Una política del fracaso

Por Natacha Misiak*

Quienes dedicamos nuestra pasión al oficio enseñar sabemos que la palabra “fracaso” es un impronunciable en la enunciacióndocente. Lo sabemos porque los consensos alcanzados en el debate y la investigación pedagógicos han evidenciado el impacto negativo que este tipo de discursos puede tener en los resultados de aprendizaje; y lo sabemos, fundamentalmente, por la más vital experiencia de nuestro vínculo con los y las estudiantes: las palabras configuran la subjetividad y las que lastiman pueden resultar fatales para el sujeto que aprende.

Que la Ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, haya asumido la palabra pública para lacerar de esa manera responde, a nuestro entender, a dos causas principales. La primera ya se señaló hasta el hartazgo, pero vale recordarla: nos referimos al desconocimiento de la realidad de las aulas de quien dirige, nada menos, que la cartera educativa de la Ciudad de Buenos Aires.

El segundo es más complejo y responde a una característica de los liderazgos que la derecha comenzó a asumir a nivel mundial en estos tiempos y que viene siendo señalado por los analistas de la comunicación política. Se trata de un discurso que rompe con los acuerdos más básicos sobre los que se sustentó la propuesta de debate público en las democracias occidentales.

Elisabeth Noelle-Neumann, una reconocida analista de la Opinión Pública de origen alemán, llamó a este fenómeno “espiral del silencio”. Con este concepto, describió, a fines de los `70, la adaptación de sus discursos que hacen los individuos en función de lo socialmente aceptable.

Sin embargo, en los últimos tiempos, la discusión de la cosa pública asumió un cariz diferente. Desde Trump hasta Bolsonaro, pasando por algunos exponentes autóctonos del espacio de Cambiemos, la derecha, sencillamente, “perdió el filtro”. Y lo perdió en un contexto en el que las transformaciones en el ecosistema mediático vuelven a este fenómeno aún más peligroso.

Lejos quedó hoy el broadcasting, en el que la comunicación de masas se presentaba como un peligroso instrumento de manipulación en manos de unos pocos enunciadores capaces de llegar con sus mensajes a gigantescas audiencias. Hoy la web 2.0 y, con ella, las redes sociales, han atomizado la voz pública en millones de usuarios capaces de verter su opinión sin mediaciones. Pese al entusiasmo inicial que estas herramientas generaban en relación a la democratización de la palabra, fenómenos como los trolls y las fake news las han convertido en cajas de resonancia de discursos de odio[1]. De ahí la peligrosidad que revisten declaraciones como la de Acuña, en tanto se presentan como habilitadoras, desde lo político, de expresiones de profunda violencia.

La educación: una política del consenso

En el primer editorial del primer número de Anales de la Educación Común, Domingo Faustino Sarmiento se refirió a la opinión pública como un factor crucial en la construcción de la política educativa. Escribió estas ideas 26 años antes de que se alcanzaran los acuerdos necesarios para la sanción de la Ley 1420 de Educación Común, Pública, Gratuita y Obligatoria.

Es así que, desde aquellas primeras páginas fundacionales de nuestro sistema educativo, quienes trabajamos en este campo sabemos que la educación es una constante búsqueda de acuerdos, una política del consenso.

Por eso, que una voz como la de Soledad Acuña se haya alzado para introducir las lógicas de la ruptura, la fragmentación y el odio en el debate educativo resulta alarmante. Más aún, que la Ministra haya instado a las familias a “denunciar” una supuesta “ideologización” de las aulas en un contexto en el que se requiere construir los acuerdos necesarios para la plena implementación de la Educación Sexual Integral, resulta no solo grave, sino fuera de toda sintonía con los actuales debates en el campo educativo.

La educación argentina necesita que la ciudadanía toda, docentes, funcionarios, estudiantes y familias nos comprometamos en una discusión seria sobre el camino a seguir. Y esta necesidad se puso aún más en evidencia con los desafíos que trajo la pandemia. Pero una política de la descalificación y la fragmentación como la que propone Acuña, está destinada, inexorablemente, al fracaso.

*Licenciada en Comunicación Social y estudiante del Profesorado de Educación Primaria


[1] Quien escribe recomienda los artículos de José Natanson, Daniel Feierstein, Pablo Touzon y Paula Sibila en la edición de septiembre de Le Monde diplomatique.

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