Lo popular

Por Patricio Ese[1]

Lo popular tiene defectos. Lo popular tiene sombras. Lo popular tiene contradicciones. Lo popular no siempre nos incluye a todos. Lo popular muchas veces nos expulsa, nos maltrata y nos niega. Muchas veces nos genera rechazo. Muchas veces no lo comprendemos. Lo popular son muchísimos rostros en fila hasta que, en algún momento, se vuelve una masa uniforme y deja de tener rostro. Son muchos gritos juntos que hacen indistinguible cada grito individual. Son esa voz imprecisa que se oye sin que sea de alguien en concreto.

Porque lo popular es una propiedad sin dueño definido, una bestia sin domador que la amilane, una tierra que desborda los mapas que la quieren dibujar. Es algo en fuga, siempre esquivo, algo siempre proyectado sobre el futuro y, por eso, un fenómeno irremediablemente vivo.

Lo popular no necesita reconocimiento. Tampoco necesita credenciales. Ni garantías o pasaportes para poder ser. Simplemente emerge. Irrumpe. Y está muy por sobre cualquier debate, polémica, chicana y denuncia.

Está en otro plano. Porque lo popular tiene poco de análisis racional, cuando se alimenta de los sentimientos más genuinos y más profundos de nuestra condición humana. Conmueve a multitudes y esas multitudes hacen conmover a los que nos cuesta conmovernos.

Porque no importa tu conmoción particular, ni la mía. Eso es solo el croar anecdótico de algunas ranas ante el silencio previo al gran temporal. Pueden escucharse las ranitas en el bosque de lo social, pero se terminan enterrando bajo la tierra humedecida por la contundencia de una fuerza que está por fuera de toda comparación posible. A la tormenta, no le importa que la critiquen o que la analicen. Solo sucede. Sucede sin darse cuenta siquiera de que las ranas estuvieron croando.

Se la contempla o no se la logra contemplar. Solamente nos da esas opciones el temporal de lo popular.

Esta tormenta requiere de condiciones muy especiales para aparecer. Es el cúmulo de emociones amontonadas por un pueblo movilizado que trascienden cualquier poder de la voluntad. La irrupción de lo popular es un evento tan arrollador, tan fuerte, tan desgarrador que, pasado un límite imposible de demarcar, nada lo puede opacar. Esta irrupción es el empecinamiento por excelencia. Lo popular es un pueblo empecinado y nadie puede moverlo ni un milímetro de allí. Siempre lo popular carga con críticas. Siempre parece ser insuficiente. ¿O no recordamos tantos íconos populares y tantas críticas que les han endilgado quienes son detractores de algún aspecto de lo popular? No importa cuán ajustadas a la verdad sean esas críticas. Hay un momento que el empecinamiento no lo escuchará e incluso cuánto más críticas reciba más arraigado lo popular se volverá al jugar una partida constante de esos dos movimientos en su devenir.

Pocas sociedades se dan el lujo de vivir ese empecinamiento. Porque pocas sociedades en el mundo viven la irrupción de las tormentas populares. Pocas sociedades y pocos momentos. No abundan en la historia humana esos momentos. Son contadas ocasiones y son sublimes. Son nuestros tesoros colectivos más importantes.

Hay algo de impronunciable y de indescriptible en esos momentos. Tienen una mística, una mágica, una elegancia cubierta de barro. No siempre es exclusivamente un barro de pobreza. Es sobre todas las cosas un barro de humanidad. Es un barro de vida, de desparpajo, de irreverencia, de alegría y de osadía.

Es un barro brilloso porque es el barro de la tierra que pisamos todos, cualquiera de nosotros por sobre las diferencias sociales que lleguemos a tener. En definitiva, es el polvo que, por más que limpiemos y limpiemos nuestra, persiste en aparecer. No sabemos cómo se genera, no sabemos quién lo trajo, ni de dónde vino. Solo sabemos que volverá a aparecer. Empecinadamente volverá a aparecer.

A los ojos extraños de quien no está conectado a la historia viva de su tierra, esas tormentas son inentendibles ya que no hay contexto suficiente, ni razones coherentes que las puedan encausar. Al contrario, siempre quedan inoportunas, estruendosas, salvajes y abiertas a las críticas.

Irrumpen sin importar nada. No le importa a la ciudad de Nápoles atravesando la segunda ola y advertida de la posibilidad de una tercera, en pleno otoño, en toque de queda y con decenas de miles de muertos encima. No le importa a un artista que pinta un mural sobre las ruinas de un pueblo de Siria golpeado por la pandemia y la guerra civil. No le importa a un francés que, siendo presidente de su país, se da el lujo de escribir una carta elogiosa y sensible, como no se escribieron en la Argentina, a una persona que no conoció mientras tiene tantos otros temas para dedicarse en su escritorio.

Irrumpen sin importar nada. No importa el discurso que compara al ciudadano común que tuvo muchas privaciones por la pandemia y bufa por sentir la injusticia ante algo que, empecinadamente, intenta racionalizarlo. No importa el discurso que critica por qué se hace en la Casa Rosada, por qué tanta hipocresía, por qué se niega lo malo de la persona, por qué no hablamos de todo, o por qué no discutir sobre la utilidad de los ídolos.

Lo popular siempre tiene porqués que no lo entienden. Porque lo que todos esos porqués no aprecian y no valorizan es que pueden ser dichos desde cualquier rincón del mundo por más aislado que ese lugar parezca estar. Se habla de estas pasiones en lugares impensados. En una cabina de un taxi en Washington, en una sala de profesores en Montevideo. En cientos de lugares a los que la pasión irrumpe, aunque sea para criticarla.

A los outsiders, los hace opinar y los reafirma en su disidencia irredenta y solitaria.

A los desesperanzados, les transmite una fuerza que suelen no tener.

A los nostálgicos, lesabre las puertas para liberar el alma.

A los que reniegan de los ídolos e íconos populares, les trae impotencia. Les demuestra lo poco que importa ese renegar. Ídolos e íconos siempre habrá. Porque siempre habrá tormentas populares sin importar cómo y cuánto griten las ranas.

A los creyentes, los hace acercarse a la divinidad.

A los no creyentes, les hace reflexionar sobre la condición humana.

A los que se empecinan en diseñarle un traje a medidasin que el pueblo no desee, los deja hablando solos. Croando como las ranitas.

Por eso, cómo no conmoverse ante un pueblo conmovido.


[1] Licenciado en Letras (UBA)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s