Muerto el perro, ¿se acabará la rabia?

Por Patricio Ese[i]

Instagram: @esaentelequia

Desde el inicio, Ginés González García iba a ser el ministro pensado para reorganizar un sistema de salud desarmado. Era la vaca sagrada del gabinete: el más veterano con sus 75 años, el más experimentado con sus más de 7 al frente de una gestión ministerial, el compañero y amigo de Alberto Fernández, el mimado por Cristina con el cargo de Embajador en Chile por 8 años, el ex ministro del memorable gobierno de Néstor, el hombre que llegó a la cartera de Salud junto a Duhalde en 2002 con la Argentina en llamas. Era también el luchador contra los laboratorios, el ideólogo de la Ley de Genéricos, el promotor de las campañas de anticonceptivos gratuitos, el que logró bajar la mortalidad infantil, entre otros galardones que le daban un capital político superlativo. Era el gran hombre que venía a poner orden a un sistema sanitario saqueado por el macrismo que ni ministerio nos dejó.

Ahora bien, desde el minuto uno, se nombraba a Carla Vizzotti como la “virtual” ministra. La ejecutora de ese capital político. Sería su mano derecha. La fórmula es frecuente: hay un mandamás que tiene la experiencia, la trayectoria y el capital simbólico, pero él no está ejecutando el día a día. Está para ir a actos, poner la firma o figurar en reuniones, donde se discuten generalidades, con personas tan importantes como él. La persona que está por debajo es la carece de todo lo anterior, un cuadro técnico bastante desconocido por su poca trascendencia mediática. Es quien ejecuta, hace y administra el día a día. La no reconocida gran tarea del burócrata.

Y, entonces, un buen día vino la pandemia y esa fórmula entró en tensión, porque se requiere muchísimo esfuerzo físico y mental. Que la sociedad vea lógico que Vizzotti, hasta ahora Secretaria de Acceso a la Salud, se haga cargo del ministerio, indica que era muy notorio y evidente cómo ella era quien actuaba de ministra. Ella se fue a la Federación Rusa a negociar Estado a Estado las dosis de la Sputnik V. Ella salía en televisión una y otra vez a informar sobre la evolución de la pandemia. Ella era quien comunicaba las recomendaciones a la sociedad. Ella nos planteaba si era conveniente hacer una o dos dosis. No es normal tanta relevancia. Pensemos: de ningún otro ministerio, conocemos la cara o el nombre de un funcionario de segunda línea. Pero, en Salud, la burócrata despuntaba. Ella, ella, ella.

Ahora bien, es un error pensar que Ginés que era un funcionario que no funcionaba. Era un funcionario prepandemia que debió irse antes. Muchos meses antes. Con la interrupción voluntaria del embarazo, tuvo un marco perfecto para irse por la puerta grande. Con una placa de bronce y una estatua. El mejor de todos junto a Ramón Carrillo, el pionero y único. “Hasta los papas renuncian cuando sienten que no tienen más fuerzas”, ese argumento bastaba. Ginés podía pasar a ser asesor como Adriana Puiggrós. Opinaría desde su experiencia, observando la realidad de lejos por fuera de los tironeos y desgastes de la pandemia que, hasta hoy mismo, se los terminaba cargando al hombro Carlita. Nada cambiaría, pero ser ministro es tentador. Otorga influencia, prensa, poder, la lapicera, un presupuesto abultadísimo frente a los de tus colegas, a costa de necesitar más camas, más respiradores, más testeos, más vacunas, más y más. Se lo solía mimar mucho y perdonarle los comentarios desafortunados porque, en definitiva, era Ginés. Pero, sobre todo, quería convertirse en el ministro que vence la pandemia. ¿Cómo no querer serlo? Es la ambición que todo médico devenido en ministro sueña, sin dudas. Esa era la mayor consagración. No quiso ser el que llegó a la mitad del trayecto y le dejó el mérito a otra.

¿Por qué Alberto lo sostuvo hasta ahora? ¿Cómo no sostenerlo si tiene ese capital? “A Carlita la queremos un montón y labura día y noche, pero Ginés es Ginés” ¿Cómo vamos a sacarlo si fue ministro de Néstor, si es el que más sabe, si las vivió todas? ¿Lo convocamos al gobierno y ahora lo sacamos porque la pandemia lo supera? ¿Qué pensarán todos los otros ministros? ¿Nos vamos a exponer a que alguno se sienta ofendido y también se quiera ir a su casa? No, no se puede sacarlo. Por eso, debía dar ese paso al costado por iniciativa propia. Pero la dulce espera no terminó bien.

Ahora Ginés se va, con mucho dolor hay que decirlo, con la cabeza gacha, con su capital político dilapidado, como los perros callejeros. Se va con una carta subida a Twitter, bastante lastimosa, lavándose las manos al afirmar que estaba en Entre Ríos como si hubiera estado en el planeta Marte. Pero lo sustancial es que demuestra lo dicho anteriormente: “yo no estoy en los detalles del día a día. Estaba lejos haciendo algo importante”. No aclara qué estaba haciendo, pero corona la despedida con su tweet: “…políticas que implementamos para reconstruir un sistema de salud federal, con MÁS EQUIDAD, ACCESO y calidad”. Equidad y acceso, cuando la renuncia es por facilitar vacunas a conocidos. En la hora del final, cuando al campeón lo dejan solo, hasta los tweets te los escribe el enemigo.

Ginés se va envuelto en una situación confusa. O demasiado ingenuos, muy cínicos, o hay algo oculto tan grande que cualquier especulación es inútil. Ahora nos desayunamos que Horacio ‘El perro’ Verbistky tenía programa de radio. Parece que la existencia de ese programa haya sido este momento. Se va, quizás, manchando el único gran logro que el gobierno tendrá este año: la campaña de vacunación. Y ahora ese logro trastabilló.

Lo chocante de lo sucedido no implica que sea algo gravísimo objetivamente hablando. ¿Quién no se coló en una fila para no esperar? No es algo que no suceda en otros países. Hablamos de un porcentaje ínfimo en relación a las dosis entregadas. El amiguismo no tiene ideología y el Pueblo quiere que lo vacunen. Eso es claro. Pero es un golpe sin anestesia a la imagen de gobierno popular. ¿Dónde queda el “primero, los últimos”?

Se le agradeció a Ginés en su momento y cuando asumió el año pasado. Ahora no es tiempo de elogios. Florencio Randazzo también se había puesto el sistema ferroviario al hombro, restauró las estaciones de Constitución y Retiro como jamás se había hecho. Pero decidió algo que trajo nefastas consecuencias para su gobierno y su partido. No hubo nada que agradecer de su brillante gestión. Y el ostracismo barrió con él. Lo mismo pasará ahora.

En la política, hay lugar para el error. Pero, solo mientras haya también lugar para volver a equivocarte. En esta zoncera, avivada u opereta, ya no hay más lugar para nada más.


[i] Licenciado en Letras (UBA)

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