No es una teta

Por Patricio Ese[1]

Es muy poco estratégico reflexionar sobre el diputado Juan Ameri y su meteórica fama no forzada por salir en vivo besuqueando los pechos de su pareja en plena sesión virtual. Lo más lamentable de este hecho es que expuso como, entre muchos de los nuestros, lo (supuestamente) importante le gana a lo urgente (que en tanto urgente es lo más importante, hasta lo único importante).

La Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina, como oficialmente se la debe mencionar, cuenta con 257 miembros. La Provincia de Salta tiene solo 7 representantes. Por esa provincia, el Frente de Todos solo cuenta con 2 de esos legisladores. De esos 2, uno renunció y se llamaba Juan Ameri.

Ameri, hasta hace algunas horas, era literalmente lo que una gota de agua salada es a la dulce laguna de Chascomús (vale la metáfora por Alberto y Alfonsín, ja). La inmensa opinión pública y los medios masivos de comunicación nacionales desconocían su existencia, sus proyectos y su trayectoria. También se sabía poco acerca de las denuncias de acoso sexual que circulaban desde su provincia de origen. Sin cobertura mediática ni apoyo judicial de las denuncias, Ameri podía manejarse a sus anchas sin que, hasta ayer, alguien de la política, el partido y su base militante lo cuestionara seriamente como para comprometer su cargo.

Pero, cometió un error del cual es difícil volver. Cuidado, no es difícil volver por el error en sí. Es difícil volver por las circunstancias en que ese error se produjo. El ser humano, es el ser humano y sus circunstancias. Lo dijo Ortega y Gasset. Ameri debería saberlo.

Pero más allá del ex diputado, debería saberlo gran parte de nuestra militancia que entró como un caballo desbocado a levantar la carta de la moralina, el pánico moral y a establecer comparaciones con otros diputados que tuvieron conductas reprochables que confunden los árboles del bosque. O la gota de la laguna.

En efecto, en un mundo mágico y hermoso, está bárbaro debatir sobre la contaminación entre lo público y lo privado. Podemos pasar horas considerando los límites y alcances de la virtualidad en nuestras vidas. Incluso podemos, a partir de este incidente legislativo, debatir cuán dañino es a la imagen pública un hecho insignificante, cuán moralista es escandalizarse por eso, cuán injusto es este caso a otras situaciones donde el pelotudeo aparece explícito y no pasó nada. Si eso no nos detiene, también estaríamos en condiciones de resignificar qué entendemos por obsceno.

Pero, en el mundo de todos los días, esta situación no acepta reflexiones por las circunstancias en que se produjo. Se resolvió de inmediato (o intentó resolverse así) para evitar abrir un nuevo frente completamente inútil. Su inutilidad está dada por lo banal, involuntario y con fuerte carga efectista para escandalizar y difamar a diestra y siniestra. A los ya frentes abiertos de gravedad superlativa, no podemos darnos el lujo de agregar ni uno solo.

Nombro algunos por si la pasión nos nubla la memoria: la apretada a la Corte Suprema por los traslados de los tres jueces de la Cámara Federal, la resistencia al aporte extraordinario para grandes fortunas, la persistencia por sesionar presencialmente al riesgo de paralizar la actividad parlamentaria, la presión infernal sobre el dólar, las intentonas de corridas bancarias asustando con un hipotético corralito, las movidas deslegitimadoras desde Eduardo Duhalde con el golpe posible y el estar grogi a Patricia Bullrich con que ellos están listos para asumir en 2021, las especulaciones de que en las PASO 2019 hubo fraude, las declaraciones hostiles hacia el gobierno argentino por parte de la Presidenta de facto de Bolivia ante la ONU, las sucesivas marchas anticuarentena/opositoras que insuflan nuevos aires a un sector prepotente y destructivo, la necesidad de no convocar a actos de apoyo al gobierno por pandemia, la imagen construida de los medios acerca del gobierno que perdió la calle, las agónicas consecuencias de la pandemia, y siguen las firmas complejas y negativas.

Por todo eso, sin dudas hay que echarlo. Aunque antes de meterse en un trámite de expulsión del cuerpo que duraría una semana, se lo expulsó del partido para que elegantemente deje por sí solo su banca. Sin apoyos e hipotéticamente convertido en un monobloque, renunció al darse cuenta que estaba en juego muchísimo más que unos simples pechos. Ahora se tienen que dar cuenta de eso los compañeros que hablan de moralina.

No importaba tanto si se expulsaba o renunciaba. Importa que haya sido rápido y se convirtiera simplemente en una anécdota en el salón de la fama de nuestra fauna política autóctona. Compartirá espacio con otros hechos memorables y variopintos como el diputrucho del menemismo.

Lo fundamental es que haya sido rápido. Más que eso incluso. Que haya sido brevísimo. Por este motivo, a Massa hay que hacerle un monumento al reflejo rápido al cual Ameri debería peregrinar todos los octubres.

Ahora bien, ¿por qué es importante que haya sido así y por qué reflexionar el tema es contraproducente?

Primero porque es muy errado compararlo con incidentes mamarrachescos protagonizados por diputados o senadores opositores.

Un diputado cualquiera de la oposición no tiene la misma responsabilidad por dos razones claves:

1) se suelen discutir leyes impulsadas por el Poder Ejecutivo. Es el gobierno el más interesado en sacar leyes que lo ayuden en su tarea. A los opositores, bloquear leyes o desprestigiar debates les da un poco igual, porque no son SUS leyes. Desde luego que, como diputado oficialista, tenés que hacer buena letra sino estás implícitamente desautorizando a tu partido, el que gobierna. Ameri parece que esto lo olvidó.

2) cualquier tema que pueda dar la posibilidad a que se desprestigie la política daña más al gobierno ya que su discurso es intentar valorar la política como única arma para enfrentar los poderes fácticos. Esta idea se relaciona con la delicada situación del Ejecutivo por las circunstancias ya mencionadas.

No hay margen para cargar el mote de ser un nido de insensibles que se cagan en el pueblo.

Es otro error pensar que el pudor y la indecencia, vaya términos, son patrimonio de la derecha. Son patrimonio del sentido común, el cual es conservador y por lo tanto equiparable a la derecha. Es importante distinguir esto para darnos cuenta que no estamos en condiciones de hablar/debatir de nada que no implique tener claro que estamos en una situación complejísima. Es muy grave todo lo que sucede como para darles en bandeja la idea de que no solo somos negros, feos, malos, comunistas, demagógicos, sino que encima usamos las sesiones virtuales que tanto quisimos defender para salir haciendo cualquier cosa menos legislar.

Si hubo mucha gente que marchó por Vicentín, una empresa que no tenían la pálida idea de su existencia, ¿alguien duda que si no se cortaba rápidamente la espiral de indignación que esto produciría sería inmanejable al grito de que defendemos pervertidos?

Dudar de la decisión, incluso señalar que otros diputados tuvieron inconductas y no pasó nada (ya se explicó por qué no es comparable), generaría un sinfín de tergiversaciones de proporciones épicas.

Además, como dije esto toca fibras del sentido común, es algo más profundo: darles a los medios el mensaje de que los diputados son una casta que viven del disfrute, el libertinaje y el placer mientras el pueblo la pasa mal.

Esto entra hondo en muchísima más gente que las señoras recatadas de Recoleta. Es una imagen harto potente, como los bolsos de López. No importa que no haya delito. Importa que exhibe y habilita un discurso fuertemente antipolítico muy efectivo. Pero, a diferencia de López, aquí es una imagen gratuita e involuntaria. No se requirió ninguna operación.

No es una teta, es mucho más que eso. Parece que estamos descubriendo cómo se juega en la realpolitik. Hay que ser y parecer. Parecer. Sin dudarlo. El parecer es necesario. No es ser políticamente hipócrita, es ser políticamente astuto en todo caso.

Ah, y un detalle: la oposición, por más apolítica que se venda, lo sabe. Y es astuta también. E implacable. Esto último es lo más triste.


[1] Licenciado en Letras (UBA).

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