La Gloriosa UOM (Parte II)

Por Esteban Sargiotto[1]

“Es la orden y nada más”

Previamente hemos mencionado el crecimiento industrial que experimentó el país entre 1935 y 1946. Pero este pujante proceso no se detuvo ahí: entre 1946 y 1952, el número de establecimientos industriales aumentó un 110% y el personal ocupado en el sector industrial aumentó en un 25%. Estas décadas contaron, además, con un apoyo decidido desde el Estado, que impulsó la industrialización del país. En opinión de Abós: “La tendencia ‘obrerista’ prevaleció entre 1943 y 1955, ampliándose en forma masiva las bases de la sindicalización en el sector industrial. Esta línea siguió creciendo, luego de 1958, especialmente en el interior, donde se crearon nuevos centros industriales[2]”. Este crecimiento notorio en el sector industrial significó un directo crecimiento de la UOM. Como señala el historiador Marcos Schiavi: “Para 1954 el número de afiliados de la UOM, dependiendo de la fuente seleccionada, se encontraba entre los 100.000 y 120.000 trabajadores. Era uno de los gremios con más peso dentro del sindicalismo[3]”.

Siempre se ha dicho que el movimiento obrero luego de 1945 pasó a convertirse en un apéndice del partido peronista y, en particular, de su líder, Juan Domingo Perón. Sobre todo entre sus detractores, se señala que PJ, peronismo y sindicalismo son un todo homogéneo, que actúa coordinadamente y, aparentemente, sin conflictos. Lo cierto, no obstante, es que a pesar de la abrumadora adhesión al peronismo entre los trabajadores, alcanza con consultar los registros para constatar que una de las épocas más conflictivas de la historia del gremialismo argentino se dio precisamente bajo los gobiernos de Perón. Detengámonos por un momento en el caso de la UOM. Durante 1946 fue intervenida por el gobierno peronista durante 4 meses; fue nuevamente intervenida en 1952, a lo largo de unas semanas; en 1946 hubo un paro nacional que en Ciudad de Córdoba duró nada menos que 45 días. En 1947, la UOM paró por 3 semanas en Tucumán. En Rosario, en 1948, la UOM llamó a un paro que duró un mes.
¿Líder indiscutido? Líder, sí. Indiscutido, seguro que no.

Uno de los momentos de quiebre más elocuentes con el liderazgo de Perón se desató a partir de su segundo gobierno, con un cambio de rumbo que afectaba directamente los intereses del sindicalismo y en particular del sector metalúrgico. Nuevamente, la UOM mostraría sus dientes.

Según describe Schiavi: “En lo inmediato la política económica tenía como anhelo medular la superación de uno de los mayores escollos a la reproducción del capital industrial nacional: la carencia de producción interna de bienes de capital. Se consideraba que superando esto se estaría dando un primer paso en la resolución del problema de la balanza comercial. Sin embargo, este objetivo era utópico en las condiciones en las que estaba la industria argentina. Sus niveles de capital fijo no eran los adecuados (las maquinarias llevaban ya varias décadas sobre sus espaldas). Era necesario inyectar una cantidad de fondos; el problema era que no se podía contar con las divisas provenientes de las exportaciones agrarias. Para solucionarlo los industriales y el gobierno plantearon la necesidad de incrementar la productividad y por ende las ganancias las que serían destinadas a las inversiones que la situación hacían ineluctables[4]”.

Las intenciones del gobierno, en concordancia con las patronales de la época, encontraría como principal escollo la feroz oposición de los metalúrgicos: la huelga de la UOM de 1954 sería la respuesta. Tan grande fue la huelga que no sólo frustró los objetivos gubernamentales, sino que se transformó en uno de los capítulos más famosos del movimiento obrero. Fue, también, una de las más sangrientas y una de las más democráticas, en el sentido estricto del término: la dirigencia de la UOM hizo lo posible por evitar los paros, que la desbordaron. En pleno auge de una conflictividad que se extendió con episodios a lo largo de meses, Eduardo Vuletich, Secretario General de la CGT, llamó a frenar las huelgas en reiteradas ocasiones. En un determinado momento, según cuenta Schiavi: “Eduardo Vuletich, secretario general de la CGT, se reunió con algunos secretarios generales gremiales en la CGT y les trasmitió la orden de normalizar las labores levantando los paros y el trabajo a desgano. Afirma el semanario comunista que un dirigente preguntó: ‘¿Quién da la orden?’ y que la respuesta de Vuletich fue: ‘Es la orden y nada más’”[5].

Las bases, encarnadas en las comisiones internas, en los delegados seccionales y comités de huelga, cuestionaban frontalmente a la dirigencia nacional de la CGT. Y a Perón.

Los reclamos desbordaban tanto al gobierno como a la propia CGT. Las comisiones internas fueron las principales impulsoras, lo que ocasionó constantes episodios de violencia hacia los dirigentes que impulsaban los paros, en su mayoría delegados seccionales. Conducido desde las bases por la militancia comunista, que había formado una alianza con la mayoría peronista, la huelga de la UOM puso en jaque el plan del gobierno peronista de aumento de productividad y dio por tierra con las pretensiones empresarias de trastocar los convenios colectivos. Tras un enfrentamiento donde perdieron todas las partes, el único triunfo fue un aumento salarial muy por debajo de las exigencias obreras y el naufragio de la pretensión gubernamental y empresaria de atar las subas salariales a la productividad. El costo fue alto: decenas de detenidos y un saldo de muertes de dirigentes y trabajadores metalúrgicos.

Al calor de esas luchas, un soldador de la Phillips, en Saavedra, había sido electo delegado en 1951. Se llamaba Augusto Timoteo Vandor. Ese mismo año, en 1954, fue nombrado asesor de la UOM y, en un meteórico ascenso político, fue electo Secretario General de Capital Federal, en 1955. Este hombre, Vandor, se convertiría en el sindicalista más poderoso de la siguiente década, y uno de los más gravitantes en la historia del movimiento obrero argentino.

En 1956, tras la llegada de la dictadura, Vandor fue acorralado en su sindicato. Con 3100 obreros bloqueando las entradas y con la fábrica tomada, un interventor quiso ingresar.  “Soy el interventor del sindicato y exijo que se cumplan mis órdenes”, espetó el representante de la Libertadora. “No me diga…”, respondió Vandor, quien mantuvo la toma. Terminó siendo arrestado, despedido y llevado a prisión por 6 meses. Cuando la intervención militar llamó a elecciones, Vandor, desoyendo órdenes de Perón, volvió a concurrir y se presentó a elecciones. Ganó, y recuperó su sindicato.

Desde 1956 hasta su muerte, ocurrida en 1969, Vandor fue el dirigente más importante de la UOM. Le tocó vivir épocas especialmente duras, y dirigir la resistencia peronista durante la proscripción. Combativo, pero también dialoguista, apoyado por las 62 Organizaciones Peronistas, Vandor acumuló un gran poder. A lo largo de esos años, además, el país experimentó un elevado crecimiento económico que impactó directamente en el aumento de poder del sector del metal. Las políticas industriales, el aumento de la industria pesada y del acero fueron factores decisivos. Incluso la política desarrollista de Frondizi traería crecimiento a su gremio. SOMISA, la gigantesca siderúrgica estatal, si bien había sido fundada en 1947, alcanzó su real poderío hacia los años 60, durante la presidencia de Frondizi, coincidiendo su auge con el del poder de Vandor en la UOM.

Como decíamos, quienes están al frente de los sindicatos siempre sufrieron una doble presión: por un lado, la ejercida desde el Estado, que busca controlar los designios de sus organizaciones y, por el otro, la de los propios trabajadores, que exigen respuesta a sus dirigentes. Vandor, en tan delicado rol, no fue la excepción. El fuego cruzado en una época turbulenta como la que le tocó vivir lo alcanzó en reiteradas formas. Quizás el principal frente que se le abría a Vandor era su relación con Perón, quien se encontraba en el exilio, y por quien la resistencia peronista luchaba por su vuelta. El mandato de Vandor como jefe del movimiento obrero coincidió con el reclamo generalizado de gran parte de la ciudadanía argentina quien, con el peronismo proscripto, militaba por su vuelta.

 Vandor fue el artífice de lo que se llamó “Peronismo sin Perón”, que abogaba por la creación de un partido peronista conducido por los sindicatos, ya sin la jefatura de su líder. Pero esto no fue siempre así. Si bien no se puede saber a ciencia cierta cuándo esta idea rondó la cabeza del dirigente, posiblemente el quiebre se diera en 1964. Durante ese año, Perón viajó a Brasil, donde gobernaba su aliado João Goulart, con la intención de regresar al país. Depuesto Goulart antes de su viaje, Perón efectivamente arribó a Brasil, pero fue obligado a volver a España. Para algunos –y seguramente Vandor era uno de ellos- el regreso del líder no iba a ocurrir.

Tras largos años en el exilio y con el peronismo en plena época de proscripciones, la alternativa política para Vandor no podía ser pelear por la vuelta del líder, sino la negociación con el gobierno y la constitución de un movimiento obrero que reemplazara políticamente a Perón. El enfrentamiento con Perón fue, naturalmente, decisivo, y alcanzaría altos niveles de violencia política. “El enemigo principal es Vandor y su trenza. Hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel”, declararía Perón en una famosa carta. Años más tarde, en 1969, Vandor fue asesinado en su propia oficina, en un confuso episodio del que aún no se sabe la verdad.


[1] Licenciado en letras y periodista.

[2] Álvaro Abós, ibídem, p.43

[3] Marcos Schiavi (2008), Ser o no ser. Clase obrera y gobierno peronista: el caso de la huelga metalúrgica de 1954, Revista Theomai, nro 18.

[4] Ibidem, p. 50

[5] Ibidem, p. 56

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