La pelea por el ánimo social

Por Sol Rossa

Hoy vamos a hablar de dos hechos significativos de los últimos días, la movilización del 17 de octubre y la aparición de Macri como jefe de la oposición.

Los últimos días han sido bastante gratos para el gobierno, la celebración popular del 17 de octubre y la victoria del MAS en las elecciones bolivianas funcionaron como caricias en el ánimo de los votantes y dirigentes del oficialismo.  Un “shock de energía” en palabras del jefe de gabinete, Santiago Cafiero.

El acto del pasado sábado se dio en el inusual marco pandémico, que implicó desafíos para el desarrollo tradicional de la liturgia de la lealtad.  Los problemas con las opciones virtuales manifestaron las restricciones del  peronismo con la tecnología, pero también resultaron beneficiosos al habilitar el camino de la desobediencia. Más allá de los pedidos del gobierno de mantener los festejos en la virtualidad y de la sugerencia expresa del secretario de asuntos estratégicos, Gustavo Beliz a la CGT, las calles se poblaron de camiones, autos, motos y bicicletas.

Sin dudas,  la manera vertiginosa en las que se dio la celebración en las calles, fue una muestra  expresa de las ganas contenidas, después de meses de cuarentena por la emergencia sanitaria (que aún persiste) y la pérdida de presencialidad de actos significativos cómo el 24 de marzo y el 1° de mayo, la necesidad de mostrar respaldo al proyecto del Frente de Todos y de reafirmar la identidad movilizante del peronismo, sobre todo ante la disputa por la calle que le plantea los sectores más radicalizados de la derecha, culminó en caravanas de automóviles que brotaban desde las calles porteñas como imágenes de peronismo explícito.

El clima de las caravanas fue de festejo y con un marcado sentimiento de agradecimiento y reivindicación, enalteciendo las banderas del peronismo de lealtad y justicia social. En este punto, es irresistible comparar este tipo de expresiones con los actos de los feriados, promovidos por la oposición y los medios de comunicación, donde el sentimiento articulante es el de bronca. Sin embargo, en mi opinión estas diferencias no implican que el amor venza al odio, sino más bien la articulación resultante de dos maneras opuestas de entender y ejercer la política, una orientada a la reivindicación simbólica y material de derechos y el otro anclado en el rencor de la fantasía civilizatoria robada por los “70 años de peronismo”.

Más allá de estas diferencias identitarias, el contraste del clima en ambas movilizaciones se corresponde con las expectativas de impacto en el ánimo social. Los meses de distanciamiento, que le permitieron al gobierno atender a las necesidades sanitarias de la pandemia, implicaron un fuerte desgaste en relación a su injerencia, no solo en la agenda sino en el clima de las noticias. En un contexto donde los grandes medios, abandonando su rol informativo,  se dedicaron a generar  batería de noticias confusas que amplificaron el malestar social, la movilización del 17 de octubre oxigenó un clima bastante enrarecido. En este contexto, volver a imponer la alegría es todo un logro.

Seguramente, la experiencia reciente le permita al gobierno entender que para ampliar su base de gobernanza, no es necesario perder su componente movilizatorio. Quiero decir, la búsqueda de Alberto Fernandez por diferenciarse del estilo de liderazgo de Cristina Fernández no debe darse a través del distanciamiento del líder con su base electoral. Si bien, en los primeros meses, cuando el sueño del consenso aún está vivo se podría pensar en prescindir por un tiempo de las movilizaciones sociales,  la realidad es que cuesta pensar al peronismo sin ella. Hasta el propio Menem conservó ese componente popular, en una versión más kitsch y dolarizada, pero lo conservó.
Quiero decir,  la grieta no se cierra con las calles vacías.

La vuelta de Macri

A quien también le levantó el ánimo las movilizaciones fue al ex presidente Mauricio Macri, que luego de las últimas marchas opositoras se animó a salir del ostracismo para dar una seguidilla de entrevistas a periodistas amigos (digamos todo). La vuelta de Macri se dio a pesar de que muchos analistas dieran por sentado el liderazgo de Horacio Rodriguez Larreta al frente de la oposición, dejando en claro que el ex presidente no tiene intenciones de renunciar a la conducción de Juntos por el Cambio.

Las entrevistas se dieron en un clima de poca repregunta, por no decir ninguna,  y con un Macri bastante auténtico, demasiado quizás. Liberado del adiestramiento mediático que Duran Barba y Marcos Peña imponían sobre él, el ex presidente respondió las preguntas con bastante estilo personal, desligandose de los descalabros económicos de su gobierno (megadevaluación, por ejemplo) y sosteniendo que su gestión terminó el 11 de agosto. Increíble, ¿no?

Sus declaraciones no solo apuntaron a  tensionar la relación con el oficialismo sino que marcaron la cancha al interior de la coalición, por ejemplo responsabilizando del fracaso electoral al ala “filoperonista” de Juntos por el Cambio. Como era de esperar, las declaraciones no cayeron bien en algunos miembros de la alianza, sobre todo en aquellos que apuestan a estrategias más moderadas de intervención, como la coalición cívica, el larretismo y la aún dolida Maria Eugenia Vidal. El clima se tensó tanto, que el meeting por zoom de todos los lunes se suspendió, para distender el clima.

Sin embargo, las repercusiones de la reaparición de Macri no solo impactan puertas adentro. Por el lado del oficialismo hay quienes festejan las intervenciones del ex presidente, sobre todo porque asumen positivo que la oposición tenga como cara visible a un figura con un 60% de imagen negativa. Pero por otro lado, la apuesta del ala dura de Cambiemos, a quien Mauricio Macri parece responder, apuntan a disociar la discusión pública de las necesidades del contexto, creando debates que poco favorecen al oficialismo. Nuevamente, la disputa política se da en torno a quién influye más en el ánimo social, si bien este fin de semana el gobierno logró una victoria importante, el desafío está en sostener la sensación de bienestar en la sociedad. La apuesta por el turismo va por ese camino, no solo cómo una herramienta de reactivación económica sino también cómo un instrumento que permita proyectar un 2021 un poquito mejor. Es que la clave está ahí, en proyectar un futuro mejor.

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