refutaciones

Que la lectura nos hace más inteligentes es un mito. Leer es un hábito y se lo tiene si se lo estimula, y no se lo tiene si no se practica; por supuesto: no aparece por generación espontánea. Pero, ¿Quién dice que leer porque sí, cualquier cosa, te hace más inteligente? Hay libros y libros, autores y autores. Algunos memorables, sublimes, ingeniosos, que pueden cambiar nuestra percepción del mundo o dejarnos pensando largo rato. Otros, que su lectura no nos produce más que un desagradable recuerdo, si es que tenemos el estómago suficiente para terminarlos.

Un libro es un soporte y, como tal, no tiene per se el agregado de hacer más inteligente a alguien. Esto es una verdad “de perogrullo”, no puede sorprender a nadie, pero sin embargo es necesario aclararlo ante tanta desinformación dando vueltas. Un libro no es ni más ni menos que un disco de música, una computadora o una televisión. Es por ello que lo que importa realmente es el contenido, si este es interesante, divertido, aburrido o regular, o pongámosle la valoración que se quiera.

Otro factor clave es su formato irreemplazable. Tener un libro es una pieza de valor, incluso más allá del precio. El arte de tapa, el tamaño y el peso son algunos factores que determinan la querencia de su poseedor. “Hemos visto que los soportes modernos se vuelven rápidamente obsoletos. ¿Por qué llenarnos de objetos que podrían quedarse mudos, ser ilegibles? Hemos demostrado la superioridad de los libros sobre cualquier otro objeto que nuestras industrias de la cultura han puesto en el mercado en estos últimos años”, afirma Umberto Eco en Nadie acabará con los libros (2009).

Y es que hay formatos posteriores que hoy son sólo un recuerdo. Ejemplos sobran, como el famoso Sistema de Video Doméstico —conocido por sus siglas en inglés VHS—, que servía para pasar películas y que generó la prosperidad de los videoclubes; que luego cayeron en desgracia junto con estos entrados los 2000’, siendo reemplazados por los DVD’s. Estos, a su vez, sustituidos parcialmente por el Blue-ray y masivamente por el servicio de streaming. “Y yo que di mi primer beso con los discos de vinilo, quién diría que hoy escucho en compactos a Gardel”, decía Alorsa, de La guardia hereje, en su canción “Clase 70” (2005). Hoy seguramente diría que lo escucha por Spotify o Youtube.

Cristina Fernández en la presentación de Sinceramente en La Plata

Pero volvamos a los libros. El año pasado sucedió algo muy particular con Sinceramente (2019), de la actual vicepresidenta Cristina Fernández. En una semana se transformó en Best Seller agotando sus primeros 60 mil ejemplares [5] y generando un boom en las librerías. Una pregunta posible que surge de esto es ¿La “gente” no lee o lo que está en el mercado no satisface sus demandas? O mejor aún: ¿A la “gente” no le interesa la lectura?, ¿hay suficiente promoción de esta?, ¿es necesaria una transformación en la cultura literaria?

Estas, y otras preguntas más, quedan propuestas. Si estás leyendo esto, es porque tal vez esté en lo cierto. O tal vez el quid de la cuestión pase por otro lado y sea como dice Alejandro Dolina, que queremos haber leído, pero no leer. Pero eso, muchachas y muchachos, es otro cantar. A lo mejor para otra nota. 


[1]     Periodista Deportivo y estudiante de Licenciatura y Profesorado en Comunicación Social (UNLP)

[2]     Repositorio institucional del Ministerio de Educación de la Nación: “El analfabetismo en la Argentina”, pp. 13-16. Recuperado de http://repositorio.educacion.gov.ar/dspace/handle/123456789/99070?

[3]     Repositorio institucional del Ministerio de Educación de la Nación: “Panorama a 1990 de la situación educativa en el contexto mundial”, pp. 4. Recuperado de: http://repositorio.educacion.gov.ar/dspace/handle/123456789/95353

[4]     https://datosmacro.expansion.com/demografia/tasa-alfabetizacion/argentina consultado el 4 de agosto de 2020.

[5]     Sánchez, Matilde (2 de mayo de 2019). “’Sinceramente’, el libro de Cristina Kirchner, un éxito editorial sin precedentes”. Diario Clarín. Consultado el 4 de agosto de 2020. Recuperado de: https://www.clarin.com/cultura/sinceramente-exito-editorial-precedentes_0_jFVnkHzuF.html

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