LA GLORIOSA UOM (parte I)

Por Esteban Sargiotto[i]              

A principios del siglo XX la Argentina era todavía un país agroexportador. El sector industrial representaba un porcentaje muy pequeño del PBI y no era gravitante en la economía del país, dominado por la ganadería y el comercio de granos. La historia, como sabemos, no es estática y hacia el período de entreguerras y en particular hacia los años 30, comenzó lo que se conocería como un período de sustitución de importaciones, que dio los primeros pasos para el crecimiento de una industria nacional de mayor relevancia, aunque aún con sus limitaciones y de difícil comparación a la que experimentaba Europa o los Estados Unidos.

Para la década del 40, parte de la economía argentina se encontraba nacionalizada, con una alta intervención estatal y una incipiente industria que posibilitó que creciera lentamente la población obrera industrial. En 1935, los establecimientos fabriles eran 38.000, y para 1956 ya alcanzaban los 86.000. En términos de trabajadores industriales el paso fue de 460.000 en 1935 a 1.100.000 en 1946.

En el país existía ya una larga tradición de organización de los trabajadores, por un lado traída de Europa, y, por otro, nacida de la propia experiencia organizativa nacional previa a la oleada inmigratoria. Los principales sindicatos del país tenían diversas publicaciones y organizaciones en su lengua nativa: en 1882 se había fundado el Club Vorwarts, de inmigrantes alemanes y que más tarde daría nacimiento al Partido Socialista, La Liberté y Le Revolutionaire eran nombres de periódicos obreros, al igual que El Descamisado, primer periódico anarquista, que data de 1879, y que hacía referencia a los sans-cullotte de la revolución francesa. Un centro anarquista italiano se apodaba “Ne dio ne padrone”

En 1857 se fundó el primer sindicato del que se tenga registro: la Sociedad Tipográfica Bonaerense. Ese mismo año, se fundó la Sociedad de Zapateros San Crespín, una mutual de oficio. Entre 1870 y 1890 el fenómeno creció exponencialmente: se fundaron los sindicatos de marmoleros, tipógrafos, panaderos, conductores de ferrocarriles (siendo su principal gremio La Fraternidad, que aún existe), carpinteros, marmoleros y un sinfín de oficios.

Ya para 1891, además, se fundó el primer germen de una central sindical: la FTRA, Federación de Trabajadores de la República Argentina. Le siguió la FOA, en 1901, que en 1904 pasaría a llamarse la FORA, que duraría por muchos años y cuya mayoría era anarquista. Esta central fue la predominante hasta 1930, cuando se fundó la CGT, de mayoría socialista y conducida por la poderosa Unión Ferroviaria.

Velorio en el Sindicato de Metalúrgicos (Semana trágica, 1919)

Los trabajadores argentinos y extranjeros que habitaban este suelo ya conocían de organizaciones y la mixtura entre ambos sería un caldo de cultivo que daría, eventualmente, identidad no sólo a nuestro movimiento obrero, sino a la totalidad de la población. Lo cierto es que, a pesar del decisivo influjo de los inmigrantes en la formación del movimiento obrero, ya existían aquí antecedentes de importancia: desde las revueltas gauchas contra los estancieros hasta la combatividad de las comunidades afroamericanas, que fueron nada menos que las fundadoras del primer periódico obrero: El Proletario, fundado en 1858. Si a eso sumamos la temprana aparición de las primeras mutuales de socorros mutuos, germen en buena medida de los primeros sindicatos, el pueblo trabajador argentino, nativo o inmigrante, unió sus fuerzas y vigorizó las organizaciones, tanto las precedentes a la gran ola inmigratoria como las que se fundarían gracias a los europeos inmigrantes, típicamente de tradición anarquista y socialista.

Estos primeros sindicatos, fieles a su tradición anarquista, se organizaban por oficio, que agrupaba a los trabajadores en, por ejemplo, señalero y conductor de locomotora, en lugar de únicamente trabajador ferroviario. Con el tiempo, por motivos organizativos y bajo la influencia del comunismo, los sindicatos comenzaron a organizarse por actividad, una forma organizativa que daría más fuerza a las organizaciones sindicales, frente a la fragmentación que proponían los anarquistas.

En la década del 40, el creciente proceso de industrialización del país desplazaría en peso específico al poder de los ferrocarriles en el modelo sindical argentino. Hasta entonces, el poder real de la CGT gravitaba fuertemente sobre el rol estratégico de los ferrocarriles y tenía como sindicatos más fuertes a la Unión Ferroviaria y a La Fraternidad, que formaban la llamada Confederación Ferroviaria. Además, contaban con una particularidad: si bien eran sindicatos de empresa y oficio, el ferrocarril -en esa época, ya uno de los más importantes del mundo- por su carácter nacional tenían un rol preponderante en todo el territorio argentino. Con el aumento de la industria y del sector metalúrgico, la CGT avanzó progresivamente a darle protagonismo al sector de los trabajadores del metal. Uno de sus primeros pasos fue, precisamente, la fundación de la propia UOM, suceso ocurrido en 1943 y liderado por Ángel Perelman y Nicolás Giuliani, quien sería su primer secretario general.

Un 20 de abril de 1943, dos años antes de la aparición de Perón en la escena pública y sobre lo que solía ser la Sociedad de Resistencia Metalúrgica -fundada en 1910 y protagonista nada menos que de la Semana Trágica- se fundó la Unión Obrera Metalúrgica. Nacida como fusión de sindicatos de oficio ligados a la industria del metal (bronceros, cerrajeros, calderos, fundidores, orfebres) la UOM se convertiría rápidamente uno de los sindicatos clave de la época y uno de los más importantes de la historia del movimiento obrero, de la mano de la nueva configuración de nuestro país como una nación que veía nacer un nuevo desarrollo, el industrial, y la aparición de un nuevo sujeto histórico, el trabajador metalúrgico.

El taller y el poder obrero

En el imaginario que existe sobre el peronismo, uno de los elementos más frecuentes es la imagen del trabajador industrial. Sea del acero, del tren, del frigorífico o del petróleo, existe una simbiosis que pareciera ligar indisolublemente al obrero industrial con el peronismo. Lo cierto es que la realidad coincide con el imaginario y los motivos son elocuentes: la industria en general y la industria pesada en particular experimentaron un espectacular crecimiento en el país desde los años 30 en adelante, no sólo en Argentina sino en el mundo, y los gobiernos de Perón indudablemente lo fomentaron: los desarrollos en aeronáutica, al igual que los ocurridos en los ferrocarriles, el acero, la industria pesada e incluso la energía nuclear, fueron logros científicos y tecnológicos de los cuales el país y el peronismo se enorgullecían.

Es habitual hacer referencia, además, a que el peronismo significó una realidad efectiva de cambio en las condiciones de vida de la clase trabajadora, una frase que existe incluso en la Marcha Peronista de Hugo del Carril. Se podría decir sin temor a exagerar que si había un lugar físico concreto donde esa realidad se verificaba era la fábrica. Y dado el peso que adquiriera la industria, el taller era un símbolo indiscutido. Como dijera Daniel James, historiador del peronismo y referencia en la materia:

“El mayor peso social alcanzado por la clase trabajadora y sus instituciones en la sociedad durante el régimen peronista se reflejó inevitablemente en el lugar de trabajo. En términos generales, esto significó una transferencia de poder, dentro del sitio de trabajo, de la empresa a los empleados. Esa transferencia proporcionó la lente a través de la cual se filtró gran parte de la retórica de la ideología peronista. Consignas formales relativas a la “dignidad del trabajo”, “la humanización del capital”, “la responsabilidad social del empleador”, fueron concretamente interpretadas por el obrero en función de la capacidad que él tenía, bajo Perón, para controlar en mayor o menor grado su vida en el taller o la planta, o al menos para limitar las prerrogativas de la parte patronal en esa esfera”.[1]

El ámbito del taller se trastocó por completo. Las arbitrariedades a las que los industriales estaban habituados se vieron modificadas de golpe. Ese cambio no fue fácil de digerir y las quejas empresarias se volvieron moneda corriente. En especial, los reclamos apuntaban al poder de los sindicatos, cuyo poderío tenía dos grandes pilares: los convenios colectivos de trabajo, que tienen fuerza de ley, y las comisiones gremiales internas, que ejercían un verdadero poder de policía en el lugar de trabajo a través de sus cuerpos de delegados.
Las anécdotas son elocuentes:

“[…] Ya un jefe no puede observar a un subordinado, sin que éste responda airadamente, porque sabe que aunque la observación fuera justa toda una organización sindical está de su parte y no son pocos los jefes, capataces o encargados que se han visto suspendidos por la imposición de una comisión interna. El patrón que antes adoptaba una actitud enérgica en esas emergencias, opta hoy por dejar pasar hechos y actos que antes no hubiera tolerado. Influye muchas veces el temor a un paro u otros actos pasivos o de fuerza, que pueden perjudicarlo doblemente.”[2]

Fábrica metalúrgica Talleres Vasena

La queja empresaria no era exclusiva propiedad de los sectores más reaccionarios ni de las grandes corporaciones extranjeras. Nada menos que José Gelbard, en el Congreso de la Productividad de 1955, deploraba “[la posición] que asumen en muchas empresas las comisiones internas sindicales que alteran el concepto de que es misión del obrero dar un día de trabajo honesto por una paga justa […] tampoco es aceptable que por ningún motivo el delegado obrero toque el silbato en una fábrica y la paralice”.[3]

Ese poder se extendió luego de los gobiernos de Perón e incluso durante el Plan Conintes, bajo el gobierno de Frondizi y con la directa intervención del Ejército, las comisiones gremiales internas hacían valer su fuerza y legitimidad. Como contara Sebastián Borro, delegado del Frigorífico Lisandro de la Torre:

“La Comisión Interna se presentó al Capitán Tropea, el interventor, y nos dijo que estos compañeros definitivamente no iban a volver a trabajar en el frigorífico. Esto fue a las nueve menos diez. A las nueve la fábrica se paró, 100%. Y el paro duró seis días. Y al final tuvieron que traer a los compañeros de Villa Devoto en autos oficiales y reinstalarlos en sus puestos”[4].

El sindicalismo se convirtió en un verdadero factor de poder. Según James[5], la Argentina era en esos años el país con la mayor tasa de sindicalización del mundo, comparable únicamente a la URSS y el poder de los sindicatos era tan grande que sus dirigentes ni siquiera estaban interesados en competir en las listas partidarias: preferían el sindicato. Contrariamente a lo que se cree y alejado de la caracterización caricaturesca, los dirigentes sindicales y especialmente los de base, atravesaron siempre conflictos con el gobierno de Perón. Un dato de relevancia es la responsabilidad de los dirigentes sindicales de base y el lugar que ocupan. Cumplen un rol doble: representar a sus trabajadores frente al sindicato, lo cual implica responder a las presiones de bases muy movilizadas y, a su vez, el sindicato frente al gobierno, siempre interesado en definir su política. Esa tensión explica por qué tantas veces durante el peronismo el propio Perón se veía desbordado, cuando no directamente desafiado por los cuadros sindicales. Recordemos que la UOM se fundó en 1943, la CGT vio la luz en 1930 y el Partido Laborista, fundado y dirigido por los sindicatos, fue decisivo en la victoria de Perón. Contrariamente a lo que se cree, fueron los sindicatos los que “inventaron” a Perón y no al revés. El impulso, la organización, la fundación del Partido Laborista que apoyó a Perón en 1946 y que significó la mayoría de los votos fue organizada, coordinada e impulsada por los sindicatos de la CGT que vieron en él un camino para alcanzar sus demandas. En palabras de Juan Carlos Torre:

“Se ha indicado justamente que la peculiaridad del peronismo con relación a movimientos sociopolíticos de signo parecido (en particular, el varguismo en Brasil) fue la gravitación que dentro de él tuvo el sindicalismo. Esta referencia es indisociable del papel cumplido por la vieja guardia sindical. Dicho papel fue visible ya en el origen del peronismo: en rigor, la favorable respuesta de las masas obreras a Perón se vio facilitada por la decisión previa de colaborar con el entonces Secretario de Trabajo, tomada por un número importante de dirigentes de reconocido prestigio en los medios sindicales. Su intervención fue, luego, no menos decisiva en dos momentos clave del ascenso de Perón al poder -el 17 de octubre y las elecciones del 24 de febrero-, al proveer los canales organizativos para la movilización del apoyo obrero. […] Por eso resulta algo arbitrario detener la reflexión sobre esta historia en la imagen fija del apogeo de la autoridad de Perón sobre el movimiento obrero. Avanzando un poco más advertimos cuántas son las consecuencias inesperadas que dicha imagen encierra.

En efecto, el triunfo del liderazgo popular de Perón es, paradójicamente, la instancia en la que el Estado queda expuesto a la acción de los trabajadores sindicalizados y se convierte en un instrumento más de su participación social y política. El conjunto de derechos y garantías al trabajo, incorporados a las instituciones, la penetración del sindicalismo en el aparato estatal, todo ello introduce límites ciertos a las políticas del régimen, particularmente en el terreno económico”[6].

Frente a tal realidad, no debería sorprender al lector que luego del golpe de 1955 los protagonistas de la resistencia peronista hayan sido los sindicatos y que el mayor desafío al liderazgo de Perón haya estado encarnado en Augusto Timoteo Vandor, secretario general de la UOM.


[1]             Daniel James, (1990), Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina 1946-1976. Editorial Sudamericana, p. 11

[2]             Marcos Schiavi, Segundo Congreso de Estudios sobre el Peronismo. Los otros: dirigencia sindical y comisiones internas en la primer presidencia de Juan D. Perón desde la mirada patronal (1946-1952), p. 15

[3]             Daniel James (1990), ibidem p. 12

[4]             Daniel James (1990), ibidem p. 3

[5]             https://www.clarin.com/ideas/daniel-james-resistencia-integracion-sindicalismo-gremialismo-peronismo_0_rkCNr3OnvQe.html

[6]             Juan Carlos Torre (2014), La vieja guardia sindical y Perón, p.299-300, Ediciones ryr


[i] Licenciado en letras y periodista.

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